Archive for the 'La Cuestión Social' Category

26
Abr
11

Mercaderes, Empresarios y Capitalistas

Ha sido una larga y laboriosa auscultación del retrato
oculto del enervante Dorian Gray criollo.
Un ir y venir por el desfiladero estrcho de la historicidad empresarial.”
(Gabriel Salazar)*

Hace unas semanas, el Centro de Estudios Públicos (CEP) realizó un interesante seminario sobre el libro “Mercaderes, Empresarios y Capitalistas (Chile, Siglo XIX)” (1) del historiador y premio nacional de historia Gabriel Salazar (2), texto capital para entender a la elite capitalista del siglo XIX. En el evento, expuso además del autor, el historiador Alfredo Hocelyn-Holt (3) y el economista Rolf Lüders.

Si bien, siempre es interesante escuchar al profesor Salazar, no es menor verlo en un debate con otro historiador de fuste y, además con ex ministro de Pinochet. Si Ud. se lo perdió, lo o la invito a escuchar los audios del debate.

Presentación: Gabriel Salazar (Pinche Aquí)

Ponencia: Alfredo Hocelyn-Holt (Pinche Aquí)

Ponencia: Rolf Lüders (Pinche Aquí)

Contra argumentación y preguntas (Pinche Aquí)

* G. Salazar. Mercaderes, Empresarios y Capitalistas, Pág. 11.

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Notas

1.- “Mercaderes, Empresarios y Capitalistas (Chile, Siglo XIX)”. 2009, Editorial Sudamericana.

2.- Gabriel Salazar, Profesor de Historia de la Universidad de Chile y Premio Nacional de Historia.

3.- Alfredo Jocelyn-Holt, Historiador y Profesor de la Escuela de Derecho y de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.

4.- , Profesor de la Facultad de Economía de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

17
Feb
11

FUTURO HISTÓRICO Y SOCIALISMO: ¿CONSTRUCCIÓN DE UNA NUEVA IZQUIERDA?

Hace unos días ha empezado a circular por la Red el capítulo IX del libro “Conversaciones con Carlos Altamirano” (1), apartado que recoge la conversación entre el ex presidente del Partido Socialista y Gabriel Salazar en torno al futuro del socialismo y la construcción de una nueva izquierda para Chile. En él se aborda, en forma holgada, una reflexión en torno a las causas de la derrota de los socialismos reales; el dogmatismo en la interpretación de las tesis marxistas; el estado actual del socialismo chileno; las implicancias del neoliberalismo en nuestra sociedad; los movimientos sociales; y las orientaciones para la construcción de una nueva izquierda. Se trata de un diálogo serio y profundo, de la mano de dos intelectuales que reflexionan desde y por la izquierda chilena. Puede uno compartir o discrepar de la reflexión, pero, qué duda cabe, se trata de un análisis imprescindible para entender el pensamiento de la izquierda chilena.

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a) Cambio epocal, derrota y socialismo

Salazar: Hemos conversado de lo que ha sido el socialismo chileno en su historia: de sus orígenes, de su trayectoria, de su triunfo en 1970 con Salvador Allende, de su derrota, de su exilio, de su renovación y de su… neoliberalización. Hemos recorrido, pues, el círculo completo de sus incertidumbres, para llegar al punto de partida de sus fundamentos… ¿Qué hacer? ¿Cómo construir el socialismo que queremos?… Hemos conversado también sobre el gran cambio histórico que, a nivel mun­dial, han experimentado las sociedades modernas —sobre todo a partir de esa notable década que fue la de 1960—, dentro del cual se inscribe la crisis actual del sistema capitalista, que estalla justo veinte años después de la crisis del socialismo real… Por eso hemos vivido y estamos vivien­do un período histórico de transiciones profundas y crisis entrecruzadas. Nos derrotaron sin apelación en Chile hace cuarenta años y hoy vemos a nuestro vencedor (el capitalismo neoliberal) trastabillar por el suelo sin mediar ningún empujón de nuestra parte… Los polos están revueltos. Las brújulas políticas se mueven locamente sin marcar rumbos fijos. Al­gunos profetas ilusos (Francis Fukuyama) proclamaron el fin de la his­toria y la perpetuidad del capitalismo. Algunos sacerdotes del mercado (Alan Greenspan), que creyeron en esa profecía, no tuvieron por tanto ninguna capacidad para prever su propia crisis… ¿Qué hacer? ¿Debe­mos dejarnos llevar por la gran marejada de la globalización (neoliberal), que no va a ninguna parte, pues sólo circula, circula y se arremolina, como el mítico Mar de los Sargazos o el Triángulo de las Bermudas? ¿Debemos dejar morir la izquierda, o debemos reanimarla y resucitarla? That is the question

Altamirano: Yo pienso que la izquierda, el movimiento de izquierda, no puede ni debe morir. La izquierda ha sido y es la manera social y humanista de hacer historia, de mirar el mundo, de orientarse hacia el futuro. Fren­te a la realidad, cualquiera que sea, la izquierda debe saber encontrar esa «manera» de pararse frente al mundo. Si la realidad cambia, dentro o fuera de nuestro control, los que nos sentimos de izquierda tenemos que saber levantar nuevas banderas de lucha, nuevos ideales, una nueva teorización. Insisto en que, para mí, la izquierda, y el socialismo dentro de la izquierda, y las demás corrientes de izquierda dentro de la izquierda, son las que le han dado la razón de ser humanista al mundo en los últimos dos siglos. Son las que han planteado todas las grandes ideas: las que han luchado por los códigos del trabajo, por los sistemas de previsión social, por una edu­cación amplia, gratuita y obligatoria; las que han luchado por el sufragio universal, los derechos de la mujer, etc. La derecha —cuando menos en Chile—, por el contrario, se opuso y se ha opuesto a todo eso. Repele la protección al trabajador, mercantiliza la educación, frena la plena libera­ción de la mujer, etc. La izquierda, con esas ideas, ha iluminado el futuro, instando a caminar, a ir más allá. Y por eso hoy día la gran desilusión de la política, por eso el desencantamiento del futuro: porque no hay izquier­da. Porque no hay nada que se oponga a la derecha. Y ésta no es capaz de encantar al mundo, a la juventud. Es incapaz de proponer grandes ideas renovadoras, de cambio y transformación social, como diría el compañero Gramsci. Por eso es grave que no tengamos hoy una izquierda en Chile. Porque, como dije hace poco en una reunión: «El Partido Socialista chileno tiene hoy más directores de empresa que dirigentes de sindicato…». Duro, lo sé. Pero… es lo que es.

Salazar: Duro, sin duda, no sólo porque tenemos socialistas-gran­des-empresarios, sino también porque el partido como partido lleva ya décadas suscribiendo políticas neoliberales que poco o nada ayudan a la clase popular, y que poco tienen de contenido solidario y humanis­ta. Esta tendencia —retrógrada— no conlleva dimensión de futuro, de proyección luminosa, de senderos liberadores. Como tal, es imposible que «encante» a la población y, sobre todo, a la juventud…

Altamirano: Claro, este socialismo está lejos de entusiasmar a la ju­ventud. Y por eso hoy día el 50 por ciento de los que son ciudadanos chilenos no votan, porque no están inscritos, porque votan nulo o por­que votan «díscolo»… No hay interés en participar en una política que es pura farándula…

Salazar: Es que… bueno, es una política que no tiene sentido de futu­ro. Gira y gira en torno al eterno presente del retail (el cual contiene a su vez el círculo infinito del endeudamiento consumista), o del oportunis­mo político, o del puro interés creado del individuo. Sin sentido de fu­turo la política pierde su alma. El mercado —que hoy nos domina— no tiene sentido humanista de futuro, sino el puro sentido cuantitativo de la acumulación, o del goce hedonista de la vida. Si fuera por la política farandulera, estaríamos girando maniáticamente en torno al eje vertical del presente… Sin hacer historia verdadera… Sin utopías… Como dice el sociólogo italiano Alberto Melucci: «viviendo como si fuéramos nóma­des del presente…».

Altamirano: Por eso debemos reconstruir la izquierda, el humanismo social, los proyectos de futuro; es decir: restaurar esos valores que, en el pasado, hicieron de la izquierda la fuerza iluminista y humanizadora de la historia. Desde la Revolución Francesa en adelante ha sido la izquier­da la que ha iluminado y humanizado al mundo. ¿Qué han aportado las derechas en el plano del humanismo como no sea su congénito oscuran­tismo? Porque lo que han hecho siempre en Chile es defender la propie­dad y oponerse al aborto. Están a favor de la propiedad y en contra del aborto, destruyendo la vida juvenil y adulta explotándola con el capital (su «propiedad»), y defendiendo el «principio» de la vida en el útero… acaso porque les interesa que haya más y más gente para explotar…

Salazar: Sin duda. Sus «principios» no son más que sus intereses… Pero es triste, en todo caso, mi querido Carlos, tener que conversar sobre cómo reconstruir lo que queremos. En otras palabras: cómo nos vamos a arreglar para pararnos del suelo después de que nos hicieran morder el polvo. Porque no es que hayan caído nuestros valores, nuestras utopías. No… Nos hemos caído nosotros, hombres y mujeres de carne y hueso en tanto actores históricos. Hemos estado, en cuanto a acción, por debajo de nuestras creencias. Es triste mirar para atrás y ver que nuestras huellas son puras ruinas… Da «cosa» —como se dice—… desazón, remordi­miento, ganas de hacer algo… Algo con sentido.

Altamirano: Lo más terrible de nuestra «caída», en un sentido global, fue el camino equivocado o tortuoso que tomó el llamado «socialismo real», porque el problema no es que Pinochet nos haya hecho arar por el suelo o que haya caído el Muro de Berlín, o que la «perestroika» o que esto y lo otro respecto de la Unión Soviética. El problema de fondo es que, cuando algunos de nosotros vivimos concretamente el socialismo real, en Alemania Democrática, en la Unión Soviética o en otro país «comunista», ese tipo de socialismo no nos convenció. No nos gustó. No correspondía casi nada a nuestras utopías. O sea: donde y cuando nuestras utopías se hicieron reales, constituyeron regímenes policiales, dictatoriales, hasta carcelarios. Cuando estuvimos allá, en el corazón de ellos, como que se nos derrumbó ese mundo. Y el derrumbe cayó sobre nosotros mismos. Por eso planteamos, estando en Berlín, ese desacuer­do por escrito en 1979; es decir: diez años antes de la caída del Muro de Berlín. Y eso no era sólo una cuestión nuestra: había una condena subterránea generalizada contra el sistema. Es lo que uno ve en esa pe­lícula maravillosa y a la vez terrible: La vida de los otros, donde se siente la opresión policial y ese temor que anula todo sentido de libertad e igualdad. Después de vivir esa experiencia, ese tipo de «socialismo», ya no tiene (para mí) ninguna vigencia para el siglo XXI. Su propuesta fue usada, abusada y agotada. Si la revolución debe basarse en la violencia y la violencia produce ese tipo de régimen policial, entonces, como prin­cipio, el dogma de que «la revolución es la partera de la historia» queda, para mí al menos, sujeto a duda y a sospecha. Creo que hoy en día no cabe plantearse una revolución de ese tipo…

Salazar: De acuerdo, pero eso, por supuesto, no cuestiona la necesidad histórica de promover un cambio revolucionario cuando un régimen es opresivo (como el capitalista neoliberal o el estalinista) y cuando no tie­ne proyección humanista de futuro. Lo que tú cuestionas es, supongo, el método utilizado (la violencia) y la forma de institucionalizar la victoria coyuntural de los revolucionarios (la policía secreta)… Negar la posibi­lidad y la necesidad de la revolución (cambio con perspectiva futurista) sería negar la posibilidad y la necesidad del humanismo socialista…

Altamirano: Bueno, sí, en eso estamos de acuerdo, pero el punto es también que las revoluciones deben adaptarse a las condiciones históricas existentes. Y en el contexto actual, revoluciones violentas y de secuela policíaca parecen ya no tener ni sentido ni posibilidad. Pues ahí tienes el colapso de la Unión Soviética, del régimen de Fidel Castro en Cuba, el de Mao Tse Tung en China y de las mismas revoluciones burguesas como las que describe Eric Hobsbawm, que, además de violentas, eran nacionalis­tas. La globalización del mundo —que es un hecho cultural que rebasa el capitalismo— cambia la situación y obliga a ajustar los conceptos. Si no ajustáramos los conceptos a la realidad, estaríamos actuando por dogma, ciegamente, sin mirar lo que pasa en torno a nosotros. Tú ves cómo Ru­sia por un lado y China por otro han asumido la globalización como un modo de transar con el capitalismo, coqueteando con el neoliberalismo de mercado. Dos países gigantes, con revoluciones ya consolidadas, han cedido frente al mundo occidental, al extremo de que su «socialismo» (o comunismo, si prefieres) es puramente nominal, porque ahora están multiplicándose allí, por ejemplo, élites escandalosamente multimillo­narias, nuevos grandes potentados del capital. Como hemos dicho, sin Rusia y sin China, el capitalismo occidental estaría en serios problemas, pues, para él, son hoy «mercados» indispensables. Insustituibles. Nues­tros grandes referentes reales del «socialismo», pues, se han diluido entre las brumas del comercio mundial. Y tras ese desvanecimiento, se han derrumbado una a una las dictaduras comunistas de Europa central: Polonia, Hungría, Rumania, Bulgaria, Checoslovaquia y la República Democrática Alemana… ¿Y cuál es la herencia útil del mundo comu­nista que se esfumó en el aire? ¿Qué podemos tomar de su experiencia histórica? Ese poderoso mundo («socialismo real») desapareció sin dejar rastros aprovechables. Por eso pienso que intentar reconstruir el socia­lismo, en los términos que lo plantearon esos países en su momento histórico, es algo fuera de época y, por tanto, inviable. Curiosamente, las revoluciones burguesas se diluyeron también, pero dejaron al menos una significativa herencia en materia de pensamiento, ideas, en fin, de libertad, de sistemas constitucionales, ciudadanía, etc. (muy ayudadas, por supuesto, por los grupos jacobinos)… Un Jefferson, por ejemplo, inspiró política y cívicamente la revolución burguesa norteamericana, pero a la vez iluminó con sus ideas todos los procesos políticos de su tiempo (por ejemplo, la misma Revolución Francesa), como si hubiera sido un hombre de izquierda… Hoy día mismo la figura de Jefferson, en tanto potenció la soberanía de los ciudadanos, es un pensador per­tinente, actual. Y en su misma ruta, claro, Karl Marx fue más lejos… Pero la cuestión es que el «socialismo real» colapsó y no dejó herencia útil. Como no sea la conclusión «dialéctica» de que ciertos ejemplos es preferible no imitarlos…

Salazar: En todo caso, el llamado «mundo comunista», o si prefieres, el ámbito del «socialismo real», no fue nunca absolutamente homogéneo.

El modelo soviético, heredero del «estilo» Lenin-Stalin fue visto críti­camente, como tú mismo has dicho, por los chinos, los yugoslavos, los guevaristas latinoamericanos, los del eurocomunismo, etc. Como lloró una vez Althusser en un seminario teórico: «el marxismo no es un blo­que de acero»… Y a decir verdad, allá por los años cincuenta y sesenta el marxismo mundial era una especie de Archipiélago Gulag. Incluso, por esos años 1930 y 1940, nosotros, los latinoamericanos, nos jugamos —en la medida de nuestra perseverancia— por hallar nuestra identidad histórica, nuestra cultura propia y, por lo mismo, imaginar un socialismo de tipo «indoamericano», mestizo… Es lo que intentaron Mariátegui, Haya de la Torre, el mismo Luis Emilio Recabarren y, hasta cierto pun­to, los fundadores del Partido Socialista chileno… Pero nunca logramos hacer valer, no sólo hacia el mundo exterior, sino también hacia nosotros mismos, nuestro tipo de socialismo… Y nos pusimos al final a la cola de lo que pasaba en otras latitudes… Recabarren, por ejemplo, fue pública­mente desautorizado tres veces —como San Pedro a su Maestro— por el Partido Comunista, y ahora se le hace valer sólo como fundador de ese partido, no como el original pensador socialista que fue…

Altamirano: Claro, y por eso mismo, durante un tiempo el mundo latinoamericano vio en Cuba, en Fidel y en el Che lo que pudo haber sido el socialismo «nuestro». Casi un ideal. Una camiseta puesta. Pero Cuba, por un lado, se sovietizó, se alineó con los comunistas herederos de Stalin, y por otro, no es un país que, como país, haya logrado éxitos materiales y políticos, aparte de sus éxitos medicinales y deportivos. De hecho, Cuba es una mierda de país: más chico que Chile, con menos población que Chile, que fuera de tener azúcar, níquel y tabaco, no tiene nada más. No tiene riqueza minera ni gran riqueza agrícola, casi no tiene industria. Está todavía en una condición poscolonial, tanto así que especuladores como Carlos Cardoen y Max Marambio se han asociado para «profitar» sobre las necesidades de la isla. Cuba no tiene caídas de agua aprovechables, no tiene ríos grandes, no hay ni siquiera un Mapocho… Ahora, bueno, los cubanos son un pueblo inteligente, combativo, fraterno, solidario… y esto puede ser tanto producto del «socialismo» a lo Fidel, como del carácter idiosincrático del pueblo… El socialismo real de Cuba despierta nuestra simpatía, pero no nos sirve mucho como ejemplo por imitar. Salvador Allende se había dado cuenta ya de eso… ¿Y qué decir de China? También es socialismo real, pero ¿en qué medida puede ser un modelo para nosotros un país-continente con mil seiscientos millones de habitantes? Lo único que sé es que, allí, las inversiones extranjeras y la polución industrial son horrendas, y que hay un sistema laboral muy próximo al esclavismo… Hay avances crecientes en salud, educación y previsión social, pero dentro de un régimen eco­nómico draconiano, que no se liberaliza aún en sentido social… China, bajo este régimen duro se va a convertir, muy probablemente, dentro de una década o dos, en la primera potencia mundial. Pero ¿para qué?… Además, no hay duda de que en el interior de un régimen como ése hay tensiones enormes. Tiananmen fue un reventón indicativo y premonito­rio. La situación del Tíbet es otro indicador significativo. Pero por otro lado está esa milenaria cultura china, de profundo sentido humanista (la que tampoco es una herencia aprovechable para nosotros). China es inalcanzable, inimitable e impredecible. Con ella puede pasar cualquier cosa. Esta carrera por superar al capitalismo en su propio terreno no asegura que China vaya a superar al mundo occidental en el terreno del humanismo democrático, ni que vaya a ser el campeón que ayude a la liberación definitiva de los pueblos del Tercer Mundo… No tenemos, pues, herencias útiles que nos encaminen a un futuro mejor. El modo como cristalizó concretamente el marxismo en Europa, en Asia y en Cuba, no nos sirve para orientarnos en el siglo XXI. Por eso estamos en la oscuridad y por eso no es fácil resolver el problema de cómo recons­truir la izquierda y revitalizar la utopía del socialismo…

Salazar: Cierto. Lo mismo que los niños huachos, carecemos hoy de toda herencia (política) útil en términos de propuesta concreta y ejemplos alternativos exitosos. Como que no tenemos legado paternal ni maternal, carencia que ha arrastrado en su caída la validez relativa de las teorías clá­sicas de la revolución (sobre todo en sus variantes leninista-estalinistas), lo cual nos deja además sin herramientas conceptuales útiles para pensar cómo construir un nuevo proyecto revolucionario. Con todo, hablando de herencias, creo que tenemos encima de nuestros hombros un legado gigantesco: todos los males de los que es capaz de infligir el capitalismo neoliberal victorioso, y toda la confusión que nos dejó el colapso del socia­lismo real… O sea: heredamos el más grande «desafío histórico» posible para probarnos como sujetos portadores de conciencia histórica, sentido crítico y voluntad revolucionaria. Un desafío tan grande como el que en­frentaron, a mediados del siglo XIX y bajo la aplanadora de la Revolución Industrial en marcha, los fundadores del pensamiento crítico y del so­cialismo. Un siglo y medio después, el capitalismo nos ha puesto en el mismo punto de partida que esos fundadores. La apuesta es que, si bien nos tiró hacia atrás en la historia como muñecos, no está claro que nos haya convertido en muñecos, en meros tornillos de sus ciegas fuerzas productivas. Yo apuesto a que no. A mi juicio —observando los proce­sos históricos de Chile y de todas partes— el ser social, es decir, la esen­cia del ser humano, nunca puede ser alienado absolutamente, al ciento por ciento y por mucho tiempo. La dignidad social es resiliente, elástica y soporta la presión alienadora hasta cierto punto, hasta cierto grado, de modo que, cuando esa presión marca un punto de ebullición… salta la erupción, se extiende la rebelión, y sobre ella, como espuma, reaparece el pensamiento crítico… Pienso que ni Pinochet, ni el colapso del socia­lismo real, ni el triunfalismo de los neoliberales chilenos han extinguido el magma profundo que late en el fondo del ser social. Hay muchos indicios de ello en el Chile actual (de lo cual podemos hablar otro día), y esto obliga a trabajar en la «espuma» de este magma, o sea, en el ajuste, desarrollo o consolidación de un «nuevo» pensamiento crítico…

b) Sobre las tesis dogmatizadas del marxismo

Altamirano: Y eso nos lleva, entre otras cosas, a revisar nuestras viejas creencias, nuestros dogmas y, en una palabra, las tesis marxistas más vul­garizadas. Creo que se tiene espíritu revolucionario cuando uno, con los ojos clavados en la historia real, revisa críticamente las tesis que, más o menos automáticamente, hemos estado aplicando hasta ese momento. Y eso no nos hace «marxistas» de tomo y lomo (no se trata de ser un «fiel» seguidor de Marx), sino, simplemente, sujetos sociales conscientes de su tiempo y de su capacidad innata para pensar críticamente. El marxismo no es una religión que lo convierta a uno en un simple feligrés. Hasta donde yo sé, es una ciencia…

Salazar: Una ciencia que un hombre genial comenzó, pero que, para seguir siendo ciencia, debe ser constantemente actualizada y continua­da… Como una carrera de postas. Como una responsabilidad histórica que un señor, al comienzo, intuyó, pero que, un siglo y medio después, debe ser una responsabilidad socializada y colectiva…

Altamirano: Exacto, y por eso creo que debemos revisar las tesis marxistas que muchos han tomado como dogmas infalibles, pero que en realidad no han sido sino verdades que tuvieron validez para cierto período histórico, pero no para toda la historia. El pensamiento crítico no puede dogmatizarse ni anquilosarse; como tú dices, debe actualizar­se constantemente. Sería vergonzoso y retrógrado que se convirtiera en un montón de sagradas escrituras con sacerdotes preocupados de vigilar que sus «mandamientos» sean religiosamente acatados. Por eso me atre­vo, por ejemplo, a decir que la tesis de que «la revolución es la partera de la historia» (queriendo decir que es la «violencia» la que pare todo), si bien tuvo validez para cierta época, ya no la tiene. Creo que esta tesis es correcta hasta cuando Fidel triunfó en 1959, pero después ya no. Podría decirse incluso que no sólo la «violencia», sino también la propuesta de «revolución» tuvo validez hasta, más o menos, ese año. Después, como que la marcha del mundo relativizó ambas tesis y abrió interrogantes serias sobre lo que ha estado sucediendo. Recordemos que incluso la «revolución legal» de Salvador Allende fue rechazada categóricamente no sólo por Estados Unidos, sino también por la Democracia Cristiana chilena. Del mismo modo, la tesis de que «la lucha de clases es el motor de la historia» está, en la actualidad, profundamente relativizada.

Salazar: De hecho, la revisión de las «tesis marxistas» es una tarea do­ble o triple, porque, de un lado, es necesario revisar las verdades cientí­ficas que han sido rebasadas por la historia y/o cristalizadas por algunos como dogmas catequísticos. Porque, parodiando una frase de Marx, en la historia «todo lo sólido se desvanece en el aire», hasta los conceptos aparentemente más verdaderos… Pero «revisar» viejos conceptos y dis­cutirlos semánticamente puede convertirse en un ejercicio puramente escolástico, propio de los monjes dominicos del Medioevo. De ser sólo eso, la revisión puede devenir en una tarea improductiva, estéril, bizanti­na. De otro lado, es necesario —para «revisar» teniendo como referente un polo dialéctico— «investigar» concreta, empírica y dialécticamente la realidad histórica que constituye la novedad del presente. El pensa­miento crítico no sólo critica al enemigo (refuta), no sólo se revisa y critica a sí mismo (reflexiona), sino que, sobre todo, explora, estudia y diagnostica la historia nueva que rodea y empapa a todos los actores so­ciales vivos en un período o momento dado (investiga). El pensamiento crítico existe como tal en tanto y en cuanto «triangula» todo eso, yendo y viniendo entre esos tres movimientos. Los que simplemente reducen la movilidad creativa del pensamiento a una «creencia» fija, a una verdad definitiva (dogma), adoptan una actitud cómoda, estática, esterilizante y ahistórica; es decir: no piensan críticamente. Más bien, rezan… Y que yo sepa, rezar no es hacer historia (exitosa), menos revolución… Pero concuerdo contigo en que es necesario partir revisando críticamente al­gunas tesis dogmatizadas del marxismo…

Altamirano: Es lo que estamos haciendo. Y pienso que hay otra tesis dogmatizada que ha perdido actualidad: la que dice que «la lucha de clases es el motor de la historia». No creo que hoy día tenga plena ac­tualidad esa afirmación. Me parece que más importancia que la lucha de clases tiene hoy el desarrollo científico y tecnológico, que está cambiando todo. Como que la historia que vivimos hoy se deriva, de un modo u otro, de lo que ese desarrollo produce en la sociedad y en todos nosotros, empezando por la globalización, las comunicaciones, la información, la hegemonía del capital financiero, etc. Estos cambios han hecho desdibu­jarse, entre otras cosas, a la que antes llamábamos «burguesía». ¿Dónde está hoy la burguesía? Yo no sé si Bill Gates, por ejemplo, es burgués o no. Veo que no tiene ni facha ni cara ni vestimenta ni ideas de burgués. Junto con la burguesía tradicional, se ha desdibujado también el proletariado industrial. Ni los capitanes de industria ni los obreros de fábricas son los personajes centrales de lo que ocurre hoy en el mundo. Su conflicto, si existe —porque existe—, no es el problema central de la historia actual, sino uno secundario, casi marginal. Y esto porque, entre otras cosas, la gran fábrica ya no es el eje del capitalismo ni la manzana de la discordia de los conflictos. La sociedad industrial ha sido superada por la sociedad mercantil y financiera, donde son otros sectores sociales los que tienen un papel central en los problemas de hoy. En especial, los trabajadores vin­culados a los servicios públicos y privados, y los trabajadores precaristas (a contrata o autoempleados). A mí me impactó mucho, en este sentido, el libro de André Gorz, marxista reconocido, que tituló, sugerentemen­te: Adiós al proletariado. Este libro lo publicó alrededor de 1970, cuan­do yo estaba en Francia. El proletariado industrial ha venido perdiendo importancia numérica y cualitativa desde esa fecha, más o menos. El mismo fenómeno ha sido descrito y discutido por varios otros intelec­tuales de renombre. Es que el capitalismo ha dejado de ser un sistema centrado en la producción de bienes materiales para convertirse en un sistema cada vez más centrado en la producción de bienes inmateriales. El capitalismo se desmaterializa. Hoy día, en esta misma sala en la que estamos conversando, pasan millones de ondas inalámbricas llevando y trayendo canciones, informes, proyectos, conversaciones, etc. Si el capi­talismo se desmaterializa, también se desterritorializa. Por eso ya no es un capitalismo nacional, sino uno transnacional. Si estamos en contra del capitalismo, tenemos por tanto que saber y conocer de qué tipo o nuevo capitalismo estamos hablando. Por eso tenemos que hacer lo que tú lla­mas «investigar». Y si estamos a favor de la lucha de clases, tenemos que saber (averiguar) de qué clases estamos hablando concretamente, porque ni la burguesía es hoy lo que fue, ni el proletariado es hoy como ayer. Incluso hasta el concepto «clase social» ha perdido sustentación respecto de lo que realmente ocurre en torno a nosotros.

Salazar: Vale. Sin embargo, si bien es cierto que las «clases sociales» han dejado de ser bloques compactos para devenir en «corrientes flui­das» (la burguesía industrial se ha licuado a lo largo de los circuitos fi­nancieros y el proletariado industrial se ha licuado a lo ancho del empleo precario), el conflicto social no se ha difuminado, aunque también, en apariencia, se ha vuelto «fluido». Y no puede ser de otro modo, dado que las «clases», claramente, son, ahora, fluidos culturales. Y éste es, tal vez, uno de los mayores problemas que requiere nuestra máxima aten­ción, preocupación y, sobre todo, investigación, porque es un fenómeno nuevo y porque inutiliza de hecho gran parte de los conceptos rígidos (ideas-bloque), o sea, esos peñascos «ideológicos» que llevábamos antes en nuestra mochila revolucionaria. En el pasado, veíamos y definíamos la lucha de clases como una confrontación épica de bloques de concreto, con choques frontales que sacaban chispas. Era un conflicto «espectacu­lar», en el sentido de que era esencialmente visible. Ahora el conflicto es un gelatinoso encuentro de fluidos, que, más que verse u oírse, se siente vagamente como un «malestar interior» (como lo constató en 1998 un informe del PNUD sobre el desarrollo humano en Chile), lo que lo hace invisible y difícil de definir si utilizamos nuestros duros prismas de an­taño. Las tesis dogmatizadas del marxismo, ante este nuevo «estado» del conflicto, flotan, siguen de largo, se gastan por sí solas, sin agarrar nada. El punto es que si queremos construir conceptos adaptados a esta nueva realidad es necesario renunciar a la epistemología de la visibilidad (que implicaba rendir pleitesía a la «objetividad»), y bucear en cambio en la epistemología de la interioridad, porque la realidad actual se muestra más y mejor dentro de nosotros (lo que implica «subjetividad»). Por eso el pensamiento crítico puede y debe refundarse a partir del diálogo inter­subjetivo, a partir del coloquio solidario: en el desarrollo de la oralidad social, que es la matriz de la soberanía popular. Pues es allí dentro donde se puede percibir, detectar y agarrar por las astas el conflicto actual (pos­moderno) y porque es allí donde lo escondieron los astutos mentores del neoliberalismo… La revolución neoliberal jugó a las escondidas con la conflictividad social. Ha sido su obra maestra: nos metieron la rabia dentro de nosotros, para volcarla contra nosotros mismos…

Altamirano: Todo lo cual nos obliga a realizar la revisión más profunda que se haya hecho en cien años al pensamiento revolucionario. Tenemos que hurgar fría y críticamente en el alma de la izquierda…

Salazar: … entendiendo a la izquierda, en todo caso, como un con­junto de sujetos sociales vivos con conciencia y capacidad de pensar y socializar. No sólo como «bloque» político parlamentario o mera «tradi­ción de lucha»…

Altamirano: O sea, estamos hablando de una revolución ideológica que debe nacer de lo hondo de lo que realmente somos… Pero yo pienso que no sólo debemos revisarnos nosotros mismos en lo que somos y cómo somos, sino también en cuanto a nuestra relación con la naturaleza, con la madre Tierra… El conflicto es también con la madre Tierra. El capita­lismo ha explotado al proletariado, pero también, y más aún, a los recur­sos naturales, destruyendo los equilibrios de la biósfera… Así que todos estos cambios que están ocurriendo en la naturaleza y en el ser humano: calentamiento de la Tierra, globalización de la economía, de la política, de la cultura, desaparición del campesinado, etc., todo eso exige refundar el Partido Socialista. Refundarlo sobre bases teóricas e ideológicas que se sustenten en el estudio de esos cambios, no en la enésima lectura de las tesis dogmatizadas del marxismo. Para mí, Marx continúa siendo el más grande de los pensadores de la época moderna, pero es preciso reconocer que, con posterioridad a su época, han surgido problemas nuevos, ini­maginables en su tiempo, como son los que te he señalado. Desde luego, el tema de la globalización, que en cierto modo lo previó en sus líneas gruesas, era imposible que lo analizara en su efectiva (y además difusa) composición actual. En su tiempo no había transnacionales, dominaba por doquier el capitalismo nacionalista, donde se evidenciaba el pre­dominio general del «imperialismo inglés», que no debemos confundir con el predominio actual de las compañías transnacionales… Por eso es que necesitamos un nuevo Marx, un nuevo gran pensador que pueda examinar todo esto radiográficamente y entregar una propuesta acerca de cómo hacer frente a estas nuevas realidades.

Salazar: Es cierto que, ojalá, un nuevo Marx viniera al mundo. Que hubiera una nueva parusía mesiánica para los revolucionarios del mundo. Sería emocionante, pero, tal como van las cosas, no parece fácil que las nuevas generaciones sigan a «un» líder inspirado, a «un» intelecto que sea científico y profético a la vez. La misma revolución neoliberal, que nos metió a todos hacia dentro, individuándonos, ha creado condiciones para que cada uno de nosotros vaya reconociendo por sí mismo la nueva cara de su «enemigo» (que está instalada hoy en la psiquis interna de nues­tra condición de trabajadores temporero-consumistas), vayamos recono­ciéndonos también como sujetos soberanos y, por tanto, como sujetos revolucionarios… Las condiciones históricas de hoy empujan a desarrollar en la clase popular, pienso yo, un intelecto colectivo, social, más que in­telectuales geniales que a través de obras «bíblicas» entreguen al pueblo verdades hechas (tipo «llegar y llevar», como La Polar). El pensamiento crítico, en los tiempos que corren, surge y se condensa como «fluido» entre y en torno a los sujetos que aprenden a rebelarse desde sí mismos, generando, entre todos, poco a poco, un tipo de ciencia dialéctica que no está articulada como biblioteca, sino como una vívida cultura social… como un conjunto de verdades en proceso de construcción colectiva. La ideología libresca del pasado tiende a ser reemplazada, de este modo, por una cultura social que es, en gran parte, oral y de actitudes, con fuerte arraigo en la interioridad de los sujetos, en su memoria, en su vida real, en su misma identidad…

Altamirano: Ya veo por donde va tu pensamiento… Estoy de acuer­do, pero no he trabajado mucho esa veta. No sé cómo se desarrolla esa cultura o cómo uno puede activarla u orientarla… En cambio, me he concentrado en los problemas generales que necesitará «atacar» una eventual nueva izquierda… A mí me parece de primordial importancia, por ejemplo, el problema ecológico (léase calentamiento de la Tierra, ruptura de las capas de ozono, agotamiento de recursos hídricos, etc.), porque resolverlo —que es un imperativo de vida o muerte— nos obliga a actuar como una humanidad colectivizada, por un lado, y por otro, nos obliga a poner freno al capitalismo desenfrenado, que, desde sus cen­tros industriales más concentrados (Estados Unidos y China, sobre todo) está «destruyendo» la biósfera de la Tierra. Ya se ha establecido, para este efecto, una reglamentación en Kyoto. Y por supuesto, Estados Unidos y China se niegan a suscribir el Acuerdo de Kyoto. Si los países emergentes como China, India y Brasil siguen (tal como van) en la carrera industrial sustituyendo a Europa y Estados Unidos… dentro de poco no voy a verte ni a diez metros de distancia… La explotación de la clase obrera está siendo sustituida por la destrucción de la Tierra… ¿Cómo no va a necesitar esto una nueva teorización, nuevas idealizaciones, del tipo que produjo la Revolución Francesa o el marxismo, por ejemplo, en los albores del capitalismo moderno? El respeto a la Tierra y el respeto a una vida humana en armonía con la naturaleza son valores que, si bien fueron «descubiertos» durante la Ilustración como utopías, es ahora el tiempo de convertirlos en realidad… Después de que pase la fiebre industrialista… En este sentido, la creciente inmaterialización del capitalismo abre cami­no a esa realización, aunque pueda parecer contradictorio… Y lo mismo, la globalización y la decadencia de los Estados nacionalistas…

Salazar: Sin duda, el calentamiento de la Tierra es un campanazo de alarma, premonitorio quizá de futuras catástrofes apocalípticas. Da miedo. Y por miedo, es posible que poco a poco los países en conjun­to acuerden pactos ecológicos postindustrialistas, como el Acuerdo de Kyoto. Eso lleva a una política de Estados, de diplomacia «mundialista» y a un movimiento colectivizante de las «superestructuras»; en suma: a una acción geopolítica. A una gran política global de los políticos, los empresarios y los militares. Cuestión que está bien. Es un proceso que debe abrirse, continuarse y desarrollarse. Pero… ¿cómo es eso a nivel de los sujetos sociales y de los «fluidos» que componen hoy la clase popular, o la ciudadanía o el conjunto de sujetos sociales de carne y hueso? Estamos de acuerdo en que el problema ecológico invita a un socialismo político mundial. Pero —repito— ¿cómo construimos so­cialismo en el seno mismo de la sociedad civil? Si el pensamiento crítico tiende a resurgir bajo la forma de una extensa cultura social centrada en la interacción soberana de los sujetos, la construcción de un socialis­mo social local (sustento del global), que realice como vida cotidiana el nuevo pacto civilizacional con la naturaleza, es tanto o más necesario. Y este socialismo no puede ni debe construirse sobre la base de «cumbres mundiales» del tipo del Acuerdo de Kyoto… Es un desafío igual, pero distinto. Tal vez la esencia misma de la eventual nueva izquierda…

Altamirano: Por eso el tema ecológico no puede separarse de otros temas de gran relevancia. El nuevo socialismo tiene que sustentarse en un paquete de múltiples valores sociales. Es un teclado ancho y variado. Ahí tienes, por ejemplo, todo el tema del feminismo, que no se planteó en tiempos de Marx. Sin una adecuada valoración social y política del feminismo no avanzamos un paso hacia el socialismo. Es cierto que el feminismo se está imponiendo, pero como que, de momento, su de­sarrollo se frena. Es lo que ocurre en Chile, donde un dictamen del Tribunal Constitucional atenta contra la independencia y la autonomía de la mujer. Una mujer que quiere tomar la pastilla del día después o cualquier anticonceptivo, no puede tomar la pastilla porque el machis­mo retrógrado de un sujeto del Tribunal Constitucional le dice: «No, se­ñora, esta pastilla es abortiva, y es, por tanto… inconstitucional». Pero, primero, si es abortiva… «¿qué se mete usted?». Y segundo: «No es abor­tiva, señor…». Y corren a asilarse en la Santa Madre Iglesia y a cobijarse en las pretinas de los curas. En el fondo, estos machistas no quieren que la mujer sea un ser plenamente libre, sino, solamente, madre. Y ojalá, virgen. Madre legítima y perpetua de sus muchos hijos…

Salazar: … y también, bajo cuerda, de sus muchos huachos… Mater­nidad para todo: para lo legítimo y para lo ilegítimo…

Altamirano: Claro, madres también de los huachos que tienen es­condidos por ahí… Hay en esto una complicidad entre machos y curas que es casi criminal, porque es un atentado contra los derechos civiles que son fundamentales. Es dejar una puerta trasera bien abierta para que las mujeres se hagan abortos. Porque… qué quiere que haga una mujer de escasos recursos, por ejemplo… ¿Amarrarse cada vez más a la prole creciente que está pariendo año por medio? ¡Y tanto escándalo que han armado por el aborto, cuando ellos mismos están contribuyendo a multiplicarlo! Tanto griterío moralista de esta asociación de «chilenos por la vida»…, ¡si venimos saliendo de un régimen que asesinó, mató y despreció la vida de todos los moros y cristianos que querían libertad e igualdad; asesinatos masivos en los que participaron activamente no sólo militares, sino muchos de estos civiles que ahora andan cacareando por la vida de los fetos!…

Salazar: Creo que la verdadera vida humana comienza con la libertad, la racionalidad, la igualdad y la sociabilidad. Lo demás es biología, vida animal o vegetal. Y si la mujer es un ser humano integral, debe y tiene que ser libre y racional como todos, y no ser sometida por naturaleza a una moral que implanta la dictadura de la biología, mientras prohíbe una cosa por un lado y permite esa misma cosa por otro…

Altamirano: Por eso es que sin una plena libertad femenina no hay socialismo posible…

Salazar: … sólo una policía moral aberrante…

Altamirano: Sin duda. Por eso tenemos que replantear en concreto lo que significa hoy libertad, igualdad, racionalidad, soberanía… El socia­lismo no tiene futuro a menos que refunde, sobre la realidad actual, los valores centrales del humanismo de todos los géneros… Si no rejuvenece­mos esos valores nunca podremos reencantar a la juventud, ni a la mujer, ni humanizar esta complejísima y confusa sociedad postindustrialista…

Salazar: Para lo cual tendremos que «desindustrializar» un poco las tesis marxistas tradicionales de la izquierda…

Altamirano: Lo que no significa que nos volvamos antimarxistas. Yo pronuncio un no rotundo al neoliberalismo y un estratégico frente al marxismo, pero a un marxismo depurado de su contaminación violen­tista, policíaca, caudillista, burocrática y dogmatizante. Pienso que Marx sigue siendo el más grande de los pensadores de la época moderna. Mal que mal, han aceptado sus ideas, hasta hace poco, miles de millones de seres humanos. No hay ningún sociólogo, filósofo, economista o teólogo que haya tenido tal capacidad de convocatoria. Su capacidad analítica le permitió prever, incluso, en el Manifiesto (de 1848), lo que podría ser la «globalización», pues escribió, textual: «en lugar del antiguo aislamiento de regiones y naciones que se bastaban a sí mismas, se está levantando un intercambio universal, una interdependencia universal de las nacio­nes…». En varios aspectos, el gran defecto de Marx fue haberse adelanta­do un siglo a lo que ocurriría en el mundo. Sus hallazgos y sus conclusio­nes se proyectaban más allá de su presente. Acaso por eso sus discípulos generalizaron y absolutizaron sus ideas al extremo de convertirlas en verdades infalibles, perpetuas, ahistóricas, congelando el dinamismo del materialismo histórico. El problema es, entre otras cosas, que el maestro descubrió la esencia económica de la burguesía (industrial), pero no la describió ni examinó como identidad social, cultural o política. Por eso sus discípulos, que simplificaron el materialismo histórico hasta dejarlo convertido en un apilamiento de consignas, redujeron la identidad bur­guesa a la frase «ladrones de plusvalía», ignorando su anchura cultural progresista y modernizante, que se proyectó en diversos planos a la his­toria mundial. La modernidad le debe más que un poco a esa burgue­sía… ¿Era Newton un explotador? ¿Era Descartes un capitalista? ¿Era Jefferson un especulador? El aporte burgués se ha convertido en una parte orgánica del legado de la humanidad. No se puede negar que el impulso al desarrollo tecnológico —que le permitió a la ciencia y al ca­pitalismo «dominar la naturaleza», como dijo Marx— ha sido una de las grandes conquistas de la humanidad… La burguesía se beneficia, como «clase», de la potencia modernizante del capitalismo, pues éste provocó y sigue provocando «una revolución continua en la producción; una incesante conmoción en todas las condiciones sociales. Un movimiento, una inseguridad constante distinguen a la época burguesa de todas las anteriores» (Karl Marx, en el Manifiesto). Y sigue: «Todas las relaciones sociales estancadas y enmohecidas… con su cortejo de creencias y de ideas admitidas y veneradas durante siglos, quedan rotas. Las nuevas se hacen añejas antes de haber podido cosificarse. Todo lo estamental y estancado se esfuma. Todo lo sagrado es profanado». Así este gran pensa­dor definió la acción transformadora y a la vez corrosiva del capitalismo. La derecha y los católicos pechoños le atribuyen esas característica —lo de «corrosivo»— al comunismo… ¡Qué comunismo! ¡Es el capitalismo la fuerza que corroe la vida natural del hombre en la Tierra!

Salazar: Es lo que inspiró la famosa frase de Marx: «todo lo sólido se desvanece en el aire»… No hay nada que el capitalismo no lo toque, no lo disuelva y no lo arrastre con su torrente…

Altamirano: ¡Qué frase maravillosa!… Refleja la capacidad expansiva y penetradora del capital… Mira, aquí dice: «espoleada por la necesi­dad de dar cada vez mayor salida a su producto, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita mirarse a sí misma en todas partes, establecerse en todas partes, vincularse con todas las partes». Y vemos el capitalismo ahora instalado en China, en Asia, en África. Lo ha invadido y empapado todo… ¿No implica esto que Marx vio la globalización a ciento cincuen­ta años de distancia? Ahora, ¿quiénes son los que empujan esa ola, esa marea de ácidos disolventes de todo lo que encuentran por delante? Bue­no, Marx y Engels dijeron que era la burguesía de ese tiempo, a la que de­finieron así: «los propietarios de los medios de producción industrial que emplean el trabajo asalariado». Y eso es taxativo: no están hablando de productores agrícolas, mineros, o productores de paltas y kiwis, sino de empresarios industriales. De verdaderos empresarios industriales, algo que en Chile nunca hemos tenido… ¿Qué ola tecnológico-industrial ha pro­ducido la «aristocracia castellano-vasca» chilena? No ha sido el latifundio o la oficina salitrera lo que ha cambiado la historia y lo que desvanece lo sólido en el aire… Lo que cambia la historia es la producción capitalista industrial… No habiendo un verdadero capitalismo industrial —y en Chile no lo hubo en el siglo XIX—, ¿cómo podemos hablar entonces de «lucha de clases» en el sentido preciso que le dieron Marx y Engels?

Salazar: Es un hecho ya comprobado históricamente que la oligarquía chilena, cuya identidad económica era claramente «mercantil», ahogó el desarrollo de la industria, primero aplastando al artesanado criollo (mediados del siglo XIX) y después bloqueando el desarrollo de los in­dustriales extranjeros que se avecindaron en Chile (comienzos del siglo XX). Esa oligarquía —que tuvo el poder político total gracias al golpe de Estado que dio Diego Portales con «su» ejército mercenario— privilegió siempre la asociación con las compañías comerciales extranjeras y no con el empresariado industrial criollo. De ahí su maniática opción por el librecambismo económico. Y este problema no es menor porque, enton­ces, no hemos tenido una «estructura de clases» típica, que cuadre con el modelo utilizado por los fundadores del marxismo. No tuvimos, para empezar, una verdadera burguesía industrial, no tuvimos una clase media rural (gran cliente del industrialismo) y tuvimos una masa popular mar­ginal (peones, rotos, desempleados, callamperos, lumpen) tres o cuatro veces más grande que nuestro minúsculo proletariado industrial… El punto es que, en este cuadro, el conflicto típicamente industrial —con­ceptualizado por Marx— no se ha dado plenamente en Chile. Por eso la «lucha social» (en la que participa también la masa marginal) es más importante aquí que la «lucha de clases» químicamente pura. El conflicto social en Chile ha sido más complejo. Si vamos a hablar de revolución —no porque seamos «atípicos» no vamos a hablar de ella— tenemos pues que especificar histórica, sociológica y culturalmente el marxismo según la realidad local y epocal. Y éste es otro aspecto de la necesidad de revisar las tesis dogmatizadas, distinto de la necesidad que se deriva de la globalización, el papel determinante de la tecnología, etc.

Altamirano: Y eso complica aún más tanto la tarea de revisar crítica­mente las tesis marxistas como la realización de ese trabajo enorme que es construir una auténtica nueva izquierda…

Salazar: Los complica, pero, a la vez, los hace más urgentes y desa­fiantes…

Altamirano: No podemos, por tanto, reducir la anchura y variedad de la historia real a un grupito de tesis expuestas al peligro siempre vivo del anquilosamiento… El pensamiento crítico debe ejercerse so­bre toda clase de situaciones, donde hay tradición industrial burguesa y donde no la hay. Nuestro amigo Marx trabajó concienzudamente sobre la tradición industrial inglesa… Nosotros no tenemos por qué seguir encajonados en esa misma tradición… Tenemos que partir del hecho vergonzoso de que ningún chileno y ningún latinoamericano —somos, mal que mal, quinientos millones— ha inventado nunca nada parecido a un auto, a un avión, a un reactor nuclear… En realidad, todo eso lo compramos a gran precio en el mercado abierto de la «otra» tradición… ¿Tenemos que comprarles también el concepto ortodoxo de «lucha de clases»?… América Latina no ha contribuido en nada a la ebullición tec­nológica del capitalismo… Seguramente hay una explicación histórica a esa incapacidad, como también responsables de dentro y de fuera. Ha habido imperialismos varios y dictadores por docenas. Yo apunto mi dedo acusador más a Estados Unidos que a España, o a Inglaterra… pero esto es un asunto de historiadores… Pero también sentaría en el banquillo de los acusados a la Iglesia Católica, que siempre defendió a las clases acomodadas, a los latifundistas, a los oligarcas venezolanos, colombianos, argentinos y chilenos…

Salazar: Sobre todo en el siglo XIX, porque, mal que mal, durante el período colonial, los reyes hispanos, de gran fe católica, intentaron prote­ger legalmente a los indígenas frente a la voracidad de los encomenderos y los estancieros, y ampararon además institucionalmente a los «pobres de solemnidad» (viudas, huérfanos, inválidos y otros). Por eso, en ese período, la Iglesia Católica (que entonces estaba unida al Estado) actuó como el brazo izquierdo del rey de España, algo así como su Ministerio Social… Pero eso se terminó con la Independencia. Desapareció el Rey y desapareció el sistema protector para indios y rotos, pese a los esfuer­zos de hombres como Manuel de Salas y Ramón Freire. La oligarquía mercantil se adueñó del Estado (Diego Portales) y aplicó una política draconiana contra rotos y mapuches. Nada la detuvo. Nadie se interpu­so. En ese contexto, la jerarquía católica, emparentada sanguíneamente con esa oligarquía, hizo la vista gorda. Por eso, durante el siglo XIX, la condición de vida de los trabajadores y de los pobres, en general, empeo­ró a tal punto que llegó a tener —por ejemplo— la tasa de mortalidad infantil más alta del mundo. ¡Glorioso récord! Los patrones hicieron con la clase popular lo que les dio la gana… la masacraron cuantas veces les pareció necesario (usando «su» Ejército, claro), con el silencio peca­minoso y culpable de la Iglesia Católica que, además, por su cuenta y riesgo, las emprendió represivamente contra las mujeres pobres, porque, al quedar abandonadas, ellas no tuvieron más remedio que vivir solas, vendiendo cazuelas, alojamiento, chicha y música, lo cual fue conside­rado como una gravísima «ofensa a Dios»… Y desencadenaron contra ellas, como castigo, la confiscación de sus hijos (para que entraran a «servir» en las «casas de honor»), la deportación de ellas a los fuertes de la frontera sur, y la quemazón de sus ranchos y enseres… ¡Malditas!

Altamirano: Lo que revela que la «burguesía» chilena no logró incor­porar esas mujeres a la civilización industrial moderna, ni logró despren­derse de la supervisión moral extremista de la Iglesia. La oligarquía chi­lena no ha modernizado ni secularizado el país como lo hizo en Europa la burguesía industrial. Allá todos —salvo minorías puntuales— están integrados a una sociedad moderna y desarrollada, pero aquí, donde no existe esa clase social, tenemos un enorme ejército de parias. Y una madre Iglesia moralizadora al cubo. Y nadie ha convertido ese ejército de parias en un ejército proletario moderno… Algunos han dicho que podría hacerlo la clase media. Pero ¿qué es la «clase media»? En Europa, donde sobrevivieron grupos provenientes de la aristocracia feudal o im­perial junto a la plebe de la tierra y de la urbe, la clase media no fue otra que la mismísima burguesía (mercantil e industrial)… Si aceptamos el concepto europeo de clase media, entonces en Chile no hemos tenido una clase media típica… ¿qué clase media va entonces a modernizar y secularizar el país? En Chile, la clase media no ha sido una burguesía industrial, sino una capa de profesionales y una gran masa de emplea­dos públicos y particulares. Hemos tenidos numerosos presidentes de la República que venían o vienen de esta clase media. Y naturalmente, «esta» clase media no puede comportarse como una auténtica burguesía industrial. Nunca jamás…

Salazar: Nunca, por cierto. A menos que —como ocurrió en Chile a mediados del siglo XX— logren «poblar» el Estado y convertirlo en un Estado Empresario orientado a promover la industrialización. Es lo que intentaron los grupos medios organizados como Frente Popular, Partido Radical, Democracia Cristiana y Unidad Popular. Los presi­dentes Aguirre Cerda, Frei Montalva y Allende Gossens lideraron ese intento; es decir, trataron de hacer en Chile lo que debió haber realiza­do una «burguesía industrial» que aquí nunca existió. No eran «clase» burguesa en sentido estricto, pero su proyecto era, en definitiva, una propuesta sucedánea que estaba llenando el vacío generado por el pro­yecto burgués típico que aquí nunca se dio ni ejecutó. Por eso fueron adquiriendo los rasgos de un «empresariado de Estado», que, debido a la fuerte presión reivindicativa de la clase popular, se transformaron en líderes de un «populismo de Estado», al punto de convencerse —como Allende— de que era el Estado, y sólo el Estado, el que debía comandar y realizar las tareas del desarrollo y las de la revolución socialista, y no la clase popular por sí misma. Por eso, esta particular «clase media» intentó hacer por cuenta propia, entre 1938 y 1973, domiciliada en un Estado burocratizado, no uno, sino dos proyectos revolucionarios, ambos ajenos a ella misma: el de la burguesía industrial ausente y el del proletariado industrial minúsculo. Y los dos en uno: el suyo propio. Por eso, la «lucha de clases» en Chile no fue típica, sino atípica; ni frontal, sino intermediada por terceros; ni directamente revoluciona­ria, sino, más bien elíptica… Por eso estamos hoy aquí, de nuevo en el punto de partida…

Altamirano: … intentando resolver un lío complejísimo, que nos obliga a ir y venir entre Marx y nosotros, entre el pasado y el presente, entre la Unión Soviética y la China comunista-capitalista, entre un viejo Partido Socialista socialista y un nuevo Partido Socialista neoliberal… ¡Qué lío! ¿No es como para confundirse? Por eso me siento de repente rodeado de incertidumbres… Casi, de escepticismo…

Salazar: «El escepticismo es el principio de toda creencia», dijo una vez Oscar Wilde, que no era ni marxista ni leninista, pero que manejaba las vueltas de la vida con una percepción dialéctica y un estilete literario de maravilla. Creo que la única manera de reaccionar frente a la incer­tidumbre, el escepticismo y las «traiciones en ciento ochenta grados» es desenfundar la lupa, la memoria y el estilete de la ciencia; es decir: una fría y sistemática razón histórica. Total, eso fue lo que hizo el viejo Marx cuando el capital industrial estaba remeciendo al mundo a mediados del siglo XIX… cuando los papas de Roma todavía no salían del mareo que les produjo la irrupción avasalladora de las rerum novarum…, o sea, la Revolución Industrial… Y de alguna manera, frente a las rui­nas y el escepticismo generalizado que dejó tras sí la inútil «aristocracia castellano-vasca» tras cien años de esterilidad, es lo que hizo también esa vieja generación de 1938 (la de Aguirre Cerda, la de los ingenieros de la CORFO, la de Frei y Allende), esto es: creerse el cuento del desarrollis­mo y del populismo «de Estado»… Repito: creo que estamos en una fase en que debemos, sí o sí, construir nuevas creencias…

Altamirano: Claro, esos viejos tercios del 38… Que no eran ni marxis­tas rabiosos ni visionarios capitanes de industria, pero que intuyeron que debían reaccionar inteligentemente tras esos cien años de autoritarismo oligárquico inútil. Eran viejos intuitivos, honestos. Pedro Aguirre Cerda no descubrió la electricidad, ni los telégrafos, ni la máquina a vapor, ni la energía nuclear, ni nada de eso. No era ni técnico ni otro Rockefeller. Era un agricultor morenito que, con su viejita, cultivaban la tierra. Pero se dio cuenta de lo que se debía y se podía hacer entonces… Y abrió el surco. Era tan dueño de fundo como la mayoría de los presidentes de Chile de aquel tiempo (como Balmaceda, Emiliano Figueroa, los Errázuriz, etc.). Pero, dada la situación en que estaba Chile después de la crisis de 1930, ningún hombre inteligente insistiría en mantener el viejo orden construi­do por la oligarquía tradicional. Alessandri, Ibáñez y Aguirre Cerda, de distinto modo, contribuyeron a destruir el bloque histórico que, durante cien años, había asolado las riquezas chilenas. Y los tres provenían de la emergente «clase media»… Por eso debemos, en alguna medida, desmitificar

la tesis chilena del rol protagónico del proletariado industrial en torno a la cual se organizaron y se pelearon el Partido Socialista y el Partido Comu­nista… Pues vivimos en una competencia permanente sobre quién tenía la base proletaria más numerosa. Quién comandaba más obreros. Tal vez fueron estos partidos (o sea, nosotros), precisamente por esa competencia, los que «inflaron» la idea de que la clase proletaria chilena era la «vanguar­dia de la revolución», cuando en los hechos fueron los partidos los que actuaron siempre en calidad de vanguardias… Marx identificó al obrero con el comunista: clase y partido eran la misma cosa. Y fue en este sentido que escribió: «los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y pro­pósitos; por eso proclaman abiertamente que su objetivo sólo puede ser alcanzado derrotando por la violencia todo el orden social existente…». Según esto, es la clase proletaria la que lleva a cabo la revolución «por la violencia», y de este modo es ella «la partera de la historia»…

Salazar: Impecable. La cuestión compleja, sin embargo, fue la ten­dencia de los grupos medios (que constituyeron de hecho la mayor parte de los «cuadros políticos» de ambos partidos) a realizar la tarea burguesa (industrialización) y la tarea proletaria (desarrollo social) desde el Estado —puesto que ellos mismos no tenían ni poder burgués ni poder prole­tario—, lo cual llevó a las dirigencias del Partido Socialista y del Partido Comunista (lo mismo ocurrió con el Radical y el Demócrata Cristiano) a actuar como vanguardias intraestatales, y a considerar de hecho a la clase trabajadora como masa seguidora. En ese contexto, la tesis de que la «clase» proletaria es la vanguardia de la revolución era una mera abstrac­ción, casi una mentira. La competencia entre los dos partidos marxistas por quién era el «más proletario» constituía, en el fondo, la disputa por quién tenía la mayor base electoral para mantener su supuesto vanguar­dismo sociopolítico dentro del Estado. Y fue tal vez por eso que, después del tanquetazo, se hizo necesario «pasar de la política a otros medios» (es decir a la violencia revolucionaria de que hablaba Marx en su Manifies­to). Las masas seguidoras de la Unidad Popular demostraron ser bastante partidarias de pasar de inmediato a la violencia revolucionaria, mientras las vanguardias instaladas en el Palacio de Gobierno optaron por mante­ner la legalidad… de «su» poder…

Altamirano: A decir verdad, sólo una mirada profunda a la histo­ria de Chile permite revisar críticamente, en forma adecuada, las tesis dogmatizadas del marxismo… Una operación compleja y difícil, pero necesaria.

Salazar: «Correcto»… como diría un militante disciplinado de alguna vanguardia de antaño…

c) Socialismo chileno

Altamirano: Quería que conversáramos un poco sobre el problema del «socialismo», tal como lo entienden o lo practican en Chile los «so­cialistas», porque acabo de concurrir a una reunión, a una especie de cónclave, donde estaban Carlos Ominami, Jorge Arrate, Gonzalo Mart­ner y yo. La idea era conversar sobre cuál es o podría ser el porvenir del socialismo. Ellos, como militantes activos que están a la expectativa de las futuras elecciones, se vieron allí bastante más calmados que yo. De manera que no hicieron afirmaciones tan rotundas como las mías. Yo, como tú sabes, con mis conclusiones de que las grandes tesis dogma­tizadas del marxismo, incluso del socialismo utópico de la mitad del siglo XIX, hoy día no tienen vigencia. Que no sirven para conducir las inquietudes del mundo actual.

Salazar: No me digas que esos señores defendieron la ortodoxia mar­xista-leninista y criticaron tu reflexión crítica…

Altamirano: Bueno, en general, Arrate está más o menos de acuerdo conmigo. Él tiene una posición muy crítica frente a la dirección actual del partido. Allí hizo varios planteamientos que me parecieron muy ati­nados. Lo central, dijo él, es que «un partido político es, en general, un proyecto político. Y donde no hay proyecto, no hay partido, o no tiene importancia ese partido. Y en este minuto el Partido Socialista no tiene un proyecto, salvo el que le ha fijado Camilo Escalona, que no es más que el reflejo incondicional del Gobierno de la Presidenta Bachelet». Y eso, claro, no es un proyecto político de partido, pues resulta que el Gobierno de la Presidenta sigue las pautas marcadas por Andrés Velasco, y éste se mueve claramente en la lógica neoliberal… No se ahondó en la reunión los temas de fondo, no se habló de cuál es la filosofía actual del partido, de cuáles son sus utopías nuevas, qué realidades están marcando nuestra época, que no corresponden plenamente a la época en que vivía Marx; por qué el materialismo histórico posible para hoy debe superar al marxismo del siglo XIX y a todas las variantes leninistas o estalinistas. Ellos, mis correligionarios, no tocaron esos temas. Entre otras cosas por­que, de referirse a esos temas en profundidad, complicarían la situación con las bases más tradicionales del partido, que no abandonan del todo el viejo marxismo-leninismo. No entraron, diría yo, al área chica del problema. La mía es una crítica, llamémosla «estratégica», de fondo, como para ser discutida en un Congreso General del partido con todas sus bases. Y bueno, yo soy socialista pero no un militante con cargos en el partido ni con representatividades ciudadanas. Ellos están en la polí­tica cotidiana, pública…

Salazar: Siguen la corriente de las cosas, la inercia política del modelo neoliberal. Giran en ese remolino y no sacan la cabeza sobre el marasmo para mirar lejos y atender a la dirección histórica de los procesos…

Altamirano: Pienso que no habrá una renovación profunda en el Partido Socialista, como no sea ciertas tímidas propuestas sobre previ­sión social, sindicalismo o jubilaciones (lo más probable es esto último). Nada sobre ecología profunda, nada sobre el rol estratégico de la mujer, nada sobre una utopía socialista actualizada a los tiempos que corre­mos… Justo en los temas cruciales, este Partido de hoy no se pronun­cia… No se atreve a plantear nada que pueda implicar una ruptura con la Democracia Cristiana. Y la Democracia Cristiana ha tenido una fuer­te caída; día a día pierde potencia política y se sume en el desconcierto interno. La misma derecha no está mucho mejor. Carece de cohesión política total. Tienen disputas, o sea, la política chilena está incierta… Si la superestructura no se derrumba por falta de alma es porque todos coinciden en mantener los equilibrios económicos y al Banco Central marcando neoliberalismo puro, porque para todos es fundamental rezar todos los días el credo del Consenso neoliberal de Washington…

Salazar: Bueno, ésa es la esencia de la política liberal de todos los tiem­pos: poner permanentemente los ojos en los sacrosantos «equilibrios de mercado», porque de esos equilibrios depende todo… ¡Todo! Es como estar mirando día a día, hora tras hora, hacia el cielo, hacia las nubes, a la espera de lo que diga Yahvé… el Dios Padre… Y esto es pura «fe», no es razón, ni conciencia histórica, ni voluntad social, ni soberanía. No es, por tanto, en sentido estricto, política. Por eso, pienso, desde que el Partido Socialista y la Democracia Cristiana optaron por creer en el mercado y en el modelo neoliberal, abandonaron su conciencia histórica, su voluntad social, su sentido profundo de la política. Renunciaron a su pasado, por el cual habían sido conocidos y valorados por la masa electoral de antaño. ¿Dónde está ahora Jacques Maritain o Eduard Mounier, o siquiera Juan XXIII? ¿Dónde está la «opción preferencial por los pobres»? ¿Y el mate­rialismo histórico entendido como reflexión crítica permanente?… Es por esta involución «religiosa» que los ministros de Hacienda se han conver­tido en los sumos sacerdotes de la política. Son los «iluminados». Todos dependemos de los rayos de luz que broten de sus dedos… Y claro, mien­tras practiquen bien la política «de Hacienda», todo es fortaleza, nada es debilidad, y en la tranquilidad de semejante fe —que se complementa con farandulescas apariciones en TV e incursiones populistas por las calles y las ferias para conquistar el voto ciudadano— hasta se pueden permitir el lujo socarrón de decir que ellos todavía son… ¡marxistas-leninistas!… Tal vez esperan conseguir, por esta vía farisaica, algún tipo de «devoción» de las bases, pero el grueso de la ciudadanía, que vive una realidad dura y esquiva, prefiere apoyar con su voto a «rostros» alternativos, o a díscolos de ocasión. Aureolas menos complacientes… Por eso, creo, los políticos actuales se equilibran con dificultad sobre el terreno movedizo de lo que, alguna vez, el sociólogo Javier Martínez llamó (cuando era crítico): «el voto mutante». Y si no saben que el voto ciudadano en el mundo neolibe­ral es mutante… pronto lo sabrán, en la elección menos pensada…

Altamirano: Y eso genera, entre los partidos, permutas y conmuta­ciones. Porque claro, al final, todos son iguales. Si tú vas por un partido y te encuentras sin darte cuenta cabildeando en medio de otro, no im­porta: es el «consenso»…

Salazar: O la reconciliación…

Altamirano: Sí, porque si tú cambias la sigla DC y pones PS, es igual. O si, en el plano estricto de la macroeconomía, tú pones Concertación y cambias por Alianza por Chile, es igual también. La ecuación neoliberal es, en la izquierda y en la derecha, la misma. Desde el punto de vista de la diferenciación y el debate políticos, esa ecuación es siempre igual a cero. Por eso algunos gordos, como Flores y Schaulsohn, si marcan izquierda, giran en redondo y se encuentran en la derecha… Y al final, digan lo que digan, todos los políticos viven de sus cargos en el Estado.

Si no ¿por qué tanto interés por controlar el Gobierno?… Si ellos perdie­ran sus cargos públicos ¿qué harían?… No voy a dar nombres de amigos, pero muchos de ellos, si salieran del Estado, no sé qué harían, porque no tienen muchos saberes ni muchos conocimientos ni muchas capaci­dades profesionales privadas… Los políticos neoliberales pontifican el mercado, pero muchos viven del Estado, entonces el problema para ellos es muy serio si pierden el Gobierno…

Salazar: Creo que tienes mucha razón… Y esto nos pone en el centro de un problema «teórico» de fondo. Porque el neoliberalismo, si tanto confía en las virtudes automáticas del mercado, ¿qué necesidad tiene de luchar con uñas, dientes y muelas por el control del Estado? ¿Por qué El Mercurio entero está, día por día, enfocando sus ojos analíticamen­te sobre el comportamiento del Estado? ¿Por qué hace tanta campaña por los políticos de derecha —creyentes, se supone, del mercado— para que conquisten el Estado? Es curioso que cuando el mercado estornuda, todos los neoliberales vuelven sus rostros angustiados hacia el Estado, tanto más si se trata de una crisis como las que el mercado mostró en 1930 ó 2008, pues, en estos casos, se vuelven pordioseros de una dádi­va estatal… La política neoliberal, en un sentido «ideológico», es una categórica negación de «lo» político, pero en un sentido «pragmático» —para necesidades de salvataje y/o interés por ganancias extraeconómi­cas— es una afirmación de la política en grado vicioso, tanto, que gene­ra una curiosa adicción que puede durar décadas y aun siglos… Atacan los negocios públicos como lo haría un empresario cualquiera: con la atención puesta en el monto de su ganancia privada o sectorial… ¿No es eso? Ahora, lo curioso de todo esto es que haya socialistas que debieran creer en el Estado, pero trabajan para el mercado y, debiendo vivir del mercado, viven del Estado…

Altamirano: Todo está revuelto, todo. Si hay correligionarios que diri­gen transnacionales, como si nada. Se mueven a lo largo de esos hilos se­miinvisibles que unen el Estado y el mercado. Todos usan de los mismos hilos para pasarse de un lado a otro. Por eso es que, fuera del hemiciclo, son todos amigos. Los más inteligentes van por esos hilos yendo y vinien­do, tejiendo y destejiendo, como arañas virtuales. Hasta que de repente se bajan por ahí y aparecen como millonarios, vestidos con trajes Arma­ni, viajando por el mundo, almorzando en Borde Río, veraneando en Cachagua… De repente, la ausencia de fronteras en lo ideológico y en la comunidad global de los grandes intereses se refleja también en el eclipse de otra clase de fronteras… A las cuales no quiero referirme… Varios de ellos fueron seminaristas… Hay partidos que se han convertido en cardú­menes de anguilas, que se deslizan por las redes amistosas con una habili­dad simiesca, arreglándoselas para flotar siempre en la red superior…

Salazar: No es necesario que des nombres: conozco el «partido» al que te refieres…

Altamirano: Bueno, yo hablo con nombres y apellidos… Eres tú, como editor de este libro, el que tendrá que decidir lo que va y lo que no va… Es contra ti que van a cargar los críticos…

Salazar: Cierto, pero mi tarea más personal es conseguir que los lec­tores puedan leer cómodamente, también, entre líneas

Altamirano: Pero ése es el arte del escritor más que del historiador…

Salazar: Cierto también, pero tú lo dijiste antes: aquí no soy ni exac­tamente escritor ni exactamente historiador, sino editor

Altamirano: Bueno, bueno, el punto es que hay «hombres públicos» que alcanzan un gran prestigio por los cargos oficiales que ocupan o han ocupado, mientras a la vez llenan sus bolsillos con muy buen dinero… Muchos de estos señores vienen de la tradición católica. Prestigio y pla­ta: es lo ideal para alcanzar el Cielo… desde las alturas de la Tierra… Los políticos que no logran tener un gran prestigio general (porque van por ahí cargados de acusaciones y caricaturas que les cuelgan sus opositores) ni logran llenar sus bolsillos hasta el tope son, por lo común, o socialistas verdaderos, radicales de otra época o comunistas hasta el fin…

Salazar: Ni se van al cielo ni alcanzan la gloria en este mundo. Ni la gran fama ni el gran dinero… pero son los «bienaventurados del espí­ritu»… Son los que pululan todo el tiempo en el «estado llano», que es donde anida y florece el pensamiento crítico. Pero, claro, aquí también hay premio y castigo: si no piensas históricamente, andas por ahí como un zombie: llevado para allá y para acá por las añoranzas del pasado (que no tienen ya vigencia histórica), vagando como un estéril «nómade del presente». Pero si piensas, o intentas mantener viva la llama del pensa­miento crítico…

Altamirano: … como nosotros…

Salazar: Te ganarás… el Cielo de la conciencia revolucionaria, o el Infierno del materialismo del mercado y del Estado…

Altamirano: Crimen y castigo. Como nosotros: prisión, fuga, exi­lio… O como otros: prisión, tortura, muerte. O si no, marginalidad, aislamiento, desdén… Varios de mis amigos socialistas son hombres sensibles, inteligentes, simpáticos, pero se las arreglan para que todos ellos se instalen amigablemente en los puestos relevantes del Estado. Y varios, también, en los del mercado. Entre todos mantienen una red de amistades e intereses, donde los intereses motivan las amistades y las amistades sirven a sus intereses. Son factores que se potencian mu­tuamente. Es decir, ya no queda nada del Partido Socialista de antaño, nada de lo que fue el pensamiento y la organización socialista. Nada de sus cursos de «formación política», donde el marxismo constituía una disciplina medular. Nada de esos núcleos de partido que estaban ligados al barrio, a la clase trabajadora o de clase media. Hay dos o tres núcleos que funcionan, pero el resto, no. Así que es un partido de clientela di­fusa, que maneja su base electoral a distancia, mediada por imágenes virtuales que se proyectan a través de los medios…

Salazar: Es lo que los gringos llaman un catch all party, o sea, un partido que está volcado a agarrar votos por cualquier medio, por seducción ins­tantánea, por rostro y perfil, por simpatías varias, no por contenidos…

Altamirano: Es lo que le pasa también al PPD, y también, por lo que yo le oigo a algunos amigos, a la DC. De modo que cuando las redes de amistad-intereses disminuyen su rentabilidad neta, los partidos se desintegran por los bordes. O por el medio. Es lo que le está pasando incluso al PS. Y no es menos lo que le está pasando a los partidos de la derecha, sólo que en ellos es natural: está en su ADN. Pero el conjunto de todo esto es penoso: hay elementos flotantes y remolinos por todas partes, nada parece caminar unido hacia un punto definido…

Salazar: Sólo la existencia misma del Estado, como hecho ontológico, parece atraerlos hacia un objeto común. Y común no sólo porque todos van en esa dirección, sino porque, una vez que se instalen en él, van a hacer lo mismo que el otro, cualquiera sea el que gane la elección…

El Estado es «compartido» como objetivo coyuntural de todos, pero, estando ya en él, se separan y antagonizan, sobre todo cuando suena la campanita que permite la «repartición» de los cargos… Cuando se inicia la «repartija», se separan y compiten entre sí…

Altamirano: Alcanzado el «poder», se reparten las prebendas de modo desigual (los paniaguados al Gobierno, los otros, a la oposición), para luego aplicar la misma receta común: el decálogo neoliberal del Consenso de Washington. Porque, a final de cuentas, a través de esa re­ceta única, quien gobierna es Estados Unidos. Quienquiera que sea Pre­sidente, todos tienen que someterse al mismo mandato: «Mire, señor, si usted quiere recibir inversiones tiene que someterse a un estricto equi­librio presupuestario, privilegiar económicamente a la empresa privada, suprimir los aranceles aduaneros, reprimir toda agitación ciudadana y, sobre todo, disminuir o mantener a raya el gasto social», etc. La política se genera de arriba para abajo y de afuera hacia adentro, de modo que el rol histórico de los partidos políticos, en este minuto, ha pasado a ser ab­solutamente superfluo y prescindible. Si se disolvieran —creo que sería lo mejor— no pasaría nada terrible, más bien al contrario: el Presidente de la República podría designar a sus ministros y equipos de trabajo con mucha mayor libertad, y ejecutar el programa que prometió a la ciuda­danía sin interferencia alguna de las redes de amigos…

Salazar: Con este panorama es difícil imaginar cómo construir un nuevo socialismo o una nueva izquierda…

Altamirano: Es muy difícil… Si los socialistas chilenos ni siquiera han hecho gala de espíritu nacionalista… ¿Has visto cómo han dejado que el capital extranjero se apodere de nuestras grandes minas de cobre, que ese capital produzca tanto o más que Codelco pagando sólo un miserable royalty? Un conspicuo dirigente socialista se opuso terminan­temente a que la minera estatal comprara una mina riquísima que estaba en condiciones de ser explotada, aduciendo un pretexto más ideológico que legal. El fundamentalismo de mercado ha borrado en ellos hasta ese sello tan simbólico de antaño: «made in Chile»…

Salazar: Estamos como en los tiempos del salitre y del parlamentaris­mo, cuando todos los chilenos (incluidos los mismos parlamentarios de entonces) vivíamos de la renta salitrera, y cuando los políticos insistían, sin embargo, en que la producción de nitratos, los ferrocarriles del ni­trato, el embarque de los nitratos y la comercialización de los nitratos tenían que gestionarlas compañías extranjeras… ¡Todo por respeto a los principios del libre comercio! Por eso, en ese tiempo, el socialismo no brotó del interior del Congreso Nacional ni del meollo de la política parlamentaria, sino de la clase popular, de las sociedades mutuales, de los estudiantes, de la calle…

Altamirano: Démosle tiempo al tiempo… Pues, así como surgió el PPD o la UDI, o los movimientos populares que hoy apoyan a Evo Morales o a Chávez, así también podría surgir en Chile, en un momento dado, un movimiento social capaz de refundar la izquierda y el socialismo… Todo desaparece con el tiempo (como el APRA o las guerrillas revolucionarias del Cono Sur), pero todo aparece también con el tiempo… Y lo nuevo puede venir de cualquier lado. Por eso yo me atrevo a decir, don Gabriel, que mucho más socialista que los socialistas chilenos tipo Camilo Esca­lona, fue, por ejemplo, el cura Hurtado. De repente aparecen verdaderos socialistas en cualquier lado, y no entre los que juran ante los micrófonos su «acendrada» militancia socialista. A mí me carga el catolicismo como institución, pero reconozco que hay católicos que, como personas, encar­nan mejor que nadie nuestros ideales. Uno de ésos fue el cura Hurtado, que por ser quien era fue atacado salvajemente por El Mercurio y por otros voceros de la derecha y de la misma Iglesia… los mismos que hoy corren para subirlo a los altares… ¿Y por qué tienen al cura Puga arrinconado en la frontera sur de Chile, allá, en el confín, casi cayéndose al agua? ¿No es acaso porque es un verdadero socialista? Tal vez en medio siglo más van a correr para llevarlo también al altar, porque creen más en los altares que en la vida solidaria con los demás… Por eso, en el Partido Socialista no hay un solo tipo del valor humano, del valor moral, del valor político del cura Puga, ni del cura Hurtado. «Socialistas» como estos dos ya no se encuentra en los partidos políticos laicos, porque los partidos políticos de izquierda se han sumado a la conspicua feligresía del lucro… La prueba de esto es que cuando se discutió el problema del lucro en relación con la educación, todos estuvieron de acuerdo en que no se podía prohibir el lucro en las universidades… ¡en la educación superior! Y de acuerdo están también para condenar el ecologismo de Tompkins, porque inter­fiere con la lógica del lucro… Como tú ves, todo está amarrado, enredado y pervertido… Así que, por razones históricas y por la realidad que veo en el socialismo chileno, no creo mucho ni en las tesis dogmatizadas del marxismo ni en la vida pragmática del socialismo chileno real… Ni creo en que la infraestructura determine a la superestructura… Creo más bien en que es necesario cambiar primero la superestructura de la sociedad, y después vamos viendo… Pero de todo esto tengo bastante problema en decirlo y afirmarlo…

Salazar: Veo también que los socialistas chilenos reales están girando y girando en un mar de contradicciones, mientras las viejas tesis del marxismo —que antes adoraban con tanta fiereza— yacen naufragadas en el fondo… Cuando el mundo evoluciona arrastrado por un capita­lismo más metamorfoseado que nunca… no nos queda otra alternativa, Carlos —como ya dijimos—, que sacar nuestras lupas, escrutar con ojo clínico la realidad en su anverso y su reverso, sistematizar nuestra memo­ria, aguzar la mirada histórica y creer mucho más en nuestra capacidad de autonomía y reflexión que en los cantos de sirena de los que marchan «sin transar» en la procesión adoradora del becerro mercantil… Cada dato de la nueva realidad debería despertar nuestra sospecha y nuestro instinto detectivesco… la descentralización del Estado… la subcontrata­ción de la política… el nuevo contrato laboral… los créditos de consu­mo… el sector informal… el capital financiero… la nueva plusvalía… el uso especulativo de los fondos de pensión…

Altamirano: … que son puros inventos y mentiras del mismo y viejo capitalismo depredador, que los economistas de derecha gozan poniéndo­les nombres nuevos, palabritas derivadas del inglés, confundiendo a medio mundo. Como eso de «empresas de trabajadores» (hablando de las seccio­nes que los patrones «externalizan» para explotarlas mejor a través del mer­cado), o, como tú dices, de los «fondos de pensión de la clase trabajadora» que ellos, los especuladores, manejan sonriendo de oreja a oreja…

Salazar: … violando el derecho de propiedad de los trabajadores que cotizan con todo esfuerzo para constituir esos fondos. En tiempos de la UP, la derecha ponía el grito en el cielo para que no tocaran su sagrado derecho a la propiedad, pero ahora, al usar a su antojo los fondos de pensión de los trabajadores, proclaman, con los hechos, que la gestión empresarial es, como poder, más importante que el derecho de propiedad… De hecho, lisa y llanamente han usurpado el uso lucrativo de un capital que es social por origen y destino…

Altamirano: Es un robo. Los trabajadores chilenos han cotizado has­ta sumar miles de millones de dólares…

Salazar: … he leído que los fondos previsionales de las AFP tota­lizan algo más de ciento veinte mil millones de dólares… Una suma increíble…

Altamirano: Imagínate… ¿qué saco yo con ser propietario de miles de millones de dólares si no tengo ni acceso ni manejo de esos fondos? ¿Si no sé en qué se invierten, cómo se reparten las utilidades, qué políticas de inversión y de beneficio se emplean? Me dan un porcentaje X para mi previsión… «¡conténtese con eso, señor, eso es lo que le corresponde!»… Y hasta ahí nomás llega mi propiedad, pues resulta que esos ciento y tanto mil millones de dólares los administran prácticamente tres em­presas, porque, aunque son seis las AFP, tres de ellas controlan el 80 por ciento, y, en estas tres, dieciocho directores deciden qué se hace con las platitas de uno… Y mientras Chile llora el día entero por falta de inver­siones extranjeras, un gran porcentaje de los fondos chilenos de pensión se invierten en el exterior… Ahora la moda es que los capitales chilenos se inviertan en el exterior para obtener utilidades en los mercados espe­culativos, en los juegos de la bolsa. Y critican al Gobierno porque el PIB no aumenta sobre el 4 ó 5 por ciento como en China, cuando son ellos los que se llevan los capitales chilenos al exterior para engrosar el juego especulativo del capital financiero internacional…

Salazar: La plusvalía generada por los trabajadores chilenos termina por diluirse en los vuelos planetarios del «capital golondrina»…

Altamirano: El mercado especulativo se chupa toda la masa de plus­valía y, bueno, así es como nos quedamos sin industrias… Ya no tenemos telas chilenas, ni zapatos chilenos, ni televisores IRT, ni autitos armados en Arica… Todo se importa, hasta la ropa usada. Mucha gente que se dice de clase media se viste con ropa usada, second hand… En Francia, en cambio, todas las empresas productivas, aun las más pequeñas, perma­necen, y reciben el apoyo de todos los franceses. En cualquier barrio de París tú encuentras una demostración de esto, y en una misma calle están todas las tiendas: una fiambrería, una panadería, una peluquería, una carnicería, etc. Aquí los barrios productivos y comerciales están todos embutidos en el Jumbo, o dentro del Alto Las Condes… En Santiago los barrios ya no tienen vida económica propia. En previsión de esto, los franceses prohibieron la construcción de Jumbos, precisamente para preservar la economía local y barrial… Porque en esos barrios se con­centran todas las tradiciones productivas del país: del pan, del queso, de la fiambrería, de los vinos, de los muebles, etc. Lo que llega a ser un problema político, pues, como decía el general De Gaulle: «¿Cómo se puede gobernar un país con cuatrocientas clases de queso?». Esto es lo que hace de Francia la Francia… En cambio, si en Chile se prohibiera la construcción de malls y de grandes supermercados, la derecha se sentiría ofendida: ¿cómo podría vender sin monopolio ni parafernalia los pro­ductos que importaría? ¿Qué sería de los capitalistas del retail?

Salazar: El modelo entero se derrumbaría…

Altamirano: … junto con el principio de que «si es importado es lo mejor». Pero son ellos —con apoyo de los socialistas chilenos— los que mandan aquí. Y es por esto que la tasa de desempleo se mantiene persis­tentemente alta, mientras se pierden las mejores tradiciones productivas y la vida económica del barrio…

Salazar: Muchos pseudosocialistas interpretan el eclipse de la indus­tria nacional y de la vida económica de los barrios como que hemos entrado en la etapa «superior» de la modernidad. Que estamos, más que ningún otro país en América Latina, adaptados a la posmodernidad

Altamirano: Es que la mayoría de nuestros intelectuales se quedan con ese cuento y no estudian la realidad que está fuera del Alto Las Condes o del Jumbo… Nos hablan del postindustrialismo, cuando nunca hemos vivido el verdadero industrialismo. Aquí no se puede hablar de posmodernidad cuando estamos aún en la premoderni­dad… Y los muy frescos, para sentirse industriales, llaman «industria» a cualquier cosa, y hablan de «industria» de la salud, «industria» de la educación, «industria» del turismo, «industria» del espectáculo, «industria» del retail, «industria» de las pensiones, «industria» del… sexo, etc. Cualquier cosa que les llene el bolsillo de plata es, para ellos, «industria». Pero lo que propiamente se llamó en los siglos XIX y XX «industria» (producción de autos, locomotoras, turbinas, televisores, computadores, cohetes espaciales, etc.), aquí, si algo de eso tuvimos antes, no hay prácticamente nada hoy …

Salazar: Son las fuerzas productivas —impulsadas internamente por la innovación tecnológica— las que arrastran al mundo tras de sí. Su desarrollo efectivo es el que ha gobernado y aún gobierna la historia del mundo. Los mercaderes y sus banqueros acólitos —vale decir, lo que en Chile se llama la «industria del retail»— no han hecho otra cosa en la historia del capitalismo mundial que juntar y contar el dinero que produ­cen las fuerzas productivas. Incluso, al hacer de eso un negocio lucrativo independiente, le han provocado graves daños al capitalismo productivo. Pensemos cómo la crisis financiera actual ha paralizado ese desarrollo y reventado, por ejemplo, a la General Motors. Por eso el maestro Marx los llamó «los perversos twin brothers», porque, como los buitres, siempre andan juntos para comerse las presas que «cazan» otros…

Altamirano: Y por eso la clase dirigente chilena no dirige nada, porque no «produce» nada. Es una clase dirigente dirigida desde el exterior. Es desde fuera que le dicen: «Mire, usted me va a privatizar todas las empresas estatales que se crearon antes de 1973». Y va y lo hace. Y si desde fuera le dicen: «Entrégueme al capital extranjero el control empresarial de las AFP», va y lo hace. Y si le soplan: «No deje que el Banco del Estado ponga una AFP propia», corre a paralizar el proyecto respectivo. Y lo mismo pasa en materia educacional, porque de hecho acepta el principio de que es el lucro y la «industria educa­tiva» los que producen educación de excelencia, y nadie más. El lucro ha reemplazado el principio ético del «servicio público». Todo sirve para lucrar. Las enfermedades sirven hoy para lucrar. La formación de los niños sirve para lucrar. La previsión de los trabajadores sirve para lucrar… Por eso el lucro puro, desnudo y simple ha absorbido en sus fauces, por completo, el viejo y honesto concepto de «industria»… Todas las exigencias, banderas y dogmas impuestos por el neolibera­lismo se han aplicado con extraordinario rigor en Chile, al punto de que —pienso, conociendo algo la situación de otros países de la esfera occidental— no hay ningún país en el mundo que haya aplicado de manera tan extrema y total los dogmas neoliberales como Chile. Y por esto aparecemos como ejemplo —siendo un país pequeño, sin verdadera relevancia mundial— en todo lo que se refiera a economía de mercado. ¡Somos campeones en este rubro! ¡Y el socialismo chileno es campeón mundial de neoliberalismo!…

Salazar: Con el agregado de que, si es el socialismo chileno el que ha contribuido a convertir a Chile en campeón mundial de neoliberalismo (razón por la que lo han invitado a formar parte de la OCDE), entonces el modelo neoliberal se prestigia hacia fuera y hacia dentro, porque tam­bién es democrático, y hasta un poquito populista… Y así como China ayuda a sostener la economía norteamericana, así también el socialismo y el democratismo chilenos sostienen el prestigio y la estabilidad polí­ticas del neoliberalismo. La derecha, sentada en un sillón, contempla satisfecha y socarrona la eficiencia de sus croupiers, que le apilan el dine­ro para sus bolsillos, pero los empresarios no son tan neoliberales como para no ser monopolistas. Como para no llenarse los bolsillos de una manera grosera, mientras mantienen los salarios a niveles ridículos y el empleo general precarizado. Practican un cinismo desvergonzado. Lo mismo hace Estados Unidos e incluso la Unión Europea: que los demás sean neoliberales, porque ellos pueden ser todavía proteccionistas…

Altamirano: Todo es cinismo. Todos son mentirosos. Estados Uni­dos mantiene un régimen arancelario protector y presupuestos fiscales horrorosamente deficitarios, pero le exige al mundo (incauto) exacta­mente lo contrario. Pero Chile es famoso porque su Estado tiene un presupuesto restringido, fruncido, insolidario. Mientras el Estado nor­teamericano, su patrón, se endeuda en sumas estratosféricas para salvar a los bancos…

Salazar: En realidad, nuestros Gobiernos son obedientes hasta la es­tupidez…

Altamirano: Es la palabra exacta: «obedientes». Y lo que es más triste: el capitalismo goza de buena salud por la estupidez china de apoyar a Estados Unidos y la estupidez socialista de apoyar el modelo neoliberal chileno…

Salazar: Si la derecha no denuncia nuestra estupidez, por lo menos debería reconocer nuestro apoyo… Claro que, si la denunciara —o la reconociéramos—, o ella se hundiría en una crisis total, o nosotros nos convertiríamos en revolucionarios…

Altamirano: Quizás. En todo caso estamos creciendo a tasas muy ba­jas. Si no fuera por el cobre, estaríamos muy mal. Campeones de neoli­beralismo y todo, estamos viviendo como siempre: como una economía monoexportadora, igual que antes con el salitre. En este aspecto, no hemos avanzado nada.

Salazar: Es que siempre la clase dirigente chilena ha profesado un alma mercantil y por esto no ha tenido ni capacidad ni voluntad para construir un sector industrial. Sólo ha producido y exportado productos primarios, explotando una mano de obra abaratada por ellos mismos. Por eso han dependido siempre de las importaciones y proclamado a todos los vientos que el librecambismo es la única vía para el desarrollo de Chile… Lo que hizo Pinochet fue reponer ese librecambismo, que, entre 1938 y 1973, estuvo a mal traer… Lo increíble es que en Chile se siga teniendo una fe de carbonero en la economía privada (se cree a pie juntillas que es el gran fundamento del mercado), mientras en todo el mundo esa economía está mordiendo el polvo…

Altamirano: Sí, porque la crisis hipotecaria en Estados Unidos nada tie­ne que ver con el Estado norteamericano ni con los otros Estados del mun­do. Se debe, exclusivamente, a gravísimos errores perpetrados por la banca privada y punto. Además, hay que considerar que el Estado norteameri­cano subvenciona de manera subterránea a toda su maquinaria industrial, sobre todo a través del presupuesto militar. Y son cientos de miles de millo­nes de dólares que no sólo están destinados a producir armas, sino también a descubrir nuevas tecnologías, que se traspasan a la empresa privada. La tecnología nuclear es toda estatal. Los internets son todos de la revolución comunicacional, en la que el 60 ó 70 por ciento de ellos se deben al Estado norteamericano… Pero en Chile, El Mercurio sigue criticando al Estado por todo y ensalzando al empresariado chileno por… nada. Y nadie hace una cuestión conceptual, política, de los múltiples abusos que cometen las Isapres (privadas, por cierto) con su sufrida clientela…

Salazar: Lo mismo ocurre en la «industria» de la educación. Leí ayer una crónica que dice que la Contraloría General de la República des­cubrió que había doscientas setenta mil duplicaciones de matrícula en la enseñanza subvencionada, que es la triquiñuela que usan los «soste­nedores» para multiplicar el lucro que obtienen «formando» niños… Y en esto hay doscientos mil millones de pesos comprometidos… Sólo en Santiago se detectaron 47 mil duplicaciones… Pero no: nuestros diri­gentes siguen insistiendo en que la iniciativa privada siempre es mejor, más honesta y eficiente que la estatal…

Altamirano: Es en esto donde se echa de menos un periodismo pun­zante, crítico, audaz. No tenemos una prensa mínimamente objetiva. Hasta en Estados Unidos hay más diarios críticos que aquí. Hasta la re­vista The Economist, que es neoliberal, es más crítica que, por ejemplo, La Tercera o el Qué Pasa. Y esto es grave, porque si los empresarios y la derecha defienden sus bancos, sus fundos, sus minas, sus universidades, sus supermercados, etc.; o sea: sus bienes materiales, nosotros, los de la izquierda, defendemos ideas, derechos, utopías; o sea: nada que pueda ser comprado o transado en el mercado. Nada que pueda ser confiscado… Pero muchos de nuestros prohombres están ahora defendiendo intere­ses… de la derecha. Ahí están, por ejemplo, los Zaldívar, defendiendo los intereses de Angelini en la pesca; los Estévez defendiendo los intereses de Luksic en el Banco del Estado… y así. Por eso, si dicen que son políticos que defienden valores, principios éticos, solidaridades… mienten.

Salazar: Lo curioso de eso es que el que no miente es el Cuerpo B de El Mercurio (el de Economía y Negocios), porque su función es informar de intereses reales y, por tanto, no puede mentir. Allí uno encuentra el «lado B» de muchos que dicen que sólo tienen un modesto «lado A»…

Altamirano: … Claro, porque El Mercurio reproduce la información recogida en todos los grandes periódicos y revistas que sirven al gran capital en todo el mundo, sobre todo del Wall Street Journal y del The Economist, que no se atreven a mentirle a los multimillonarios…

Salazar: No mienten, tal vez, pero igual se equivocaron todos en pre­decir la crisis. Es que, aunque esos periódicos son honestos en materia de dinero, son ciegos en materia de historia… Éste es su «lado B», por el que se mienten a sí mismos…

Altamirano: Por ejemplo, aquí leía lo que dijo un ministro hindú: «Miren señores, no pretendan que nosotros dejemos de proteger nuestra naciente industria de alimentos, de automóviles, de electrónica…». Y los chinos dicen lo mismo respecto de sus fábricas de camiones y automóvi­les. Son declaraciones desafiantes contra el neoliberalismo y contra Esta­dos Unidos, pero las publican los diarios yanquis y europeos, y el Cuerpo B de El Mercurio, leal, también lo publica. No miente a este respecto…

Salazar: Pero nuestros políticos demócratas y socialistas parece que no leen el Cuerpo B del «decano», sino, sólo, el A y el C (que son los que mienten todos los días). Porque si leyeran lo que tú has leído ahora, tal vez podrían pensar: «Es posible que los políticos de la India y de China tengan razón…». Pero ni leen ni entran en razón…

Altamirano: ¡Qué van a leer lo que no les conviene! Si entraran en razón, tendríamos un tren decente, último modelo, hasta Puerto Montt. Tendríamos dos aeropuertos internacionales en Santiago. Tendríamos un sector industrial mediano, pero con gran capacidad de empleo. Ten­dríamos un sistema de educación y un sistema de salud estatales gra­tuitos y eficientes, como en Francia… Pero, no. ¡No! Los principios neoliberales, la obediencia a Washington y el respeto a los tratados de librecomercio están primero que nada. En todo… Y nuestros compa­ñeros socialistas allí, solícitos, vigilando que ninguno de esos principios sea quebrantado…

Salazar: Están de hecho tan identificados con las leyes del mercado que, prácticamente, no se les puede considerar como un grupo distinto a los personeros de la derecha. Por ejemplo, ¿por qué crees tú que tanta gente de derecha, tantos empresarios y tantos altos mandos militares asistieron al lanzamiento del libro de Ernesto Ottone?

Altamirano: Ottone, como hombre clave del segundo piso del Presi­dente Ricardo Lagos, era el primero de los asesores y el que más tuvo que ver, entre otras cosas, con los militares, porque se le encomendó que se conectara con ese mundo, que socializara con los militares y viera cuáles eran sus inquietudes, sus aspiraciones, intereses, etc. Así que él tuvo con­tactos, por orden presidencial, con varios altos oficiales… ¿Cuáles? No te sé decir, pero fueron bastantes. Y la tarea que se le dio no era para pelearse con esos militares, sino al revés, de modo que terminó conectado a una red de amigos con uniforme… Por eso estimo que fueron al lanzamiento. Ahora, que fuera gente de derecha… Es por lo que estamos conversando. Porque hoy está todo revuelto y predomina la incertidumbre… Por eso, debiendo ser nacionalista, nuestra clase política practica el internaciona­lismo… En el pasado, Chile conquistó —mejor dicho, los rotos chilenos conquistaron— el norte salitrero y el norte cuprífero. ¿Qué hicieron los empresarios con esa gigantesca riqueza?… Que los ingleses cosecharan las ganancias del salitre y los yanquis las del cobre. Y ahora, las nuevas mi­nas de cobre las explotan los australianos, los canadienses… si hasta los chinos podrían explotar aquí mismo lo que es nuestro. Y El Mercurio trae todos los días una ácida crítica a Codelco, porque es chilena, o estatal… Durante toda la historia el empresariado chileno ha demostrado ser un servil agente de los intereses extranjeros… ¿y quién le pone el cascabel al gato? Así que yo no sé… no veo que vaya a surgir un movimiento político capaz de hacer una crítica a los «capitalistas» chilenos por su falta de na­cionalismo y su escasa capacidad empresarial. Si hoy día vivimos rogan­do que lleguen inversiones extranjeras y no es porque falte el capital… Basta recordar el enorme capital que los trabajadores tienen empozado en las AFP… Lo que pasa es que los empresarios necesitan la inversión en tanto viene atada a la tecnología y a la capacidad de gestión que ellos son incapaces de generar o de ejercer. Su incapacidad congénita les obliga a importar capacidades ajenas, porque lo que es plata… los trabajadores se la producen por miles de millones, y a bajo costo…

Salazar: Saben generar «plusvalía» explotando el trabajo y el consumo, en directo y en indirecto, pero nunca han sabido generar ni tecnología ni auténtico «capital». Por eso se enriquecen acumulando «puro» dinero, se vuelven millonarios (tenemos como diez potentados entre los cien más ricos del mundo, según la revista Fortune), pero ni acumulan capi­tal, ni son verdaderos capitalistas, ni desarrollan realmente el país. Pues no basta con generar grandes masas de plusvalía para generar verdadero capital, ya que no son lo mismo ni hay una correspondencia económi­ca proporcional y directa entre ambos. Allí intermedia, de modo fun­damental, el desarrollo tecnológico de las fuerzas productivas. Pero en Chile los empresarios se han limitado a estrujar las fuerzas productivas, debilitándolas mientras ellos se convierten en millonarios y en supuestos socios paritarios de los capitalistas del mundo. Pero un millonario de ese tipo no es, técnicamente, un verdadero empresario capitalista. Los cerros de monedas de oro que Rico Mc Pato remueve en sus bóvedas con una pala mecánica no son «capital», sino dinero productivamente inerte. Estéril. Los millonarios chilenos, en su ilusión, creen que están al mismo nivel, por ejemplo, de un Bill Gates: en la etapa tecnológica postindustrial, sin considerar que la mayoría de los chilenos se debate en empleos precarios de tipo preindustrial, propios de la premoderni­dad… Este orgullo falso de los millonarios chilenos tiene su correlato, lamentablemente, en aquellos sociólogos, economistas, filósofos y hasta educadores que creen también en el cuento de hadas de que Chile ya se encuentra viviendo en la etapa postindustrial, en la posmodernidad, razón por la que son invitados a exponer sus ideas en las columnas de El Mercurio o en la TV abierta, dado que eso confirma las bondades del modelo neoliberal. Son estos intelectuales los que han contribuido —y no poco— a legitimar el modelo vigente y, de rebote, también la dicta­dura de Pinochet… Por tanto, nuestra conversación, Carlos, no sólo va contra el modelo, los ministros de Hacienda, los políticos y los militares, sino también contra la élite intelectual de este país…

Altamirano: Estoy convencido de que la pega que tenemos es muy grande para ti y para mí… a menos que nos sumemos todos…

d) El problema ecológico

Salazar: Como quiera que sea, si queremos hacer algo, tenemos que tener puntos de apoyo, algo de suelo firme, «fundamentos». Tú has mencionado dos o tres veces que no se puede ser de izquierda hoy sin in­tentar resolver el problema del grave deterioro que el capitalismo indus­trial ha producido y sigue produciendo en la biósfera de la Tierra, una explotación que, además de la explotación del trabajo, nos ha puesto en el inicio de una catástrofe telúrica de enormes dimensiones. El peligro inminente en que nos encontramos hoy obliga a pensar las relaciones interhumanas, simultáneamente, con nuestras relaciones con la natura­leza. De modo inevitable esto obliga también a pensar el socialismo en esa dimensión… ¿Cómo ves tú este problema?

Altamirano: Creo que sobre esto el nuevo socialismo tiene que dar una respuesta categórica. No podemos sentirnos socialistas y, a la vez, atacar a los que defienden la ecología. Hay varios amigos míos que les ha dado por atacar, por ejemplo, a este pobre Tompkins… Admito que es un tema nuevo para el materialismo histórico. No existía como problema en la época de Marx. Y es curioso que haya sido el propio vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, el que puso el tema, de modo dramático, sobre la mesa… «Una verdad incómoda…» Bien incómoda, en realidad, para moros y cristianos, para socialistas y capitalistas. Y, evidentemente, para El Mercurio no puede ser más incómoda… Y para los que van a construir represas ahí en el río Baker, peor aún. Porque el capitalismo se basa en la tecnología industrial, y ésta no sólo ha cambiado la faz de la Tierra (destruyéndola), sino también el manejo de nuestros propios cuerpos, con su instrumental biotecnológico, con la clonación, etc.

Salazar: Como que estamos en un momento histórico crucial, al bor­de del abismo, en que, de seguir como vamos, podríamos desencadenar desequilibrios naturales y biológicos de impredecible impacto en el esta­do normal de la sociedad humana… Casi tan crucial como ese momen­to (crisis de los misiles en Cuba) en que, si se desencadenaba una guerra nuclear, enfrentaríamos un holocausto apocalíptico. El viejo socialismo revolucionario pretendía cambiar la sociedad dando por sentado que nuestras relaciones con la naturaleza eran normales, obvias, las mismas de siempre. Como que la Tierra y la vida no eran un asunto de Estado. Eran «lo natural»… Pero ahora…

Altamirano: Ahora estamos en otra época, y urge resolver un problema tremendo que antes no era problema. Por eso creo que una de las prime­ras banderas que debe tener una nueva izquierda es mantener o establecer una relación armónica de nuestra civilización con la naturaleza. Y esto implica que el sistema económico —cualquiera sea la forma específica que adopte— tendrá que regular los procesos productivos y comerciales con el objeto de preservar una relación armónica de la humanidad con la natu­raleza y de la humanidad consigo misma. Entonces, como dijo alguna vez Saddam Hussein, vamos a tener que dar «la madre de todas las batallas», que no será la batalla entre el capital industrial y el proletariado industrial, como creyeron Marx y Engels; ni entre el ejército del mundo occidental y los del mundo del socialismo real, como lo creyeran los estrategas del siglo XX; ni entre los terroristas occidentales y los terroristas islámicos, como lo piensa Bush (que derribó y mató a Hussein), sino entre los defensores de un nuevo pacto humanidad-naturaleza (que implica un nuevo pacto de la humanidad consigo misma) contra la furia acumulativa y destructiva del capital… La izquierda deberá ser ante todo ecologista o simplemente no será izquierda, pero para eso deberá ocurrir una profunda «transfor­mación intelectual y moral» (como diría Gramsci), porque la regulación, que será de importancia estratégica, deberá ejercerse en lo general y en lo particular, a nivel mundial, nacional y local. Como también, a nivel de controles personales, porque el afán de lucro, hoy desatado por doquier para incrementar la ganancia o el consumo, es el descontrol puro, el des­enfreno total. La desregulación como modo de vida…

Salazar: O sea: la ceguera total, que es la que permite que los procesos históricos tiranicen la vida social, como si fueran terremotos…

Altamirano: Y por eso mismo no se sabe cómo comenzar a regular y cómo hacerlo eficientemente. El Club de Roma planteó «soluciones» hoy por hoy impracticables, como reducir la producción industrial en seco o disminuir la tasa de natalidad al mínimo. Impracticables ahora porque los intereses capitalistas y la Iglesia Católica se oponen a eso casi histérica­mente. Incluso los ex países comunistas, como Rusia y China, están con­taminando tanto o más que los países capitalistas, porque están todos en una carrera por equiparar sus economías… La reducción de la población, por ejemplo, si ya somos más de seis mil millones de seres humanos y se calcula que a mediados de este siglo seremos ocho mil millones, de qué vale cualquier limitación cuando ya la cifra es gigantesca y nadie ha hecho un estudio acerca de si el planeta resiste la presencia de ocho mil millones de seres humanos armados de maquinarias destructoras de la naturaleza. Es difícil luchar contra estas realidades… ¿habrá que esperar la llegada de las mismas catástrofes? Pero es evidente que, si pasa eso, ya será tarde… Además, habría que cambiar la calidad de los productos que está fabrican­do la industria actual: son todos perecibles y desechables, porque lo que se consume hoy no es la calidad del producto comprado, sino la innovación, lo nuevo. Y por eso todo cambia tan rápido, tanto, que nosotros los viejos no alcanzamos a aprender a manejar los nuevos aparatitos electrónicos. Y todo se bota. Todo se convierte en chatarra. Todo se vuelve polución…

Salazar: Al parecer, un movimiento social verdaderamente ecologista tendría un alcance más revolucionario que el viejo movimiento marxis­ta-leninista, porque éste luchaba por apropiarse de la maquinaria econó­mica del capitalismo, en tanto el nuevo socialismo, si adopta de lleno el ecologismo, deberá luchar, sobre todo, para transformar el capitalismo en su naturaleza intrínseca… no sólo cambiarle el signo de la «propie­dad» de los medios de producción…

Altamirano: Exacto. El ecologismo, tomado en serio, haría del nuevo socialismo una fuerza muchísimo más anticapitalista que el «socialismo real», que terminó por adoptar el capitalismo actual con todas sus lacras. Habría que cambiar la «calidad» de los productos, no sólo para que duren más (como el viejo Modelo T de Henry Ford), sino para que se adapten a un modo de vida distinto… sin ciegos afanes de lucro y sin ciegas adicciones consumistas… Karl Marx, hablando del poder de las fuerzas productivas, consideró progresista el poder de transformación del capitalismo, razón por la que todo lo desvanecía en el aire… Pero nosotros, hoy, no podemos considerar progresista ese poder disolvente, sino al contrario. Estamos obligados a construir poderes convergentes, concurrentes, que unan, que armonicen todo con todo, que globalicen en el sentido virtuoso (ecológico) del término…

Salazar: Y por lo mismo, esos poderes no podrán ser sólo fuerzas con capacidad para atacar y matar, de frente, al monstruo capitalista. El so­cialismo no puede ser solamente un poder de ataque, una espada como la de San Jorge cuando luchaba contra el dragón. Eso pudo ser así cuan­do el capital industrial era ese monstruo que torturaba por doquier a la fuerza de trabajo, cara a cara, a la luz del día. Ahora, que necesitamos transformar el capitalismo sin matarlo, necesitamos preguntarnos cuál es el mejor modo de hacer esta nueva tarea. El ataque frontal (la violencia revolucionaria, como dices tú) no parece el mejor camino. No es, desde luego, un método dialéctico, sino una rectilínea fuerza militar. No trabaja de lleno la naturaleza específica del problema actual. Podemos preguntar­nos alternativamente si, a lo mejor, cambiándonos o revolucionándonos nosotros mismos podemos cambiar la naturaleza del monstruo. Porque, si bien nosotros dependemos de él en términos de empleo y salario (que nos da la vida), él depende mucho más de nosotros en cuanto a nuestras pautas de consumo. Controlamos —no hay que olvidarlo— la demanda. Y de acuerdo a los propios principios neoliberales, de la demanda depende la oferta. La demanda es más fuerte e independiente que la oferta. Por eso los capitalistas han tenido que desarrollar a niveles increíbles la técnica de la propaganda, la virtualidad de las imágenes, la seducción discursiva, el efecto demostración, las insinuaciones del crédito… para manipular, desde arriba, el volumen y la orientación de la demanda. Y en el actual capitalismo, ¡vaya que lo han conseguido!… Pero la demanda depende a su vez —como «poder»— de la fe que tengamos en nuestra propia utopía de vida. Si decidimos vivir de un modo ideal, utópico (por ejemplo, en paz, en sencillez y en solidaridad), esto se traduce inmediatamente en un tipo de demanda que cuadra mal con la filosofía de vida de la oferta (centrada en la competitividad del lucro y el vicio del consumismo). El socialismo «social» —hay que recalcar el adjetivo «social», porque para muchos el socialismo es sólo «estatal»— es, en sí, o debiera ser, ante todo, una utopía social cotidiana, un modo de vida ideal: armónico entre los hombres y armónico con la naturaleza. La revolución socialista, por eso —como dirían las mujeres de la década de los ochenta— comienza por casa

e) Enemigo principal: el neoliberalismo

Altamirano: De todos modos, creo yo, tenemos que mantener el ca­pitalismo actual en una condición de «enemigo». Me parece fundamen­tal definir la utopía de vida como condición de partida del socialismo, pero de todos modos hay que atacar al que nos ha estado explotando, destruyendo y marginando todo este tiempo. Y toda la historia moder­na… A mi parecer el neoliberalismo es hoy y seguirá siendo por bastan­te tiempo más nuestro enemigo principal. Para mí, el nuevo socialismo debe sustentarse, por un lado, en el ecologismo y en el modo de vida que eso implica, y por otro, en la crítica y el desmontaje del capitalis­mo neoliberal… Bueno, cuando hemos conversado sobre el «socialis­mo chileno» hemos estado criticando, en verdad, al «neoliberalismo chileno», con el cual mis ex correligionarios han estado colaborando con tanto entusiasmo…

Salazar: A lo mejor, lo más repelente del neoliberalismo chileno es haber sido capaz de cooptar al Partido Socialista entero…

Altamirano: No me cabe la menor duda… Lo importante es exami­nar cómo está funcionando este tipo de capitalismo, cuáles son sus me­canismos de relojería, dónde está asentado su verdadero poder, quiénes manipulan sus hilos… Porque el retrato que se describe en El capital no corresponde ciento por ciento a lo que estamos viendo y experimentan­do. Lo que yo allí leo no interpreta por completo la experiencia que a este respecto he acumulado en los últimos treinta o cuarenta años de mi vida… Por ejemplo, esas grandes organizaciones estadounidenses que ponen notas a los países y que les indican las políticas que deben aplicar, dónde deben invertir sus fondos soberanos…

Salazar: ¿Te refieres a las consultoras internacionales como Standard & Poor’s, o Moody’s, etc., a las que se conoce también como «clasificado­ras de riesgo»…?

Altamirano: Así creo que las llaman. Ellas no existían en tiempos de Marx, ni en tiempos de Lenin, ni en tiempos de Mao…

Salazar: Que yo sepa, no… Son distintivas del capitalismo actual, y sobre todo del capital financiero, que es su forma hegemónica. Son como empresas privadas —tipo think tank, como se usa decir— que orientan con sus estudios e investigaciones a los «operadores» del capital, seña­lándoles dónde, en qué país del mundo hay menos riesgo para invertir, dónde hay más riesgo, cuándo conviene retirarse de un país, etc. Generan información cartográfica para los vuelos de golondrina del capital finan­ciero. Por eso Peter Drucker escribió que, en la actualidad, el poder radica en la información. Y como ellas estudian en detalle la situación de cada país, clasifican los países en función del «riesgo» que representan para la inversión extranjera (el capital financiero actual siempre es extranjero) y en función de su «capacidad competitiva» en el mercado mundial (ser com­petitivo en el mundo actual es tener bajo riesgo y alta rentabilidad para la inversión extranjera). Por eso, en la medida en que el desarrollo económi­co de los países chicos depende en gran manera de las inversiones de ca­pital extranjero (caso de Chile), las «clasificadoras de riesgo» manejan un poder político «global» superior al de los Estados nacionales (lo que obliga a vaciar gran parte de los poderes estatales). Tienen tanto o más poder que el FMI o el Banco Mundial. Por eso El Mercurio está siempre informando (Cuerpo B) de lo que dicen sobre Chile estas consultoras, y los Gobiernos nacionales prestan más atención a lo que ellas dicen que a lo que puedan decir los catedráticos de la Universidad de Chile, por ejemplo… De he­cho, el eclipse de las burguesías y del capital industrial tiene que ver con el hecho de que el capital hegemónico (financiero) actual es circulante y está compuesto, de una parte, por los fondos de pensión de los trabajadores y los fondos soberanos del Estado (70 por ciento del capital financiero mundial, según Peter Drucker); de otra, por los investigadores que traba­jan en las «clasificadoras de riesgo» y, finalmente, por los operadores que deciden hacia dónde van (o no van) las inversiones de esos fondos… La nueva «burguesía capitalista», pues, es muy distinta a la vieja burguesía in­dustrial: administra dinero ajeno, se orienta según la información propor­cionada por un conjunto de intelectuales a sueldo, e invierte para lucrar según decide otro conjunto de funcionarios a sueldo… Por esta razón, si vamos a llamar a esto «burguesía», es una burguesía bastante inasible… ¿A quién atacar aquí?…

Altamirano: Además de que los nuevos megamillonarios (dentro de los cuales hay rusos, chinos, norteamericanos, árabes, mexicanos y hasta chi­lenos) no son «capitanes de industria» (como Henry Ford, Rockefeller o Dupont de Nemours, de comienzos del siglo XX), sino especuladores que invierten en las agencias que manejan los fondos de pensión y los fondos soberanos… Todo esto es distinto al pasado y, como tú dices, hay que estu­diar estos fenómenos… Pero, sobre todo, debemos emprender una guerra ideológica contra el neoliberalismo. Y esto es muy importante, porque el neoliberalismo se ha encarnado muy profundamente en mucha gente, in­cluso en la que antes era de izquierda… Y creen en eso de que todo lo pri­vado es superior a lo público, que el Estado es, de por sí, nefasto, que hay que reducirlo a la mínima expresión… ojalá que quede reducido a cuatro pacos y diez milicos, no más… Pero claro, si hay cualquier desastre o crisis, el Estado no sólo tiene que ayudar, sino que es el responsable… Todo eso. No son muchas las ideas que sostienen la «doctrina neoliberal», pero de todos modos debemos declararle la guerra ideológica… Porque ¿qué Es­tado está produciendo hoy la actual crisis mundial? Ninguno. Si miramos bien, los Estados están salvando la situación, pero siguen diciendo que la empresa privada es más eficiente… ¿Más eficiente? Mira, si los huevones se metieron a gastar miles de millones de dólares y ahora están todos quebra­dos… Y eso que dicen que en el Estado abunda la corrupción… ¿Y qué es lo que hizo la ENRO, tiempo atrás, y la gigantesca estafa por miles de mi­llones de dólares de la que está confeso un famoso financista de Wall Street en el cual todos confiaban? En Francia han descubierto una organización transnacional que maneja miles de millones de dólares que ha sobornado a media humanidad para construir los metros en diversas capitales del glo­bo… Y aquí tienen al compañero Cruz metido en la cárcel… ¿Y Pinochet, que nunca fue metido en la cárcel pero que se robó diez veces lo que le atri­buyen a Cruz? Y habría que revisar a fondo los procedimientos de Luksic, de Angelini, de Piñera. Así que no vengan con cuentos…

Salazar: En verdad, como tú dices, los «principios» que sostienen la doctrina neoliberal son demasiado pocos… sus hipocresías, en cambio, son demasiado muchas… Los principios se reducen a la idea de que el automatismo del mercado resuelve todos los problemas, satisface todas las necesidades, reduce todos los costos, y siempre sobre la base de la libre iniciativa individual. De acuerdo con esta lógica, no necesitan del Estado… excepto cuando no funcionan los «principios». Como premisa científica, esos principios son extremadamente endebles, tienen una den­sidad teórica mínima, y la historia real se ha encargado de refutarlos una y otra vez; tanto así, que a menudo el Estado ha tenido que convertirse, por necesidad, en un súper Estado: totalitario, socialista, de New Deal, popu­lista, o nacional-desarrollista… (Estado-«nana» lo llaman algunos). Por eso tienen que disimular constantemente sus fracasos, lo que los trans­forma en hipócritas de profesión. Y las hipocresías políticas, en la historia real, sólo pueden sostenerse mediante la fuerza… De ahí que se lo pasan combinando el liberalismo de mercado con un poco de disimulado auto­ritarismo policial o militar, hacia adentro (Ley de Defensa Permanente de la Democracia), o hacia fuera (imperialismo, matonaje, Bush)…

Altamirano: Al principio no eran tan hipócritas. Me refiero a los orígenes del capitalismo moderno. Cuando se produjo la Revolución Industrial (que, en rigor, fue la verdadera «revolución burguesa»), ge­neró simultáneamente un proceso rico en grandes transformaciones en el plano valórico, sociológico, político, social y cultural. El «Siglo de las Luces», indudablemente, sacó su fuerza económica del dinamismo que le dio al mundo el industrialismo… El siglo de la ciencia y el hierro (el XIX) demostró el poder de la civilización respecto de la naturaleza. Al mismo tiempo, potenció al ciudadano común y corriente, al proleta­riado, al pequeño burgués de la gran ciudad… Al hombre masa… En cambio, hoy, las trescientas corporaciones transnacionales que dominan el mercado mundial no han generado ninguna transformación cultu­ral que potencie a la ciudadanía, a la clase obrera, a las clases medias. No estamos viviendo en un siglo de luces, sino, culturalmente, en uno de penumbras. Y las enormes empresas que controlan la producción y comercialización del petróleo (las llamadas «siete hermanitas»), que tienen un poder gigantesco, no son precisamente santas palomas de la paz mundial… La cultura del capitalismo actual es groseramente ma­terialista, crudamente económica, armamentista y atada a una gendar­mería plagada de jets, rockets y bombas de racimo… (cultura de marca «Bush»)… Lucro más consumo: nada más. El impacto desculturizador que produce su barbarie económica en el resto de la sociedad no les preocupa. Disuelven y disuelven, alienan y alienan… para luego fabri­car productos hechos a la medida de los disolutos y los alienados… La mierda cultural que producen es, para ellos, otro jugoso «nicho de mer­cado»… ¡Todo es negocio! Con ello erosionan severamente el alma de la sociedad, la soberanía de los Estados. Las fronteras pasan a ser meras líneas virtuales… La neoburguesía globaliza, diluye todas las fronteras nacionales y morales, políticas y culturales, desintegra los viejos códi­gos conductuales… ¿Qué queda ya del Estado-Nación, la máxima crea­ción política de la época moderna? El neodarwinismo, la ley de la selva, tiende a imponerse por doquier… Nosotros, lamentablemente, somos sólo espectadores pasivos de este grandioso y a la vez perverso escenario económico mundial; grandioso por sus fines, perverso por sus medios; grandioso por el intento de crear una sociedad planetaria, perverso por­que los medios que utiliza diluyen los Estados pequeños, minimiza los sindicatos, borronea la legislación laboral, anula todo los impuestos al capital, elimina los aranceles protectores de la economía, desprotege a los más débiles…

Salazar: Cuando Oswald Spengler describía en la década de 1920 cómo la civilización material (del capitalismo) estaba matando el «alma cultural» de los pueblos, desatando una «decadencia» que retrotraía todo a una nueva barbarie… cuando José Ortega y Gasset, por la misma fecha, denunciaba que la civilización material estaba convirtiendo al «hombre culto» en un ignorante, mediocre y vulgar «hombre-masa»…, cuando el joven Karl Marx, a comienzos de la década de 1840 acusaba al capitalismo liberal de estar destruyendo al «hombre social» (esencia del ser humano) para transformarlo en un «individuo» sin sentido de per­tenencia ni a una comunidad ni a un conjunto de valores societarios… estaban haciendo profecías… detectando el comienzo de un fenómeno corrosivo… Nosotros, hoy, ya no entendemos esas denuncias como pro­fecías, sino como realidades, como experiencia de vida. La cultura social, que es la única capaz de estructurar una sociedad humanizada, ha sido salvajemente atropellada por el materialismo mercantil… somos ahora una sociedad centrada en «individuos» desocializados, desmoralizados, desculturizados… Una sociedad que, al perder el esqueleto de una au­téntica cultura social, se ha «licuado» (como dice Zygmunt Bauman). Flotamos en un líquido espeso de alienaciones surtidas, agarrados, como a salvavidas, a la nata espesa de las mercancías desechables…

Altamirano: Una sociedad líquida… Sin embargo, en este naufragio nadie quiere establecer un principio o un poder superior, ordenador, ni por fe, ni por análisis, ni por política… Todos los neoliberales del mun­do están unidos para descalificar el Estado, o los «grandes relatos» de desarrollo o liberación. Siguen, en cambio, avivando la cueca de lo pri­vado, de la libertad individual… Pero, no bien alguien por ahí infectó un par de uvas, lo que desató una interrupción en las exportaciones de frutas… todos exigieron a gritos que tenía que ser el Estado el que debía reclamar por los derechos de los viñateros… Y lo mismo pasó cuando le encontraron un virus al salmón… O cuando los ingleses, conforme el derecho internacional, decidieron detener a Pinochet… ¡Ah, que el Es­tado chileno lo libere!… Así, los estropicios que produce el mercado, los resuelve el Estado… ¡pero es el mercado el que manda! Yo no sé cómo se las han arreglado para imponer esta hipocresía en todo el mundo… pacíficamente, como si fuera lo más natural, y que tantos incautos se hayan creído todo ese cuento… La primera revolución burguesa se im­puso por la violencia, esta segunda revolución burguesa, en cambio, se ha impuesto sin gran barullo guerrero…

Salazar: Es cierto que el triunfo del neoliberalismo —que se situó más o menos al comienzo de la década de 1980 y se consolidó con la caída del Muro de Berlín en 1989— no constituyó una «revolución» al estilo tradicional, con luchas, proclamas, combates y triunfos espectaculares, pero, en todos los casos (en más de ciento veinte países donde se estudió el fenómeno), se impuso a través de algún tipo de autoritarismo, que fluctuó entre el chantaje aplicado por el FMI a los países endeudados que estaban a punto de declarar moratoria, y el brutal golpe de Estado que asestó Pinochet en Chile. El desalojo de los regímenes estatistas, desarrollistas y socialdemócratas se debió, por eso, a la crisis económica del fordismo hacia 1982 y a la presión autoritaria del FMI y los gru­pos tipo Pinochet y los Chicago Boys… Lo interesante, sin embargo, es que la aplicación del modelo neoliberal a lo largo de los ochenta desencadenó en todo el mundo una seguidilla de protestas populares («food riots»), que no fueron huelgas proletarias o gremiales, sino mani­festaciones ciudadanas amplias, multiclasistas (constituyeron la variante más agresiva de los «nuevos movimientos sociales»). Correspondió en Chile a las 22 «jornadas de protesta» contra la dictadura que estallaron entre 1983 y 1987. Por eso, la «revolución neoliberal» (como la siguen llamando algunos) fue, si es que fue revolución, un caso bastante atípico, que provocó grandes respuestas sociales también atípicas… Ambas ac­ciones constituyeron, en todo caso, una ruptura histórica de gran interés teórico y político…

Altamirano: … que es por lo que es necesario pensar todo de nuevo. Estamos más acá de un gran cambio histórico, que nos aleja, querá­moslo o no, de nuestros dogmas tradicionales. En todo caso, el triunfo del neoliberalismo, si tuvo esta apariencia pacífica pese al autoritarismo solapado que utilizó, se debió en gran medida a que la Unión Soviética y China, en lugar de presentar resistencia activa a la presión neoliberal, se abrieron de piernas… desvergonzadamente…

Salazar: … lo que le permitió a Estados Unidos erigirse como el Gran Violador, o el Don Juan Tenorio de la historia económica mundial…

Altamirano: … o como el tsunami de Indonesia…

Salazar: … ¿Echas de menos la Unión Soviética?

Altamirano: No, no, para nada. Pero su entreguismo ha hecho creer que el capitalismo neoliberal ganó limpiamente en función de sus bon­dades intrínsecas. Por su puro poder de seducción. Y esto no es así. El triunfo de la neoburguesía capitalista tiene, detrás y por debajo de sí, un tremendo sistema de violencias solapadas… No sólo porque el modelo neoliberal no se estableció en ninguna parte democráticamente por libre votación popular, sino porque el poder corrosivo de este capitalismo es de por sí un sistema violento…

Salazar: … que se ejerce, principalmente, sobre los individuos y desde dentro de los individuos. En Chile pasamos de un abierto terrorismo de Estado a un solapado terrorismo de mercado. Si el primero utilizaba la tortura física, el ejército y la policía secreta, el segundo utiliza el empleo precario, el fracaso ante la familia y ante sí mismo, el endeudamiento consumista que permite ocultar la plusvalía del salario, etc., todo lo cual se traduce en un proceso de corrosión que va por dentro, subjetivamente, lo que explota en agresiones contra sí mismo (drogadicción), contra la familia (femicidios) y contra la sociedad (delincuencia, saqueos, etc.). Y viendo eso entre sus padres, los cabros chicos no van a encontrar el ambiente afectivo necesario para sacar adelante sus pruebas SIMCE ni sus pruebas PSU ni nada que se parezca…

Altamirano: … O sea, con suma inteligencia, el movimiento neoli­beral ha logrado instalar el sistema económico más desigual e injusto de toda la historia. Según leí en una página de El Mercurio el domingo pasado, hoy día existen 97 mil megamillonarios en el mundo, donde cada uno de ellos maneja como propiedad miles de millones de dólares. Y hay una lista que está encabezada por millonarios chinos y rusos… ¡millonarios comunistas!… Y frente a estos magnates tenemos al 70 por ciento de la población mundial: unos tres o cuatro mil millones de po­bres en el mundo… Sin contar con que la mayoría de esos millonarios se enriquecieron administrando y robando los fondos de pensión de los trabajadores y los fondos soberanos de los Estados… Esto es: manipu­lando dinero ajeno… pues, en Chile, los mayores «inversionistas» son los propios trabajadores, a pesar de que no administran «su» capital… Por eso, la pobreza real no ha disminuido, sino al contrario, ha aumen­tado. En Estados Unidos, por ejemplo, hay 42 millones de pobres, como tres veces la población de Chile…

Salazar: Lo curioso es que nuestros gobernantes juran que en Chi­le ellos han disminuido la pobreza de 40 a 14 por ciento en veinte años… Cifra groseramente engañosa, porque la pobreza de hoy —la pobreza que realmente está generando el neoliberalismo de hoy— no es esa vieja pobreza definida por la carencia de ropa, vivienda, ali­mento, artefactos y empleo, sino por la actual carencia de sentidos de vida, control del futuro y afectividad social, que hoy está azotando salvajemente a los que tienen empleo precario, ganan menos de lo que sería el «salario ético» y carecen de toda seguridad para levantar una familia normal con capacidad para educar en excelencia a todos los hijos… La pobreza de hoy consiste en la rabia que generan esas ca­rencias, en la propensión al endeudamiento desmedido, en la imposi­bilidad de dar buen ejemplo a los niños, seguridad al cónyuge, en la propensión a operar en el mercado negro (que incluye el delito) y en la atracción formativa que ejerce el «choro» en el mundo popular, que ha desbancado del liderazgo local al hoy desperfilado trabajador asa­lariado… Si utilizamos parámetros históricamente actualizados para medir la pobreza, entonces la pobreza en Chile no ha disminuido, al contrario, pienso que ha subido hasta equiparar la pobreza real del siglo XIX, que también estaba determinada por el empleo precario, la inseguridad de futuro y la alta rentabilidad de la delincuencia (en comparación con la baja rentabilidad del salario)… cuando los Go­biernos también eran librecambistas…

Altamirano: Y esta nueva pobreza, solapada como está, no puede ase­gurarle al mercado un aumento regular y sostenido de la demanda en todos los rubros a la vez… Puede que aumente respecto de los produc­tos de menor precio relativo, que son los que pueden cubrir las líneas normales de crédito para el consumo, como, por ejemplo, los celulares, los equipos electrónicos, la ropa, los cosméticos y hasta los automóvi­les, pero el aumento puede ser menor en los productos o servicios de más alto precio, como las casas, los departamentos, los insumos para empresas y hasta la misma educación superior. No es porque sí que los créditos hipotecarios de segunda clase comenzaron a flaquear en Estados Unidos hasta transformarse en bombas tóxicas… Tal vez con la educa­ción superior —que ha crecido enormemente gracias al crédito— puede ocurrir lo mismo, cuando su rentabilidad ocupacional comience a caer y los jóvenes prefieran gastar menos o nada en una formación profesio­nal carísima que no tendrá cabida ocupacional, por saturación, en el mercado… En este sentido, el sistema neoliberal ortodoxo camina sobre terrenos dinamitados por una demanda volátil, peligrosa…

Salazar: Sin contar con que, el día en que los trabajadores chilenos se den debida cuenta de que los ciento veinte mil millones de dólares que han ahorrado en las AFP, con sus cotizaciones de previsión, les pertenecen por origen y destino, y decidan recuperarlos, resocializarlos, estatizarlos o invertirlos en total beneficio propio, el sillón donde reposan sus gordas asentaderas los megamillonarios se puede hundir de la noche a la maña­na… De los trabajadores y de nosotros depende que todo lo sólido que se desvaneció en el aire por obra y gracia de la inteligencia neoliberal, pueda de nuevo solidificarse en una mejor vida para el nuevo tipo de pobres que conforman el 68 por ciento de la población chilena… Si el capitalismo desvanece todo en el aire para su beneficio, nosotros tene­mos la varita mágica para desinflar el aire del capitalismo… El problema es cómo reencantar esa varita…

Altamirano: Sí, porque hemos llegado al absurdo de que lo que es nuestro ni sabemos que es nuestro ni tenemos poder siquiera para recu­perar lo perdido. El absurdo se refleja en el hecho de que la gestión y la administración de fondos ajenos constituyen hoy un poder más totali­tario que el derecho de propiedad. Estudiando el Código Civil de don Andrés Bello aprendimos que el derecho de propiedad consiste en usar, gozar y disponer de los bienes nuestros. Pero acá unos «administradores» venidos de no sé dónde, usan, gozan y disponen de nuestros bienes como si nada.

Salazar: Es que ellos creen en el derecho consuetudinario…

Altamirano: El poscapitalismo, centrado en la administración de re­cursos ajenos, deja todo en la ambigüedad más absoluta. Los grandes «propietarios» de antaño (la burguesía típica) han dejado paso a los «ope­radores» de todo (la neoburguesía), que vuelan por el espacio inalám­brico sin que uno se dé cuenta. El mercado se ha metido en el internet, donde no se ve ningún propietario: allí hay puras transacciones aisladas, microscópicas… Como tú dices, la propiedad y el mercado se han li­cuado. Ya no es en el aire donde se desvanece todo lo sólido, sino en el líquido financiero, en el dinero virtual… No nos explotan a latigazos: nos ahogan poco a poco, centavo a centavo… Como el proceso completo tiende a hacerse inmaterial, hoy día importan mucho más los servicios, la informática, las comunicaciones, el transporte, la computación…

Salazar: … o sea: las redes inalámbricas, la información en red, la comunicación electrónica y las relaciones sociales de nuevo tipo que se derivan de esas redes. Dentro de ellas y en torno a ellas todo circula. Y allí, por lo mismo, la «propiedad» parece difuminarse y los propieta­rios se desdibujan en circuitos electrónicos… Con todo, es importante preguntarse de qué manera la inmaterialización de la propiedad y los fenómenos que ocurren dentro de esas redes pueden convertirse en ins­trumentos favorables para lo que tú llamas la «lucha ideológica» contra el neoliberalismo. El nuevo capitalismo ha creado las redes, cierto, pero los enemigos del capitalismo pueden usar las mismas redes para cono­cerlo todo, infiltrarlo todo y, principalmente, asociarlos y comunicarlos a todos… E incluso para hacer de la circulación permanente —la actual «liquidez» de la realidad— una nueva manera de «organizarse» y fluir hacia adentro y hacia fuera… erosionando por todos lados las estructu­ras más sólidas del capitalismo…

Altamirano: Yo manejo poco y nada de estas nuevas tecnologías. Pero también es un hecho que, tras esa maraña de redes se esconden y actúan, semiocultas, mafias de todo tipo. El capitalismo actual, mucho más que el capitalismo industrial, está plagado de mafias de todo tipo. Hay mafias financieras, mafias que trafican drogas, mafias que trafican armas, mafias que trafican mujeres, mafias que trafican órganos… Y mueven miles y miles de millones de dólares. ¿Cómo se conectan estas mafias con Wall Street? ¿Cuánto ayudan a los países a tener de hecho una balanza de pa­gos con superávits? Las redes de las que estamos hablando dan para todo. ¿Y quién puede controlar a las mafias de hoy? Tienen un poder moneta­rio tremendo, pueden comprarlo todo y a todos, y si no, entonces dispo­nen de un poder armado envidiable… ¿No se metió el Ejército chileno y el mismo Pinochet en la mafia que trafica armas? ¿No inventaron ellos mismos ese proyecto de mafia que llamaron «La Cutufa»? En el mundo actual, globalizado como está, las mafias están en todas partes, sus tentá­culos abrazan todo el globo… Es posible que las mafias operen todo el negocio del petróleo, unido al negocio de las armas. Y es posible que las mafias muevan buena parte de la política exterior norteamericana en Irak o en Afganistán… Naturalmente, estas mafias no aceptarán jamás que se les cruce en el camino gente como Sadam Hussein o el mismo Chávez, que quieren manejar el petróleo para sus propios países…

Salazar: Lo que revelaría que la virtuosísima ley de oferta y demanda (que resuelve todo) es apenas una transparente camisa baby doll… que no tapa ni las partes pudendas de los métodos mafiosos que utilizan las superinformadas inversiones del capital financiero… Es fundamental, por eso, que la nueva izquierda despoje sin tapujos al neoliberalismo de su vaporosa camisita y saque a luz la fealdad completa de este nuevo Dorian Gray… Pero… ¿por qué ha costado tanto dar este paso, que es directo, simple y está al alcance de los ojos? ¿Es por lealtad con nuestras creencias pasadas? ¿Es por alienación y amor de soslayo por el consu­mo? ¿Es que la inteligencia neoliberal ha sido más astuta que nuestra inteligencia crítica? ¿Es por miedo al terrorismo de Estado sumado al terrorismo de mercado? ¿Es por la traición de muchos revolucionarios de antaño? ¿Cansancio por tantos años de lucha?

Altamirano: No lo sé… No lo tengo claro… Pero sí sé que mantener la ortodoxia neoliberal a medida que se trasluce lo que verdaderamente es el neoliberalismo en el fondo, es cada vez más imposible. A esta altura, la ortodoxia neoliberal es un dogmatismo ideológico más que otra cosa. Estamos frente a un estéril dogmatismo de derecha que se parece al viejo y también estéril dogmatismo de izquierda. Algo sabemos de esto. Hoy por hoy, Hajek es el Lenin de la derecha. Y Pinochet, su Stalin. Cuando aparece el dogma, es que ha comenzado la decadencia. Cuando la histo­ria comienza a superar las creencias que se estimaban como infalibles… los dogmatismos engendran fanáticos, y los fanáticos engendran con­flictos frontales…

Salazar: Sabemos que el dogmatismo de izquierda está, hace rato, en sus cuarteles de invierno. ¡Enhorabuena! Y el dogmatismo de de­recha, después de la crisis asiática de 1997 y de la crisis financiera de 2008-2009, está en decadencia. Stalin y Pinochet están muertos. Cabría deducir, pues, que la lucha contra el neoliberalismo es poco probable que desemboque en una guerra fría, y menos en un conflicto nuclear. Y que, por eso mismo, una revolución de viejo cuño es poco probable que tenga sentido y real eficacia. El conflicto puede ser de naturaleza antagónica, pero su resolución no tiene que ser, necesariamente, frontal, antagónica, de «patria o muerte». Por tanto, la nueva lucha es una lucha de inteligencias, de corrientes circulatorias que se infiltran por la espal­da del adversario, envolviéndolo, desgastándolo, «desvaneciéndolo»… como un ataque en oleadas sucesivas de virus, anguilas y pirañas de naturaleza cultural… ¿O no?

Altamirano: Por eso mismo yo no creo que China esté dispuesta a en­trar en un conflicto serio con Estados Unidos, como tampoco la Unión Soviética… Tal vez Corea del Norte o Irán o los musulmanes, pero por razones más bien culturales (étnicas o religiosas)… Hay que partir de la base que, en la globalización neoliberal, los dos polos (Estados Unidos y China) se necesitan el uno al otro. De su cooperación recíproca depende su propia supervivencia. Si los comunistas rusos se recuperaran y si re­accionaran frente a la pantalla anticohetes que la OTAN quiere instalar frente a Rusia… quién sabe. Pero lo veo muy improbable…

Salazar: De ser así —y creo que es así— la lucha contra el neolibe­ralismo… vale decir: en el horizonte de los nuevos revolucionarios y de la nueva izquierda no habrá, pues, un aliado exterior, una gran potencia protectora, como creímos tenerla —y no la tuvimos, como tú has di­cho— durante el intento de la Unidad Popular. Podríamos tener ami­gos comprensivos, como Chávez, Correa, Castro, Evo Morales (el «eje del mal», según Bush), pero nada ni nadie que sirva de contrapeso real frente al poderío militar estadounidense. La nueva etapa histórica de la lucha revolucionaria tendrá que nutrirse de puras fuerzas locales, y sobre todo, de la potencia creativa y a la vez corrosiva de una cultura social (local) constituida como un nuevo y efectivo «modo de vida», pues la solidaridad viva, local, y la verdadera cultura social, como tales, no son bombardeables por los jets norteamericanos. Pero, en cambio, pueden bombardear de vuelta, por dentro, las redes del mercado…

Altamirano: El «aliado externo», pienso yo, va a ser la misma crisis que corroe el sistema capitalista actual. Una crisis que nosotros no hemos provocado. Son los propios virus capitalistas… un cardumen de virus, anguilas y pirañas —como dices tú— que circula entre las piernas de los megamillonarios y que lleva clarito la marca de fábrica: «Made in Wall Street»… Basta leer El Mercurio del viernes 25 de julio de 2008, que reproduce un artículo del Wall Street Journal of Ame­rica… donde se lee: «crisis financiera lleva a Estados Unidos a una mayor regulación de la actividad empresarial». Y como subtítulo: «Ya surgen voces para que la administración estatal incremente su papel de supervisor». Y por acá: «La crisis inmobiliaria y financiera que golpea a Estados Unidos, está impulsando una nueva ola de regula­ciones gubernamentales sobre los negocios y la economía»… Y sigue: «El Banco Federal también ha acordado prestar dineros a Fanny Mae y Freddy Mac, lo que le permitiría tener una mayor supervisión de estos dos gigantes hipotecarios»… Es divertido ver cómo, aunque no hemos hecho ni hagamos nada, este capitalismo se hace el harakiri a sí mismo… Es para nosotros una muy cómoda manera de combatir Sin disparar un balazo, ni escribir siquiera un artículo. … Si es para go­zar… mira aquí lo que dice Alan Blinder, ex vicepresidente del Banco Federal de Estados Unidos: «Hay un rechazo creciente al punto de vista relajado que cree que los mercados son maravillosos y creativos. Los mercados son creativos, pero a veces esa creatividad lleva a direc­ciones extrañas y peligrosas…».

Salazar: Por tanto, la crisis actual es un aliado más leal y eficiente de lo que fue nunca en el pasado la Unión Soviética… Ésta fue un dubitativo y adusto aliado «estructural», la crisis, en cambio, un eficientísimo aliado «dialéctico»… Pero no podemos, a propósito de esto, sentarnos «a ver pa­sar el cadáver del capitalismo», como se dijo tiempo atrás… Nuestra tarea principal es identificar y comenzar a construir nuestra utopía, nuestro ideal de vida social, ahora, aquí mismo, donde estamos ahora parados…

Altamirano: En este sentido, es interesante ver cómo están actuando los hindúes, porque ellos ya tienen un modo propio de vida, que lo están potenciando con un ágil proceso de industrialización, proyecto que, decididamente, están dispuesto a protegerlo, sin adoptar el modelo neoliberal. Lo dijo claramente, en la última ronda de Doha, el propio ministro de Economía de India. Y acusó a los países desarrollados por­que hacen a los demás países una serie de exigencias de liberalización que ellos jamás cumplieron cuando no eran desarrollados… De alguna manera, en Asia podemos encontrar varios ejemplos útiles para montar un nuevo concepto de desarrollo real. En cambio, en el mundo occi­dental hallamos muy poca inspiración: prácticamente todos los países están doblegándose ante estos dos objetivos diabólicos: la riqueza y el consumo. En especial, los cristianos, sean protestantes o católicos, pues, desde siempre y hasta el día de hoy, son los principales poseedores de las riquezas del mundo occidental…

Salazar: Como los del Opus Dei, dirías tú…

Altamirano: Como los del Opus Dei, o los Legionarios de Cristo (que en México los llaman acertadamente los «Millonarios de Cris­to»)… Pensar que en otros tiempos existió ese hombre maravilloso que fue San Francisco… que en otras épocas la Iglesia Católica prohibió la usura… Hoy, en cambio, va por ahí de la mano con el Consenso de Washington… porque no ha denunciado el Consenso de Washing­ton… Como escribió alguien: «El poder económico extermina tanto el fanatismo marxista como las virtudes católicas…».

Salazar: Y eso deja atrás un vacío ético más o menos grande. Y éste es, no cabe duda, un problema no menor. Sin ética no hay virtuosismo alguno, ni religioso ni revolucionario. El pietismo y la santificación de santos en que ha incurrido la Iglesia Católica este último tiempo es un mero juego de distracción… No están siquiera predicando en el desierto, como San Juan… Y esto es parecido a la prédica farisaica de algunos gru­pos marxistas fanáticamente conservadores… Fundar una nueva relación con la naturaleza y entre los hombres tiene mucho que ver, en cambio, con la necesidad de fundar una nueva ética social. Emprender una lucha ideológica contra el neoliberalismo equivale a iniciar una cruzada re­moralizante (en un sentido laico, histórico, no en un sentido pechoño, salvífico)…

Altamirano: … porque lo que ha producido y dejado como lastre el triunfo neoliberal es un grave debilitamiento del «ser» social y político. Hay por todas partes una pérdida casi total de los ideales utópicos: tene­mos, a través de la crisis del Estado de Bienestar, un eclipse de las solida­ridades públicas; un aumento desmedido de la desigualdad social, inclu­so étnica…, etc. Sin contar el aumento del narcotráfico, del terrorismo, de la corrupción, del comercio sexual internacional… ¿Cuál es la ética social del neoliberalismo? ¿La de grupos fanáticos como el Opus Dei o los Legionarios de Cristo? O sea, ¿la ética de los megamillonarios?… Cla­ro, es la ética neodarwinista de selección automática de los más fuertes, que es el mismo principio de la política exterior estadounidense. Que los débiles se hundan, sin piedad, porque es su propia culpa…

Salazar: … porque no fueron suficientemente «emprendedores»…

Altamirano: … «ladrones» diría yo… Y los países desarrollados han olvidado cínicamente que, cuando se estaban desarrollando, se erizaron de aranceles protectores, de subvenciones estatales, de apoyo político a la economía nacional y que lanzaron razias imperialistas a cañonazo limpio para incrementar su tasa acumulativa… ¡y ahora vienen con la monserga idealista de que todas las puertas deben estar abiertas de par en par! ¡Aho­ra que la mayor parte de las riquezas nacionales están en manos de las compañías transnacionales! ¡Ahora que los débiles ya no pueden levantar­se por sí mismos, como en África, o en Haití! Para mí, la famosa globa­lización no ha sido ni es otra cosa que «la» forma de la colonización, que ha sido tan profunda, que ahora ya no necesita mantener una ocupación territorial… Bush invadió Irak para quitarle el petróleo, pero Obama tendrá que retirar las tropas de allí, porque son las transnacionales las que ahora se hacen cargo… del petróleo. El resto del país no les interesa… De esta manera, cuando es necesario, destruyen los Estados nacionales, la propiedad nacional de las riquezas, y al hacer eso, destruyen todos los valores propios de la época moderna. Están realizando una contrarrevo­lución sobre lo que ellos mismos, hace dos siglos atrás, revolucionaron… ¿Qué valor real tiene hoy el Estado «nacional», la soberanía popular, la libertad de las comunidades, la democracia participativa?…Viendo el vacío ético-moral que nos ofrece el neoliberalismo, estoy tentado por decir que yo, personalmente, prefiero los valores del credo cristiano a los valores del neoliberalismo. Y que prefiero las ideas de Jesús a las ideas de Friedman… Porque Friedman enajena a todos los que creen en él, en cambio, el Sermón de la Montaña de Jesús no molesta a nadie…

Salazar: Con lo cual estaríamos a un paso de convertirnos en feli­greses…

Altamirano: Sí, creo que al término de estas conversaciones vamos a salir en procesión con un crucifijo por delante…

f) ¿Cómo construir la nueva izquierda?

Salazar: Creo que nos estamos acercando al meollo del problema. Tú has señalado que hay fundadas razones para intentar refundar la izquier­da y el socialismo sobre ideas históricamente actualizadas. Que, incluso, hay urgencia por hacerlo, sobre todo por la grave crisis ecológica que se avecina y por la salvaje destrucción cultural que el neoliberalismo está realizando impunemente en la sociedad humana. Están claros los «fun­damentos» de lo que es necesario hacer. La cuestión, ahora, es cómo… Porque, a) dado que la historia ha rebasado en varios flancos al marxismo ortodoxo, b) que las revoluciones violentas del proletariado han fracasa­do en su nacimiento o en su madurez, c) que la Unión Soviética y China están colaborando estratégicamente con el capitalismo actual, d) que ni la burguesía industrial ni el proletariado industrial tienen hoy presencia protagónica en los conflictos actuales, e) que los Estados nacionales están seriamente desperfilados frente a la globalización y las transnacionales, f) que ya no es el capital industrial el hegemónico sino el financiero, g) que los partidos políticos progresistas perdieron casi totalmente sus progra­mas tradicionales y gran parte de su prestigio público… etc., es indispen­sable ajustar los medios, las tácticas, la estrategia, las formas de lucha… Tu crítica es clara y convincente y tu «invitación» totalmente legítima, pero es necesario ahondar un poco más en el problema del quehacer concreto… Como si fuera poco, estamos en un período histórico confu­so: «lo que viene después de»… porque se habla mucho de que estamos en una etapa postindustrial, posmoderna, poscapitalista, poshistórica…

Todo es «post», y «post» no significa nada, porque no afirma nada, no in­dica nada, no marca ruta alguna… El desafío para el pensamiento crítico es, según esto, el mayor de la historia, mayor incluso que el que enfrentó Marx y Engels hacia 1848, porque detrás de ellos, en su pasado inme­diato, no retumbaba entonces ningún fracaso, ninguna derrota como la nuestra de 1973 o de la Unión Soviética de 1989…

Altamirano: Lo que tengo es un conjunto de preguntas difíciles de responder… Porque, antes que nada, yo plantearía la cuestión de si ¿es necesario recrear y reinventar la izquierda? Porque, tal como están las co­sas, ya queda poco de ese viejo antagonismo entre derecha e izquierda. Concretamente en Chile, es muy difícil distinguir quién está en la iz­quierda y quién está en la derecha… Mi primera pregunta sería ésa: ¿qué sentido tiene recrear la izquierda en un contexto en que esa antinomia ya no existe?… Porque yo escuché el último discurso de la Michelle… todo lo que dijo estuvo enmarcado en la idea de actuar conjuntamente con la oposición, dentro de un gran consenso, porque gracias a él se han logrado grandes avances en Chile… Todos tienden a suprimir las dife­rencias que existían entre izquierdas y derechas. Y en alguna medida, en Europa está pasando lo mismo…

Salazar: Si fuéramos precisos, tendríamos que señalar que, la antino­mia izquierda-derecha ya no existe en Chile porque la izquierda se diluyó en la derecha. Pienso que en nuestro país, ahora, hay pura derecha… Lo mismo que en la época del parlamentarismo, hacia 1910… Y en el resto del mundo, no sé, pero parece que no es muy distinto después del viraje, ya antiguo, del eurocomunismo y luego del de la propia Unión Soviética…

Altamirano: … En todo caso, la pregunta en cuestión no tiene una fácil respuesta. Porque, por un lado, es necesario calibrar a fondo hasta qué punto actuar a través de «comisiones mixtas» puede dar mejores resultados que actuar a través de una permanente disputa cerrada entre derechas e izquierdas. Por otro, actuar por consenso significa aceptar la presencia en el Gobierno o en el parlamento de personajes como Ber­lusconi, o ultraderechistas como Moreira o megamillonarios como Piñe­ra… Una rotación de partidos en el poder dejaría a la izquierda actuan­do codo a codo con la derecha y con ese tipo de personajes, lo que lleva a confusiones que perjudican más a la izquierda que a la misma derecha… Porque al final todos se parecen y no se sabe quién es quién…

Salazar: Y por lo que se ha visto, cuando eso ocurre, la presencia de la izquierda en consensos paritarios de ese tipo no hace más que legitimar políticamente las hipocresías y mafias que acompañan en retaguardia a la derecha, estigmas que terminan por teñir (o contagiar) de rebote a la izquierda en su conjunto… Hay cada tentación allí… Es el riesgo que correría una eventual nueva izquierda si su línea de acción va a pasar de nuevo, centralmente, por el Congreso Nacional y la acción parlamenta­ria, como en el pasado…

Altamirano: El problema se nos dificulta enormemente… Para mí este problema se desglosa en tres o cuatro preguntas fundamentales: 1) ¿es necesario refundar la izquierda socialista?; 2) ¿qué hacer con ella?; 3) ¿cuáles serían sus objetivos principales?, y 4) ¿cómo canalizaría su acción concreta?… En todo caso te digo que, para mí, es fundamental que exis­ta una nueva izquierda…

Salazar: En 1979 tú marcaste un rumbo alternativo al Partido Socia­lista chileno «ortodoxo», señalando que había que distanciarse de la he­gemonía moscovita del mundo comunista. Entre más o menos esa fecha y el año 2005 (término del Gobierno de Ricardo Lagos), el Partido So­cialista suscribió de lleno al modelo neoliberal, lo que significó aceptar tu propuesta de 1979, pero, como se dice, «pasándose para la punta», en un giro copernicano de ciento ochenta grados con respecto a la ortodo­xia partidaria de la época de Allende. Lo que tú estás planteando ahora es construir una nueva izquierda, lo que no significa, necesariamente, refundar el Partido Socialista, como tampoco el Partido Comunista… Es decir: no significa que la nueva izquierda tenga que desempeñarse como tal, sólo o fundamentalmente a través de partidos políticos ins­critos y definidos en y por el tráfico parlamentario… De ir por ahí tus meditaciones, estaríamos ante una propuesta que cambia radical, o, qui­zás, revolucionariamente, lo que se entendería por izquierda… Estarías mucho más cerca de lo que intentan hacer, todavía en el útero mater­no, los nuevos movimientos sociales de América Latina (recalco el «de», porque es necesario diferenciar los nuevos movimientos sociales de este continente de los que han surgido en Europa)…

Altamirano: El problema es muy complejo… Hay que pensar mu­chas cosas al mismo tiempo. Refundar la izquierda implica pensar no sólo en cómo debe ser y cómo debe funcionar ella misma, sino también cómo concebir y hacer funcionar una nueva sociedad…

Salazar: … que podríamos llamar «posneoliberal», para estar a la moda con eso de los «post» y porque no estamos seguros aún de cómo debiera ser esa nueva sociedad…

Altamirano: Claro, porque estamos recién pensando cómo debería ser… Si hasta en Europa se han preguntado y discutido cómo debe ser la nueva sociedad. Hay que tomar en cuenta que ellos ya superaron el dogma de que la política gira en torno al Estado «nacional», pues hace rato que están construyendo el Estado «Europeo», que es multinacional. En este sentido han dado pasos de gigante. Incluso, para ellos el Estado Europeo es una cuestión más importante que la monserga de la globali­zación. Aquí en Chile, donde somos un país chiquito, nos matamos por globalizarnos. Los europeos, en cambio, están preocupados con el pro­blema de cómo debe ser la Constitución Política de una sociedad que ya es y debe seguir siendo continental. Por eso discutieron largamente si esa constitución debía quedar caratulada como de la Europa Occidental Cris­tiana o de la Europa Occidental Moderna… Y ganó, por votación abierta, la segunda fórmula. Consideraron que el cristianismo no era un elemento definitorio de la sociedad europea, sino la modernidad laica. Excluyeron lo religioso de lo político, así como habían considerado de valor secun­dario «lo nacional». Por eso, pensar una nueva izquierda implica pensar al mismo tiempo un nuevo Estado y una nueva Constitución, para lo cual hay que dejar de lado una cantidad de mitos, ideas y costumbres que no son pertinentes a las soluciones que hoy deben darse a los pro­blemas que enfrentamos…

Salazar: En nuestro país —estando como a veinte mil kilómetros de distancia de Europa— la mayor parte de nuestra clase dirigente sigue manteniendo como dogma y jaculatoria que pertenecemos a la civili­zación cristiano-occidental, como si fuéramos genuinamente europeos. Como si no tuviéramos nada de indígena, nada de criollo, nada de co­lonizados. Sin embargo, pese a ese europeísmo, tienen metido hasta el tuétano el «nacionalismo patriotero» tanto en su conciencia histórica como en sus discursos públicos, y la política religiosa, además, en todo lo que tenga que ver con el comportamiento privado de la sociedad ci­vil… Todo indica, pues, que, si queremos pensar en una nueva izquierda y, por tanto, en un nuevo Estado y una nueva Constitución, tendremos que arrojar de nuestra conciencia cultural la idea de «lo cristiano-occi­dental» para asumir de lleno nuestra propia realidad subcontinental: el latinoamericanismo o indoamericanismo, o algo así, y olvidar este juego absurdo que combina nacionalismo patriotero por un lado con pasión globalizadora por otro, que no expresa otra cosa que las ambigüedades propias de la conciencia colonizada…

Altamirano: A mí me parece obvio que el nombre adecuado para la sociedad europea es Europa Occidental Moderna… y para nosotros Indoamérica Moderna, o algo así… En Europa resolvieron el problema instalándose en el plano de lo subcontinental, donde operan políti­camente por consenso. Pero en ese plano no se ha podido configurar una nueva izquierda sólida y creciente. Los «consensos» como que no le hacen bien, y por esto mismo creo que en nuestro país, dominado por aplastantes consensos neoliberales, es aún más difícil plantear una nueva izquierda. Por eso mi pregunta de si vale la pena reconstruir la izquierda, o no… Mi respuesta es, sin embargo, . Pero es difícil… Si aquí todavía la modernidad no se ha instalado completamente. Si to­davía estamos discutiendo si las mujeres pueden tomar o no la pastilla del día después, si pueden abortar o no, si los homosexuales pueden vincularse públicamente o no… si todavía tenemos a los curas metidos en los asuntos públicos y privados, como en la Edad Media… Hace tiempo que en Europa aceptaron el uso de la pastilla y el aborto… ¿sig­nifica que son pueblos asesinos? ¿Que son comunistas de nuevo tipo que no sólo se comen a los niños recién nacidos sino que los matan antes de nacer? ¿Significa que pueblos cultos, como los ingleses, los franceses, los italianos y los alemanes están horrorosamente equivocados y que los únicos que tenemos la razón en esto somos nosotros? ¿O sea, los curitas de Chile? Como ves, construir una nueva izquierda presupone, implica, que la modernidad está ya plenamente encarnada en la gente y en las instituciones, pero como esto no es así, la nueva izquierda va a tener que pelear con los curitas lo mismo que el Presidente Santa María en el siglo XIX… Creo que ya te conté que, estando en Europa, Inglaterra decidió eliminar sesenta mil embriones humanos ya fecundados pero congela­dos. Y ¡bum! los eliminó… De inmediato el Papa saltó diciendo que eso era un asesinato masivo, gigantesco. El Gobierno inglés no se dio el trabajo de contestarle. Y conste que esos embriones tenían dueños con nombre y apellido: eran respetables personas privadas… ¡que dieron su venia para tomar esa medida!… No es, pues, muy simple ni fácil moder­nizarnos a paso acelerado para plantear objetivos políticos de otro nivel, superiores a todo lo conocido. No, por cierto, en este país…

Salazar: Tú dices: es difícil, muy difícil, construir aquí en Chile (ha sido difícil también en Europa) una nueva izquierda, pero que, sin em­bargo, estás convencido en que debemos construirla… Está bien, pero, otra vez la misma pregunta: ¿cómo?…

Altamirano: Es que estoy aún pegado imaginando que la construc­ción de una nueva izquierda es y va a ser un gran cambio histórico… Porque no es el afán pequeño de reconstruir o refundar sólo el Partido Socialista. Ha ocurrido un cambio sideral en la historia del mundo, es­tamos al borde de catástrofes naturales de porte sideral, y pienso por tanto que el cambio en la política tiene que ser sideral también. Si todo está cambiando en gran escala, el cambio de la política tiene que ser de la misma envergadura… Pensar en un cambio político pequeño, con­vencional, mientras la geopolítica del mundo experimenta transforma­ciones epocales… no tendría mucho sentido… Vuelvo a repetirte: es mi sensación frente al problema. La Revolución Industrial, ese gran cam­bio histórico del pasado, no afectó profundamente el equilibrio natural, pero los grandes cambios tecnológicos recientes y la economía expansiva de las economías emergentes, sí lo están haciendo. Y con peligro para toda la humanidad y para todo el planeta… Los cambios epocales ya están en marcha, pero los políticos… no tanto. Lo importante es que estamos entrando a un mundo incierto, inseguro, inestable, y por eso, cualquier predicción en el plano político va a ser, por tanto, muy relati­va… Por eso no me atrevo a formular una propuesta de cómo construir y organizar la nueva izquierda… No sabemos en qué consiste el futuro en cuanto a los grandes parámetros de lo ecológico, lo tecnológico, lo cultural… Suponte que enfrentemos, por ejemplo, un cataclismo telú­rico a causa del clima, o de los glaciales, o de la sequía o de la subida de los mares, etc., todo lo cual es, hoy, matemáticamente posible… ¿qué sentido tendría allí una izquierda versus una derecha?… Con una situa­ción en que no habría un volcán en erupción sino cien, y no un tsunami sino cien… ¿Qué destino tendrían los partidos políticos entonces?… Y suponte que el sida se extienda sin control, o cualquier otro virus nuevo, incontrolable…

Salazar: Estoy completamente de acuerdo contigo en cuanto a que los cambios que ha experimentado la humanidad y el capitalismo desde mediados del siglo XX son de escala «sideral», como tú lo llamas, y que los cambios políticos que se derivan de ellos tienen que ser «proporcio­nales» con esa escala. También concuerdo totalmente con la idea de que una catástrofe telúrica como efecto de nuestra civilización industrial y postindustrial está dentro de las proyecciones probabilísticas… Sin em­bargo, pienso que ni la magnitud de escala de los cambios en curso ni la probabilidad de una catástrofe natural debe dejarnos inmovilizados en el sentido de que todo eso nos rodea con una incertidumbre indesci­frable… La reflexión crítica —que es social, histórica y de todos modos política— no puede inmovilizarse. Sería una contradicción ontológica, como diría un filósofo, sería como aceptar lo que comentó una vez En­gels a propósito de los ciclos del capitalismo: que, a veces, los procesos históricos, por su complejidad, se escapan del control social y terminan convertidos en tiranías inmanejables. Es lo que él llamó precisamente «tiranía de la historia», que es la que aliena o enajena no a un hombre o a dos, sino a sociedades completas, o a la humanidad completa. Lo único que permite escapar de esa tiranía es el pensamiento crítico, la razón histórica del ser social, es decir, la dialéctica (o el materialismo his­tórico). Sólo a partir de esa razón histórica es posible destiranizar la vida y rehumanizar todos los procesos. No es posible renunciar, por tanto, a construir los dispositivos que permiten controlar la realidad social…

Altamirano: Totalmente de acuerdo. Aquí estamos ante una historia desbocada. Estamos viajando en un convoy a una velocidad de locos, de manera tal que ni podemos bajarnos ni el conductor sabe dónde vamos a llegar. Y lo peor es que la velocidad aumenta y los plazos se acortan…

Salazar: … el conductor sabe de dónde partimos y de dónde venimos (por eso que se habla sólo de los «post»), pero no tiene la menor idea de hacia dónde se dirige, por sí mismo, el convoy que él cree gobernar… Es lo que pasa con nuestras clases políticas: administran lo que se mue­ve, pero, como carecen de conciencia histórica (la mayoría de nuestros dirigentes tiene una ignorancia abismante de la historia real de nuestro país), sólo se dejan llevar por la inercia… No es porque sí que las clases dirigentes están desprestigiadas, que en todas las encuestas no superen el 4 o el 9 por ciento de prestigio público, y que, al final, a lo único que se dedican es a cazar votos en la calle y a farandulizar la vida pública… No me extraña, por eso, que en el cónclave que tuviste con tus amigos socia­listas ninguno pensó históricamente como tú lo estás haciendo (salvo, un poco, parece, Jorge Arrate), sino, sólo en «la» política contingente… La situación tiene algo de dramático y, a la vez, de grotesco. Y sería incluso risible si no hubiera riesgos graves implicados en esta aventura. Por eso, urge que los ciudadanos (los pasajeros del tren) piensen por sí mismos, que definan con claridad hacia dónde quieren ir. Pues se trata de «su» viaje, no el del drogadicto que pretende guiar el convoy. El pensamiento crítico siempre brota de circunstancias parecidas y, directamente, de los verdaderamente involucrados en la dirección que llevan los procesos… De no ser así, ni sería verdadero pensamiento, ni histórico, ni crítico…

Altamirano: Hay que decidirse a pensar y a tomar el control del con­voy. Pero insisto en que la decisión que se tome —de pensar por sí mis­mo para tomar el control y ajustar la dirección de los procesos— es alta­mente relativa, insegura, imprevisible. Es una decisión ineludible, pero, creo que yo —al menos— no la tomaría con la misma fe de carbonero con que tomé mis decisiones políticas en otra época… cuando descubri­mos el marxismo como un cristiano que descubre el Santo Grial… No creo que tengamos que repetir ese mismo tipo de conversión, ni que el marxismo sea hoy el mismo Santo Grial de ese tiempo… No podemos seguir actuando en función de sagradas escrituras, con votos perpetuos hacia dogmas infalibles… Tenemos que caminar con los ojos bien abier­tos, mirando qué hace China, qué hace el Fondo Monetario Interna­cional, que traman los pillos de Wall Street, cuál es la verdadera clase trabajadora de hoy, por dónde van las universidades, qué pretende bajo cuerda el Opus Dei o la beatífica UDI… No podemos reducir los miles de factores que actúan en este mundo globalizado a unas cuantas pildo­ritas ideológicas que funcionen bien el día después… Estoy de acuerdo contigo: debemos tomar decisiones, arriesgarnos, pero convencidos… mejor dicho: no-convencidos (creo que el término más apropiado no es «convencidos», considerando que es una decisión relativa y con funda­mentos precarios, débiles)… pero tomando en cuenta que no podemos ya pensar en una revolución «nacional»… si somos un país tan pequeño si un gigante como la Unión Soviética «desnacionalizó» su revolución para globalizarse por completo… ¿Cómo sería posible que países pe­queños como Perú, Chile, Argentina, Paraguay, Portugal… pretendan hacer una revolución «propia» si gigantes como Rusia y China no pudie­ron… ¿Qué poder real tenemos para desembarazarnos de los tentáculos de la globalización y la dependencia?… Además, si queremos realizar una «revolución» en el sentido de instalar una sociedad nueva, un hombre nuevo y un Estado nuevo… ¡Nada puede ser totalmente nuevo ya en este mundo!…, el parto (la revolución) genera un ser vivo, cierto, pero ese ser vivo tiene ya nueve meses de formación, tiene ya casi un año de historia o de prehistoria… La Revolución Francesa parió un niño que, en muchos aspectos, tenía ya casi un siglo de vida cultural… El vientre de la madre tiene su propia historia y su propia validez… La revolución puede ser la fase final de procesos que vienen de lejos, de largo tiempo atrás y que en un determinado momento revientan por equis situación casual… Por eso los ingleses —por boca de la mismísima Margaret That­cher— le reclamaron a los franceses cuando éstos, en 1989, quisieron celebrar con gran pompa los doscientos años de la Revolución Francesa, diciendo que el ser histórico que parió la Revolución Francesa en 1789 era un niño que ellos ya lo habían bautizado un siglo antes…

Salazar: Creo que, con respecto a la necesidad de crear una nueva izquierda en un mundo al que le han cambiado el alma, eres el mejor «abogado del Diablo» que se pueda encontrar en leguas a la redonda…

Altamirano: Es que la situación es compleja… No es llegar y partir con un rumbo determinado…

Salazar: Es cierto: estoy totalmente de acuerdo contigo. Sólo un par de cosas… Por una parte, como tú dices: los procesos «revientan en un momento dado por equis situación coyuntural»; vale decir, la energía acumulada en largos procesos históricos explota de repente, en alguna parte y en un momento dado. Así comenzó la Revolución Industrial, la Revolución Francesa, la Revolución de la Independencia, etc. La tarea del pensamiento crítico consiste precisamente en detectar, en el subsuelo del tiempo presente, en los bajos fondos de la vida cotidiana, entre los vericuetos de la economía, esos procesos profundos, que son los que van grávidos de crisis, conflicto y gérmenes de cambio social.

Se trata de auscultar, por decirlo así, el vientre materno de la historia. Por eso el marxismo, que fue y es la cuna del pensamiento crítico, se basa en la historia concreta, no en la filosofía o en la teoría o en la teología: es materialismo histórico. La tarea que realiza el pensamiento crítico consiste en conseguir que «la criatura» que viene en calidad de feto en los procesos históricos tenga una buena «cesárea», de lo contra­rio podría resultar en un simple aborto o en un embarazo eterno… Y la otra cuestión que quería comentar a tus palabras, es que es preciso detectar cuándo es el momento clave y dónde se puede «dar a luz». Yo pienso que tú hace mucho rato que vienes poniendo el oído en el vientre materno de la historia y siguiéndole la pista a los procesos de cambio que vienen creciendo ahí dentro. Tú no quieres ser marxista-leninista dogmático y te encuentro toda la razón. Pero, cuando pones el oído apegado a la historia para comprender los procesos profundos que ronronean allí, demuestras ser de la misma vena dialéctica que Marx… te guste o no. Tienes homogeneidad epistemológica con él. Y lo que estamos discutiendo aquí, creo, es si está llegando el momento de que ayudemos a ese proceso a que dé a luz alguna criatura filial, si éste es el momento quirúrgico adecuado para sacar los bisturíes, si Chile es un buen lugar para empezar (concordando contigo en que la criatura que está por salir puede ser un «ente social y político» de porte sideral, absolutamente desconocido e inédito)… o no. Razón de más para ser cautos y cuidadosos. Hasta escépticos. Y por eso te encuentro toda la razón…

Altamirano: … piensa tú en lo que meditaron Fidel y el Che para ese difícil parto que fue la Revolución Cubana… Que fue una bandera fundamental del socialismo antiguo, de la izquierda antigua, de las vie­jas ideas revolucionarias… Y ahí está Fidel ahora, y ahí está Cuba… En estricta verdad, desde hace unos treinta años, Cuba perdió su liderazgo político y moral en América Latina, esa novedad que tenía incluso para los intelectuales europeos… Hoy existe en Cuba altos niveles de auto­ritarismo —siendo generoso con las palabras, ¡ah!— hasta el punto de que casi no es referente de nada… A veces no sabemos cómo va a crecer la criatura que ayudamos a bien nacer. Por eso, aunque duela, estos ejemplos históricos no siempre sirven de mucho. Uno no puede llegar y repetir lo que ocurrió en otra parte…

Salazar: Razón de más para mantener el oído y todos los sentidos concentrados en detectar lo que traen en sus vientres los procesos que se alojan en la sociedad en la que uno vive… No hay que cambiarse de continente o de país para hacer parir lo que corresponde a «este» proceso… Ahora, claro, como que todos los procesos están enredados unos con otros, globalizados, y como que da lo mismo empezar por aquí o por allá. Si alguien parte, podría ocurrir, hipotéticamente, que el reventón pudiera producirse en forma simultánea en varias, o tal vez, en muchas partes. Algo así como fueron las revoluciones universitarias de 1968, que se extendieron por el mundo como un reguero de pólvora… o como la independencia de las colonias hispanoamericanas en 1810, o como las food riots después de 1983…

Altamirano: Es un problema muy complejo. Es utópico luchar con­tra los destructores de la naturaleza, contra el neoliberalismo, cuando las mayorías son neoliberales, cuando el capitalismo está erizado de poderes bélicos, fácticos, económicos, políticos, comunicacionales, científicos… Y yo no creo mucho en que nuestro negrito Obama vaya a emprender una gran cruzada antineoliberal. Tampoco atacará a Irán como Bush lo hizo con Irak. No será ni bueno ni malo, pero dejará las cosas ir, pasar, seguir… Y en este río revuelto, son los derechistas los que ganan terre­no… Yo vi en Francia con mis propios ojos que las comunas que habían sido «rojas», en las que dominaban los comunistas, fueron las comunas que se volvieron más reaccionarias… Es que lucharon contra la inmi­gración de trabajadores extranjeros, porque les quitaban el trabajo asala­riado. Por eso, hoy, esos barrios son prácticamente fascistas, con fuertes actitudes racistas. Y la derecha fascista gana terreno en barrios que antes eran zonas rojas de la revolución. El poder del neoliberalismo se nutre a veces de nuestros propios reductos… ¡hasta de nuestros (ex) camara­das!…, y así está sucediendo en Inglaterra, Alemania, Francia e Italia.

Salazar: Entiendo tu preocupación. La lucha actual requiere, más a menudo de lo que uno quisiera, volverse contra lo que había sido «lo» nuestro. Acaso, también, contra aspectos vitales de uno mismo… El problema no sólo es complejo: también, duele…

Altamirano: Duele… hasta por la impotencia de no poder hacer algo. Porque en nuestra América Latina evidentemente hay una abrumadora mayoría que está en contra del sistema neoliberal, pero los presidentes y los Gobiernos que los pueblos eligen esperanzados, no pasa un año ni dos cuando ya han transado con el sistema neoliberal… Y el caso de Chile es patético en este sentido. Entonces ¿qué hacen los pueblos? Se desconciertan, protestan, los reprimen. Vienen otras elecciones, se presentan nuevos candidatos llenos de promesas de cambio… Y pasa lo mismo. Tal vez, porque los Gobiernos se achican si encuentran frente a ellos unos gigantescos «portaaviones» (así llamo a las transnacionales) y ahí agachan el moño como perritos falderos… Me doy cuenta de cómo el proceso histórico va aquí, en la superficie, dando vueltas en torno a una clase política servil e impotente, que jura que es democrática porque llama a elecciones de acuerdo a la Constitución, pero… por abajo, el descontento de la gente se desliza sordamente, sin salida aparente… ¿Te parece que estas ideas son muy tiradas de las mechas?

Salazar: Bueno, si somos al menos dos los que estamos tirándonos de las mechas, creo que vamos por buen camino… Porque parece que coin­cidimos en varios puntos clave. Tus «memorias» históricas se están con­virtiendo en mis propias «memorias». Pero aquí es tu pensamiento el que manda. Yo hago de caja de resonancia, o de redoble de tambor. No te es­toy «entrevistando» ni nuestra conversación es una «reunión» de célula de partido, ni pretendo «guiar» tu asociación de ideas y recuerdos en función de las conclusiones a que está llegando, como disciplina, la nueva historia social en Chile… Tú recuerdas, reflexionas, y yo te escucho dialogando, como un camarada del camino… Y sé que hay muchos intelectuales de allá y de acá, y jóvenes y mujeres de base que tienden a pensar lo mismo. Como tú dices, hay una abrumadora mayoría que está en contra del sis­tema neoliberal en Chile y América Latina, que está pensando cómo dar a luz una guagua del porte de los problemas que enfrentamos. Y todos los críticos como nosotros —que sé que son muchísimos más de los que se conocen públicamente— formamos parte, pienso, del mismo proceso profundo, subterráneo, que estamos auscultando. Estamos en todas par­tes. Como dijo un poblador de Huechuraba cuando, en una sola imagen, quiso resumir la historia actual de los pobladores de esa comuna: «Aho­ra estamos en estado de semillas». No hemos muerto: germinamos. No nos ven: pero nos adivinamos mutuamente… y ya sabrán de nosotros… Porque, además, no estamos agotándonos en combatir de frente al «ene­migo» de siempre; en parte, porque ese enemigo se disolvió en los giros del mercado, y en parte, porque estamos más preocupados de construir nuestro propio poder y nuestra propia sociedad, aquí y ahora. Como lo dijimos antes: en lo local, entre nosotros. Socialmente… No se trata de empezar en la política mundial, sino en la local…

Altamirano: Como hemos dicho, y como dijo Peter Drucker, el po­der de hoy y de mañana está y va a estar en el conocimiento, en la infor­mación y el saber. La sociedad del conocimiento es la que importa. Si queremos construir nuestro propio poder, por tanto, tenemos que en­riquecer nuestros saberes, desarrollar la ciencia, la tecnología. Nosotros recién estamos tratando de crear en Chile una infraestructura científica, tecnológica. Ningún país puede ser moderno si no tiene funcionando un soporte científico en todas las áreas de su vida. La ciencia y tec­nología han sido las palancas maestras de todos los grandes cambios recientes de la humanidad. Así fue en el pasado, lo es en el presente y lo va a seguir siendo en el futuro. Los asiáticos han aprendido esto de una manera extraordinaria. Y están superando a Estados Unidos y a Europa. Lo que Chile tiene que acumular es conocimiento, ciencia, saber hacer, y no seguir escarbando sólo en los hoyos de las minas y convirtiendo en harina los pescados del mar. Ni el buen vino puede reemplazar al conocimiento, lo que es harto decir… La nueva izquierda tiene que nacer con esta idea metida en su cabeza si quiere tener siquiera un amago de lo que es «poder». ¿Seremos capaces de construirlo en este sentido? No lo sé. Tengo mis dudas.

Salazar: Si seguimos como vamos en este país, yo también tendría mis dudas. Ni la derecha durante sus cien años de Gobierno, ni la Concertación durante sus cuatro lustros le han dado al «conocimien­to» el valor estratégico que realmente tiene. Mejor dicho: el valor estratégico que tiene producir conocimientos… La derecha siempre ha preferido importarlos, y la Concertación no ha variado en eso. En nuestra historia, la palabrita «importar» ha sido siempre más impor­tante que «producir». Y el conocimiento vale y pesa en tanto produce y se produce, no en tanto se exhibe como mercancía o se memoriza como papagayo. No es extraño que, producto de eso, hoy no tengamos propiamente un sector industrial en nuestro país. Y, bueno, se lanzó un gran programa de becas para que los jóvenes chilenos vayan a estu­diar ciencia y tecnología al extranjero… ¿y qué van a hacer con sus co­nocimientos cuando vuelvan si aquí no existe producción industrial ni producción de conocimientos tecnológicos relevantes? Japón y la Rusia de Pedro el Grande enviaron miles de estudiantes a estudiar a Europa, pero porque ellos tenían grandes planes para industrializar el país… En todo caso, una cosa es el conocimiento necesario para desarrollar la tec­nología —que es, me parece, del que tú estabas hablando— y otra cosa muy distinta es el conocimiento necesario para provocar un parto histó­rico… del cual hemos estado hablando todo este tiempo. El primero es imprescindible para modernizar el país (estoy absolutamente de acuerdo contigo en esto), pero para echar andar propiamente ese conocimiento en un país como éste, es absolutamente necesario desarrollar y echar a andar, antes que nada, el saber social necesario para provocar y realizar el gran cambio histórico que necesitamos. Y este segundo saber, creo, ni se desarrolla a la par con la industrialización ni es preciso ir a estudiarlo a otro país, pues es de estricta producción local, espontánea, barata y co­lectiva… Nace y crece por generación espontánea, como las callampas, pero, por supuesto, «vale hongo» si no se le desarrolla en plenitud, pero si se le cultiva, riega y fertiliza amorosamente, es un arma letal mucho peor que un rocket, pues es de largo alcance histórico

Altamirano: … De acuerdo. Y ese saber crece y se multiplica en relación directa con la crisis del sistema neoliberal, con el desastre fi­nanciero de los grandes bancos. El poder eventual de la nueva izquier­da, pienso, no se basa tanto en su propia capacidad para competir revolucionariamente con el neoliberalismo, como en las debilidades intrínsecas de éste. Por eso es importante analizar en profundidad la crisis actual. Algo hemos conversado al respecto. Tú ves cómo, todos los años, los jefes del mundo neoliberal se reúnen en Davos, Suiza, con gran parafernalia, para evaluar los problemas del mundo que controlan. Y se pasean solemnemente, y hablan con las narices muy levantadas (los economistas chilenos de centro y de derecha se mueren por ver y ser vistos en esas reuniones), como si fueran los dueños del mundo… Y en cierto modo lo son… ¿Qué eventos de esa magnitud somos capaces de realizar nosotros? No hay nadie en Europa ni en América Latina que haya sugerido formalmente, en ese plano o en otro menor, fórmulas para construir una nueva izquierda. Todos estamos actuando a tientas y a ciegas…

Salazar: … como los «topos de la historia», según decía Marx…

Altamirano: … no hay en este momento a nivel mundial ninguna propuesta seria sobre lo que podría ser esta nueva izquierda. Rodrí­guez Zapatero, mi camarada y amigo, está presidiendo en España un Partido Socialista que aplica las normas del mundo neoliberal… Su gracia ha sido que se atrevió a plantear el matrimonio de homosexua­les en el país más beato del mundo… Porque la Iglesia y el Opus «de ahí» son muy poderosos… Él es valiente y audaz, pero ¿es él la nueva izquierda?… Yo, lo que sé de cierto es que las propuestas hay que me­dirlas y valorizarlas en función de su época histórica, de su momento, de las circunstancias… Por eso digo que la nueva izquierda no podrá basarse en el marxismo decimonónico… Y sé también que hoy son muy pocos los que piensan que el proletariado industrial tiene la ca­pacidad para realizar una transformación tan radical de la sociedad como la que hoy se necesita. Mucho menos la tienen los pocos cam­pesinos que quedan en el mundo, o los pocos mineros que hay en Chile… Por lo demás, en Chile no hay fábricas… bueno, hay tres o cuatro… Tú comprendes que hoy día la socialización de los medios de producción implica enfrentarse a gigantescas transnacionales, a las cuales estás además amarrado con decenas de tratados de libre comer­cio… O sea, la globalización, la transnacionalización, la existencia de estos gigantescos portaaviones financieros exige una reformulación de qué es lo que se puede hacer con ellos y si es necesario hacer algo con ellos. Es efectivo, y hemos de creer, que estas empresas transna­cionales son, después de todo, las empresas más eficientes, innovado­ras, las que tienen mayor capacidad de construir satélites espaciales o gigantescas turbinas eléctricas. Si se las pudiera suprimir, nos queda­mos sin satélites ni turbinas… Entonces, ahí viene una serie eterna de preguntas, que si las respondemos todas o iniciamos un movimiento histórico de igual proporción… terminaremos agregando otros veinte tomos a la Historia de don Pancho Encina… Porque las transnacio­nales juegan a viajar a la Luna y a Marte, y a conversar con otras galaxias, mientras, en la Tierra, entre nosotros, perviven la pobreza, la miseria, la violencia, el sida, la droga, etc. Esto último me lanza de cabeza a construir una nueva izquierda, pero lo primero, el poder sideral de las transnacionales, me pone un enorme signo interrogativo sobre mi cabeza… ¿Cómo cambiarles el alma a los directores de esas empresas gigantescas? Es una gran pregunta, entre las muchas grandes preguntas que lo rondan a uno todos los días…

Salazar: A veces, como decía un filósofo, el mejor modo de pensar y razonar es dejar que las preguntas pregunten, sin intentar responderlas… Así se llega al fondo de la cuestión…

g) Movimientos sociales

Altamirano: Mira, a esta altura, yo parto de la base de que hoy día no hay izquierda (en tanto constituida por «partidos políticos») y que lo que pudiéramos llamar izquierda, está constituida por los grandes movi­mientos sociales: el ecológico, el de Derechos Humanos, los pacifistas, los feministas, etc. Es ésta la verdadera izquierda de hoy… Por tanto, la eventual nueva izquierda tiene que tomar en cuenta de modo central estos movimientos y establecer una conexión estrecha con ellos. En Chile, hay que tomar en cuenta el movimiento ecológico —que sabe mucho más del mundo actual que cualquier compañero socialista— y el feminista. Que son pacifistas… Creo más en un movimiento social que en un parti­do rígido controlado por una burocracia que se apodera del partido, que termina repartiendo puestos y formando clientelas de todo tipo. Creo en un gran movimiento político, social, cultural, muy ligado a las grandes ONG del mundo. Porque, como parece habértelo dicho, para mí el nue­vo pensamiento de izquierda está en las ONG más que en los partidos tradicionales. Los partidos de «izquierda» ya no tienen ideas de izquierda: son clientelistas por arriba, por abajo y por el medio. No tienen ideas, sino manotazos de flotación. Luchan para montarse a horcajadas sobre el poder institucional. Si queremos tener ideas y cultura social actualizada, uno no las encuentra en ellos, sino en estos nuevos movimientos sociales y en las ONG que los acompañan. Además, son movimientos planetarios, globalizados, porque la acción sociopolítica tiene que moverse también en ese nivel para tener real repercusión. Si el capital se internacionaliza y sobrevuela el mundo como un ave rapaz, la gente que piensa como una verdadera izquierda tiene que saber volar, también, alrededor del mundo. Si las aves rapaces vuelan por el mundo detrás del dinero, nosotros debe­mos ser águilas que volamos para atrapar esas aves rapaces… Los países pueden ser pequeños y los Estados nacionales pueden ser tímidos y am­biguos, pero la izquierda necesita ser, también, una telaraña mundial ni ambigua ni tímida. Por eso los movimientos sociales no pueden quedarse encerrados en Chuchunco o soñando sólo con la santa patria…

Salazar: Estoy totalmente de acuerdo contigo. Con una salvedad que me parece importante: la mayor parte de lo que se sabe y se teoriza sobre los nuevos movimientos sociales tiene como referente los movimientos que se han desarrollado en el Primer Mundo (ecológico, feminista, pa­cifista, de género, etc.), que están formados, sobre todo, por sujetos de clase media (trabajadores sociales, empleados públicos, sociólogos, historiadores, estudiantes, médicos, etc.). Es un contingente culto, pre­parado, que opera sobre la base de conocimientos concretos y con una sorprendente sinergia cultural de base. Es interesante compararlo con el antiguo movimiento obrero. Pero el problema es que, en América Latina, si bien existen movimientos de ese tipo (son, por comparación, mucho más débiles que los europeos), los que realmente pesan son los movimientos populares de las poblaciones marginales, villas miseria, favelas, pueblos nuevos, shanty-towns, etc. (cuya matriz identitaria co­mún es el «empleo precario»), además de los poderosos movimientos indígenas. La teoría existente sobre movimientos sociales es, princi­palmente, de construcción europea, y no está centrada en la casuística latinoamericana, que es sin duda distinta. Hace falta pensar en profun­didad, empírica y teóricamente (a lo Marx), los movimientos sociales latinoamericanos. Aquí tenemos un atraso que es preciso remontar… Pero nada de esto anula o contradice lo que tú estás diciendo…

Altamirano: De acuerdo… En todo caso, imagino la nueva izquier­da como un gran movimiento social, no como un partido; como un movimiento al cual puedan incorporarse todos los actores sociales po­sibles, independientemente de si son obreros, campesinos o no. No se trata, por tanto de reconstruir partidos, sino de construir movimientos. Creo además que ese movimiento no puede fundarse en un catecismo ideológico, como el que escribió nuestra Marta Harnecker, que nos can­te de nuevo la letanía de la lucha de clases, al viejo estilo… Los nuevos movimientos traen dentro de sí a medio mundo: empleados, profesio­nales, estudiantes, trabajadores, hasta curas y monjas. Estamos ante otro tipo de actores y otro tipo de lucha… ¡Si ahora no vemos en la escena pública ni a la burguesía ni al proletariado industrial!… El movimiento, por eso mismo, no puede ser sólo un movimiento político: tiene que ser también social, cultural y ético. Creo que si no hay una transformación en la conciencia de la gente, no hay ninguna posibilidad de un cambio revolucionario verdadero…

Salazar: Claro, los movimientos actuales no son políticos por defini­ción, sino, principalmente, sociales, culturales, a menudo económicos y, de modo creciente, éticos. La cultura social se nutre del conocimiento ne­cesario para producir cambios históricos, pero a la vez del conocimiento necesario para construir sentidos de vida, solidarios, comunitarios, que es la base de lo ético. Sin embargo —y esto es de suma importancia— la cultura social no está constituida sólo de «conocimientos», sino tam­bién de arte, de creatividad, de identidades compartidas, de memorias conjuntas, de baile y fiesta. Porque necesita ser, no sólo conciencia polí­tica pura y simple, sino sinergia social completa: fuerza, mística, alegría, identidad, goce… El marxismo-leninista excluyó la sinergia social y la fiesta: dejó sólo la conciencia y la disciplina. Los nuevos movimientos sociales no se potencian deletreando todos los días, como una oración, los instructivos y las normas de una organización dada, sino en función de su vida interna, de su identidad colectiva, y ésta no sólo está formada por órdenes o normas, sino también por un complejo cultural y ético vivo, que anima a hombres, mujeres y niños…

Altamirano: Por eso creo que debe lucharse para construir una demo­cracia directa, orgánica, viva, como tú dices. La democracia representativa actual día a día presenta mayores defectos, hay mucha corrupción. Vivi­mos una grave crisis de representación. Por eso deberíamos plebiscitar cada uno de los temas fundamentales que están siendo discutidos, deberíamos obligar a renunciar a los diputados y senadores que dejan de representar nuestra voluntad o que empiezan a correr con colores propios, debería­mos establecer diferentes formas de democracia directa, aumentando la participación social y ciudadana a todo nivel… Algo diametralmente dis­tinto al sistema neoliberal chileno, que es el más extremista del mundo, y que, por eso mismo, no da real participación a la ciudadanía…

Salazar: Lo que implica realizar un gran trabajo de educación ciuda­dana… que no es precisamente una tarea de corto plazo, sino un proceso que puede tomar hasta una generación completa. Hay que recordar que desde que se instaló el régimen portaliano, allá por 1830, la mayor par­te de los chilenos quedó reducido a una masa políticamente marginal, situación que cambió un poco cuando el sistema electoral se depuró y transparentó (a mediados de 1950 más o menos), pero para quedar redu­cido a un hombre (o mujer) igual a un voto… Lo que sin duda es muy poco o casi nada, porque lo fundamental del proceso político, vale decir, el conocimiento del problema, la deliberación abierta sobre el problema, la toma de decisión colectiva al respecto, la designación de candidatos, etc., quedó todo controlado por arriba, o por los partidos o por el mismo Estado. Las veintitrés intervenciones armadas del Ejército han impedi­do, además, que los movimientos ciudadanos ejerzan por sí mismos el «poder constituyente» y se hagan cargo del cambio o la reconstrucción del Estado. No tenemos experiencia ni memoria sobre cómo manejar de modo directo los negocios públicos… Los políticos están convencidos de que la soberanía radica en el Estado (es decir, en ellos mismos) y que la legitimidad de todo radica en la ley que ellos mismos acuerdan, y no en la efectiva soberanía popular… Concuerdo totalmente con lo que estás diciendo sobre los movimientos sociales y la participación ciuda­dana, pero cambiar la inercia cultural de casi dos siglos que pesa sobre la ciudadanía no es fácil. Tenemos que, por un lado, romper los mitos que sostienen y justifican las actuales prácticas políticas, y por otro, reeducar a la ciudadanía en el ejercicio real de su soberanía… Veo que ahora soy yo el que está operando como «abogado del Diablo»…

Altamirano: Ya me di cuenta… Las tareas, por tanto, son de im­plementación lenta y dificultosa, pero se puede avanzar, gradualmente, abandonando poco a poco, por ejemplo, la idea de formar partido y, en cambio, concentrándose en la generación de movimientos… Sería difí­cil trabajar una propuesta de este tipo dentro de los partidos de la Con­certación… pero es mucho más posible hacerlo en esa masa de ciudada­nos que no está inscrita, o que estando inscrita, no vota, o que votando, vota nulo. Todos ellos suman como el 50 por ciento de la masa electoral total. Es aquí donde se debe concentrar el esfuerzo, aunque no es fácil formar movimientos con un mínimo de organicidad… Pero el terreno está preparado. Hay un sentimiento mundial de rechazo a las perver­siones del modelo neoliberal, que ha aumentado últimamente con el estallido de la crisis financiera, y ese sentimiento encuentra su expresión en ciertas manifestaciones culturales, o representación en ciertos actores sociales… No te sé decir cómo se generan exactamente los movimientos sociales… Pero sí sé que la política convencional no puede estar más desprestigiada… Y por eso, sobre su estiércol, crecen actitudes, gestos, propuestas varias, que encuentran a veces un sorprendente eco lateral… o por el lado de la ecología, o de los derechos de la mujer, o de los Dere­chos Humanos, o por los movimientos étnicos, o de la juventud… Los movimientos sociales brotan como callampas y crecen como una selva de arbustos, sin preocuparse demasiado por cambiar las estructuras polí­ticas superiores de sus países… No se meten en la política convencional. Y esto es curioso y, a la vez, sugerente…

Salazar: Un rasgo esencial de los nuevos movimientos sociales es que se mueven solos. En Chile se generan a sí mismos y crecen hasta don­de pueden, sin ayuda, sin vanguardias. Están basados en memorias e identidades locales, y se potencian y se expanden allí mismo, social y culturalmente, pero tienen problemas para extenderse sobre territorios más amplios, para pasar de lo identitario barrial a lo comunal, o de lo social y cultural a lo político, o de lo local a lo nacional o internacional. Tienen raíces y memorias profundas, pero follajes un poco esmirria­dos… Por eso necesitan nutrientes culturales que les permitan exten­derse en horizontal y en altura; o sea, necesitan conocimientos duros, información de calidad. Durante los años ochenta y gran parte de los noventa, ese déficit fue cubierto por las ONG… Sin embargo, en la ac­tualidad, las ONG están debilitadas, sobre todo en Chile. Podría decirse que la teoría política general podría ayudarles (como el marxismo, por ejemplo), pero es un hecho ya probado que la «teoría» pura no encaja bien con la cultura social actual (es echarle vinagre al aceite). Por eso, las universidades no están en condiciones de «nutrir» orgánicamente el desarrollo de los movimientos sociales más allá de los límites locales, identitarios y «ecológicos». Han surgido, de modo espontáneo, redes juveniles, sobre todo de educación popular (o «pedagogía social») o de cultura social, que tienden a llenar la franja débil de los movimientos, actuando en la misma base local mediante mecanismos de autogestión, razón por la que pueden actuar con bastante autonomía relativa… Los movimientos sociales, pues, existen: están sembrados a todo lo largo de Chile, pero están encajonados en sus fronteras identitarias, locales, esen­cialmente culturales. Forman un extenso archipiélago tipo subterra, o de las sombras… Necesitan expandirse y empoderarse también en otras di­mensiones, más allá de lo identitario y de la cultura local, pero para eso requieren de un apoyo táctico externo, también de tipo cultural, pero de cultura translocal, amplia, científica, nacional e internacional, del pasado y del presente. O sea: una cultura un poco más sofisticada que la que puedan generar las poblaciones y los barrios. Requieren de un pen­samiento crítico algo más científico, más omniabarcador, que permita actuar sobre regiones, provincias, países, continentes y superestructuras. O sea: una cultura y un lenguaje de poder. Porque la acción política, para ser revolucionaria, aunque se arraigue en lo local, tiene que expandirse en lo general, porque tiene que, sí o sí, transformar el Estado y el merca­do, a nivel nacional y a nivel global. Las ONG, en este sentido, ayudan un poco; las redes de educación popular, otro poco; los grupos universi­tarios también, y hasta los funcionarios del área social de los municipios suelen y quieren (aunque no siempre pueden) apoyar a los movimientos en ese sentido… Hay trabajo de apoyo, pero poco y descoordinado… Pero hay… No estamos en la intemperie absoluta…

Altamirano: Sé que en los años ochenta y noventa, como tú dices, las ONG ayudaron mucho a alimentar los movimientos sociales en la mis­ma Europa y también en el Tercer Mundo. La lucha contra las dictaduras tuvo mucho apoyo internacional, proveniente de esas ONG. Puede que en Chile y en otros países esas organizaciones estén debilitadas o se hayan retirado, pero la red internacional de solidaridad está, subsiste, se man­tiene. Y creo que esta red va a continuar dando su apoyo, cada vez más. No me cabe la menor duda… Fíjate que tal vez el mayor movimiento social, la revolución más gigantesca y grandiosa de la humanidad ha sido la de liberación de la mujer. Y esa liberación ha ocurrido sin un balazo, sin una revuelta, sin una matanza tipo Chicago. Hoy día, en el mundo occidental, la mujer ha logrado un estatus y una independencia muy importante. Tal vez no todo lo que debiera ser, pero importante. Hay varias mujeres actuando como jefes de Estado, incluso en Chile. Esto es inédito en la historia del mundo… El movimiento social de las mujeres ha sido un verdadero modelo en este sentido, deberíamos conocerlo me­jor, aprender de él. Sin contar con que se ha manifestado no sólo a nivel de los Gobiernos y del Estado, sino también en la vida cotidiana, o ante las cámaras, donde ellas toman la iniciativa, se exhiben y mueven con actitudes de reina, casi de perdonavidas… y sus tangas son…

Salazar: Te entiendo… No hay recato, como diría un obispo…

Altamirano: No hay ningún recato… Pero el movimiento feminista ha implicado una profunda revolución en las costumbres. El siglo XXI es, en este sentido, la antítesis total del siglo XIX, ni qué decir de los siglos medievales o coloniales… Y date cuenta… los curas… qué pue­den hacer… lo que hacen no más… Y tendríamos que agregar otros movimientos sociales, como el de los estudiantes, el de la salud, el de los profesores, el de los mapuches. Cada semana tienes un reventón social por aquí, otro por allá, que queman un camión, que los pescadores se agarran con los carabineros, que le disparan a un par de pacos… qué se yo. Y ya no pueden decir que toda esta efervescencia social y cultural esté conducida por los comunistas y orquestadas desde Moscú. No les queda otra cosa que hablar de antisociales y subversivos y correr a apli­car la Ley Antiterrorista, porque no entienden qué pasa… Pero es que son, sólo, fracciones de movimiento social. Una especie de rompecabezas de rebeliones sueltas y desordenadas… ¿cómo agruparlas, coordinarlas, convertirlas en un solo movimiento y en un solo metarrelato? Lo veo difícil. ¿Podría hacer eso un partido político? Sí, pero ¿cuál? No veo ninguno orientado en esa dirección… Los políticos ni siquiera tienen dinero para ir a protestar frente al hotel donde se reúnen los ocho países más poderosos del mundo… Preferirían gastarlo en Cancún, si lo tuvie­ran, o en otro lugar del Caribe…

Salazar: Pero está claro que, como diría Galileo: E pur si muove… y sin embargo, se mueve. Hay movimientos. De un tipo y de otro. No estamos de espaldas, derrotados, ni atados al fondo de la Caverna de Platón… Es que, a lo mejor, no ha llegado aún el momento preciso en que todos saltemos de nuestro archipiélago subterra a la superficie subsole… Falta que se configure, como dijo un autor, «la estructura de la oportunidad»; esto es: esa coyuntura que impulse a todo el mundo a decir ¡basta! y ¡salgamos a la calle! y ¡tomemos el control del poder constituyente!… O algo así. La unificación de los movimientos sociales se produce, a veces, en el momento menos pensado. Como por sorpresa. Como el 2 y 3 de abril de 1957, cuando todos los pobladores y callam­peros dijeron ¡basta! y se dirigieron al centro de Santiago, apoderándose de él y saqueándolo hasta el último rincón… O como en el otoño de 1983, cuando todo Chile salió a la calle a protestar contra la dictadura, inutilizando la DINA, las cárceles secretas, las picanas eléctricas y la táctica policial «personalizada» de Pinochet…

Altamirano: Hay momentos de acción y momentos de espera… Momentos de confianza y momentos de incertidumbre… Mientras tanto, estamos viendo el desorden político, la violencia económica, la crisis ecológica, la subversión social… He llegado a la certeza, a través de los pocos momentos de cierta lucidez que he tenido… que la orientación que teóricamente debiera tener un movimiento de iz­quierda es privilegiar la democracia directa sobre la representativa. La democracia representativa, tal como está hoy, es una burla, una men­tira. Se ponen de acuerdo los partidos para designar candidatos, son electos «los representantes del pueblo» y los representantes del pueblo se cagan en sus electores al día siguiente de ser elegidos. Y pasan a formar parte de la «clase política», la única clase a la que le rinden pleitesía. El único modo de terminar con esto es consolidar una de­mocracia directa y participativa, a nivel comunal y a nivel nacional. Y contra esta posibilidad ha luchado la derecha toda su vida. Le tiene terror a esa posibilidad. Va a hacer cualquier cosa por evitarla, o por destruirla. Porque sabe que si el pueblo participa y decide, ella tiene sus días contados… si se adopta una política ecologista y se defiende la naturaleza, la derecha se volvería loca… Lo mismo ocurriría si el pueblo definiera e implementara políticas en educación, sobre los me­dios de comunicación, sobre el empleo, sobre la producción… Todo eso, pues, conformaría un nuevo espíritu, una nueva mentalidad de izquierda… Y también creo que debiéramos privilegiar las relacio­nes con los países latinoamericanos, porque ahora se está haciendo todo lo contrario: se mira con muecas despectivas al compañero Evo Morales, o al compañero Correa. Se ataca al compañero Chávez. Se denigra a la compañera Kirchner de Argentina porque está apretando a los agricultores transandinos… Te digo, aunque no tenga datos… ¡por principio!… sostengo que los latifundistas son todos unos… de su madre. No quieren impuestos los tales por cuales… Y fíjate que ahora a la Betancourt la recibe el Papa y van a hacer una película con su «tragedia». ¡Cómo le dan alpiste a la prensa mundial, para que lucre y defienda a las derechas! Porque, mirándola bien, parece que a la Ingrid Betancourt los seis años que pasó en la selva le hicieron bastante bien, después de todo…

h) Orientaciones generales para una nueva izquierda

Salazar: Creo que te has referido in extenso sobre el «contexto histó­rico» dentro del cual podría surgir una nueva izquierda en el mundo actual; también te has extendido sobre cuáles deberían ser sus pivotes de partida (el ecologismo, la crítica frontal al neoliberalismo); has hecho asimismo un recorrido por las dificultades (enormes) que encontraría esa nueva izquierda para su eventual desarrollo, y has esbozado tam­bién ideas globales acerca de qué tipo de sociedad, Estado y democra­cia tendrían que construir los nuevos movimientos sociales (que, en tu opinión, constituyen de hecho la izquierda actual)… Te he estado con­trapunteando todo este tiempo —lo más armónicamente posible— tu exposición sobre todos estos temas, y creo que estamos en el momento preciso para especificar un poco más las ideas matrices o propuestas básicas que puedan caracterizar al Estado, la sociedad y la democracia en que estás pensando… Es claro que no es muy apropiado diseñar ya un completo programa político, pero sí es posible esbozar algunas orien­taciones generales que permitan marcar un norte común (una especie de bengala o estrella de Belén) y así contribuir a la convergencia de los movimientos y grupos tan dispersos que tenemos hoy…

Altamirano: Te voy a leer mis notas al respecto… 1) Debemos privi­legiar la democracia directa por sobre la representativa… esto es funda­mental. 2) Debemos privilegiar la descentralización del Estado por sobre el centralismo… 3) Debemos privilegiar los equilibrios ecológicos y de la naturaleza por sobre la voracidad de los intereses económicos (aunque no le guste a Frei Ruiz-Tagle). 4) Debemos privilegiar el gasto presu­puestario en educación por encima del gasto en defensa (empezando por eliminar el 10 por ciento de las ventas de cobre que se llevan los mi­litares). 5) Debemos privilegiar el desarrollo de los movimientos sociales por sobre la refundación de los partidos políticos… para acabar con la actual farándula. 6) Debemos fortalecer el Estado por sobre el mercado, para evitar la dictadura de las transnacionales. 7) Debemos privilegiar los derechos de la mujer por sobre los religiosos… es el colmo que le prohíban a las mujeres tomarse una pastillita después de… 8) Debemos privilegiar los derechos de los trabajadores por sobre los intereses de los capitalistas. 9) Debemos privilegiar los derechos de los indígenas por sobre el de los ladrones de tierras. 10) Debemos privilegiar la democra­tización de los medios de comunicación por encima de los monopolios periodísticos. 11) Debemos privilegiar a América Latina por sobre los demás países, y a Europa por sobre Estados Unidos. 12) Debemos pri­vilegiar en educación los principios de solidaridad por sobre los de la competencia individualista…

Salazar: Me parece que tus doce orientaciones expresan bien, en po­sitiva, los puntos de vista que has expresado antes más bien en dubita­tiva… Tú has expuesto bajo forma de decálogo lo que pudo también exponerse caracterizando lo que son internamente y la dirección que tienden a seguir los movimientos sociales de hoy… Son dos formas dis­tintas de exposición, pero, en todo caso, hay coherencia entre una y otra… Son, también, orientaciones generales que pueden ser válidas y aplicarse tanto en Chile como en otras sociedades…

Altamirano: Mira, yo diría que ser de izquierda o ser de derecha tiene enormes diferencias según sea el espacio y el tiempo histórico en los cuales uno habite. Indudablemente, no es igual ser de izquierda o ser de derecha en Sierra Leona, con menos de mil dólares per cápita, o en Alemania, con más de treinta mil. No es igual haber sido de izquierda o de derecha en los siglos XVIII y XIX, que en el siglo XXI. En los siglos XVIII y XIX la burguesía liberal fue sin duda una fuerza revolucionaria de izquierda, que combatió y utilizó incluso la violencia contra las fuer­zas conservadoras, monárquicas y clericalistas. Pero los valores e ideas políticas de la burguesía de entonces son radicalmente distintos a la de ahora. Esa burguesía era entonces más idealista, antiautoritaria, más ra­cional y tolerante de lo que es hoy…

Salazar: Deduzco también de lo que dices que el proletariado industrial de los siglos XVIII y XIX era profundamente distinto al del siglo XXI… El de entonces era una gran masa laboral explotada a vista y paciencia de todo el mundo, la plusvalía absoluta era extraída directamente de los salarios, vivía en barrios miserables y no tenía ingresos suficientes para in­tegrarse plenamente a la modernidad. El proletariado industrial de hoy es un grupo de trabajadores minoritarios, explotado mercantilmente a tra­vés del consumo de bienes de primera y segunda necesidad (a través del costo de la salud, de la educación, a través de los intereses usureros que se le aplican a las líneas de crédito que se le ofrecen)… cuando la plusvalía no se resta en el momento productivo —antes del pago de salarios—, sino en el momento del consumo —después del pago de salarios—… El viejo proletariado estaba iracundo por la explotación; el nuevo, está más bien obnubilado y aturdido por los problemas que le causa el en­deudamiento que le genera su nivel inflado de consumo que, a pesar de lo que parece, lo integra sólo simbólicamente a la modernidad… Ser de izquierda antes implicaba casi obligatoriamente ir a la lucha de clases… Hoy, ser de izquierda sin lucha de clases a la vista implica, casi siempre, agresión contra sí mismo o contra los que están más cercanos… La vio­lencia ha cambiado de signo y de objetivo…

Altamirano: Por eso, creo, la nueva izquierda no puede enfrascarse sin más en una nueva versión de la lucha de clases… Lo importante hoy día no es atacar al empresario industrial que está en la fábrica, en perso­na, sino al capital financiero y las transnacionales que, ni son personas ni están ahí delante de uno, ni son, siquiera, una «clase social»… Por eso mis «orientaciones» van en una dirección más amplia: atacan cubriendo un territorio mucho más extenso… no sólo al pelotón de patrones y policías que se atrincheran en la fábrica…

Salazar: Al sistema capitalista actual, globalizado e «inmaterializado» como tú dices, no cabe atacarlo al estilo general Baquedano: de frente y con la bayoneta calada, sino mediante un ataque cultural elíptico, envolvente, de acción sobre las ideas, las costumbres, los hábitos… que implica que deben ser los propios revolucionarios los que deben iniciar el cambio en sí mismos, en sus conductas y actitudes…

Altamirano: Lo que debería traducirse en un movimiento tendiente a profundizar el sistema democrático, sobre todo —como señalo en mis «privilegios»— a través de una democracia directa, plebiscitaria, con la que se puedan hacer transformaciones de gran envergadura. Un poco al modo de Evo Morales o de Chávez… No creo que la democracia direc­ta sea un impedimento, una muralla china que obstaculice el cambio social… si estamos viviendo cambios siderales todos los días… Igual­mente, creo que no se puede insistir en la idea de una nacionalización de todos los medios de producción que estén en manos privadas. En varios casos, sí, por ejemplo, en Chile debieran nacionalizarse todas las minas de cobre, porque con eso se duplicaría el ingreso del país nacio­nal. Porque Codelco está produciendo apenas el 22 por ciento de los ingresos totales por exportación… Pero no podemos iniciar una ola de estatizaciones a tontas y a locas, llegando hasta el nivel de las PYMES o de los pequeños propietarios. Sería inútil y, a la vez, una provocación política…

Salazar: Hacia 1920, el movimiento popular tenía claro que todas las empresas de servicio público (como el transporte, los teléfonos, el agua potable, la electricidad, la educación, la salud, la fabricación de alimen­tos de primera necesidad como el pan o la leche, etc.) debían estar, no estatizadas, sino municipalizadas. Y «municipalizadas», porque se supo­nía que las organizaciones populares —tipo mancomunal— podían y debían controlar por democracia directa los municipios, de modo que era el pueblo mismo el que administraba esas empresas… Hay mucho que aprender de la historia social de Chile. El problema trágico es que no se conoce ni se enseña…

Altamirano: La estatización y socialización de la educación me pare­ce fundamental. Lo mismo que la previsión. La educación, la salud y la previsión, sino son enteramente públicos, deberían estar en gran medida intervenidos, regulados, controlados y vigilados por el Estado. En cual­quier caso, la estatización o socialización de esos servicios es necesario hacerlo por una vía progresiva, de imposición cultural, por el peso de las convicciones… Sin lucha violenta, como exigía el viejo marxismo-leninismo…

Salazar: De acuerdo. Sin embargo, los movimientos sociales que se propongan conseguir esos objetivos tienen que actuar sobre la base de una razón histórica, sobre la base de una inteligencia social colectiva; es decir, una cultura flexible que se aboque a realizar esos objetivos con per­sistencia inflexible… Esto es: la dialéctica como método y como lógica no se puede dejar de lado. En este sentido, no se trata de ser marxista —como seguidor mecánico o autómata—, sino de pensar adecuándose a la realidad de hoy, del mismo modo como Marx pensó adecuándose a la realidad de ayer… Uno puede desprenderse del marxismo-leninismo, pero no de la dialéctica ni de la razón histórica…

Altamirano: Sí… No, para mí es evidente. El método dialéctico… y esas ideas relativas a la alienación social o enajenación en el consumo son ideas interesantísimas y vigentes. Y muy vigentes… Yo me apodero de la frase de este comunista italiano, Gramsci, que plantea la necesidad de realizar «una gran revolución intelectual y moral». Sin una revolución cultural, intelectual y moral, no sacamos nada con nacionalizar no sé qué industrias, no sé qué zapaterías.

Salazar: No se trata de editar la «vulgata» de las Sagradas Escrituras, sino de encender por dentro nuestro propio espíritu santo… El nuevo capitalismo y el mundo globalizado no están para ser reducidos a edi­ciones de bolsillo, o sublimados a tres o cuatro avemarías… Se necesita abrir un proceso de reflexión y comunicación consistente, persistente y penetrante. Estamos demasiado sumidos en nuestro propio ombligo dia­léctico, sin salir a reventar el aire de la ciudad. Nuestra voz se despliega apenas en cuchicheos, o en diálogos a puerta cerrada, como el nuestro. O en las tocatas de los hip-hoperos en un pasaje de población. Necesitamos difundir, alzar la voz, extender la reflexión social…

Altamirano: No tenemos grandes medios de comunicación a nuestro alcance. Estamos mudos o con mordaza. Apenas somos dueños de la conversación entre amigos. En otros tiempos teníamos medios para ha­cernos escuchar en todas partes, incluso durante los años ochenta, bajo la dictadura… cuando teníamos El Fortín Mapocho, la revista Análisis, la revista Hoy, la Página Abierta, el diario La Prensa… había sus seis o siete diarios y no uno ni dos. Pero desaparecieron. El pretexto que se da es que no había avisaje. No había ninguna publicidad. Y Faride Zerán dice que por eso mismo desapareció Rocinante… Pero allí estuvieron metidas algunas manos perversas, porque el Estado —cuando la Concertación de Partidos por la Democracia fue Gobierno— no apoyó ni protegió los medios de comunicación de orientación crítica. ¿Fue un acuerdo inscrito en las negociaciones de la transición? Es algo que nunca se sabrá, porque en Chile no hay prácticas regulares de desclasificación de documentos, como en Estados Unidos… aquí se convino tal vez que no habría denun­cias contra el saqueo de los bienes del Estado (lo señaló Olivia Monc­keberg en un libro muy documentado)… o sobre las ventas a vil precio de las empresas estatales… A mi amigo Flavián Levine le fue a decir un altísimo dignatario que la venta de la empresa estatal que él dirigía, que se liquidó a vil precio, no podía ser informada en detalle, porque existía un acuerdo con Pinochet… Pero en Chile no hay desclasificación de docu­mentos… De modo que lo que una prensa crítica pudo haber criticado, quedó oculto. Y para impedir que hubiera una investigación periodística a fondo, era conveniente que desapareciera la prensa libre…

Salazar: Y es la razón por la que se ha desarrollado por todas partes la historia oral, los encuentros de grupos críticos, la red de celulares, el chateo por internet, los diarios electrónicos, la lírica crítica de los raperos, el copucheo barrial de los dirigentes sociales, las radios po­pulares, la folletinería, etc. La oralidad social —sobre todo de la clase popular— se ha desarrollado enormemente (es muy notorio que las mujeres de pueblo sepan hoy hablar en público con una elocuencia que en tiempos de Allende no existía). Tal vez la vía oral no consigue, a través de sus circuitos interconectados, desclasificar los documentos públicos-secretos, pero consigue en cambio que nada del saber popu­lar quede empozado en un rincón de la conciencia individual. Esta red permite que todo lo popular se socialice, por un lado o por otro… Es importante que la nueva izquierda construya una red comunicativa formal, capaz de competir con la TV y la cadena de El Mercurio, pero mucho más importante es que aprenda a trabajar con la densa red oral que permite al pueblo estar comunicándose permanentemente consigo mismo… Es aquí y desde aquí donde puede construirse esa cultura social que puede consolidar por dentro una democracia di­recta y participativa. Estas redes no sirven tal vez para denunciar los escándalos ocultos de las élites dirigentes, pero sirven para consolidar el movimiento popular…

Altamirano: Claro que sí, y desde esta perspectiva se pueden mantener ciertos recuerdos y ciertos mitos… que es necesario mantener. Es bueno que sepamos reconocer nuestras derrotas en lo que tienen de derrotas, pero también en lo que tienen de gestas heroicas, esfuerzos enormes que, aunque fracasaron en un aspecto u otro, nos hablan de mística, de lucha, de fe… Por eso que en la cultura de la nueva izquierda no puede haber una condena ciega, total e inmisericorde, de la revolución y los Gobier­nos comunistas de la Unión Soviética, de China, de Vietnam, de Cuba… La Unión Soviética, por ejemplo, después de todo, sacrificó más de vein­te millones de hombres en la lucha contra el nazi-fascismo. Si no hubiera sido por eso, las llamadas democracias de Occidente no habrían podido derrotar a Alemania… La Unión Soviética ayudó a las clases trabajadoras de todo el mundo a organizar y luchar por sus objetivos a través de sus múltiples partidos comunistas. No se puede negar que el Partido Co­munista chileno, pese a su claro alineamiento con Moscú, contribuyó notablemente al desarrollo del movimiento obrero antes de 1973. Po­demos y debemos criticar el autoritarismo de los Castro en Cuba, pero sin desconocer para nada lo que significó la Revolución Cubana para el Tercer Mundo en las décadas de 1960 y 1970… Podemos criticar sin duda los excesos de Pol Pot y de la Revolución Cultural china, lo mismo que la invasión soviética a Hungría y Checoslovaquia, pero no podemos olvidar que, sin el marxismo-leninismo, sin el castrismo y el maoísmo, o tanto el nazi-fascismo como el capitalismo yanqui nos habrían aplastado mucho más aún…

Salazar: Totalmente de acuerdo. Las derrotas son derrotas, pero son ejemplos, testimonios vivos de acción y lucha. Y se encarnan en márti­res, héroes y pensadores que lo dieron todo por una causa que fue, a lo mejor, ineficientemente luchada, pero justa… Alimentan por tanto, con dolor pero con nobleza, la memoria histórica de los pueblos. El acervo cultural sobre el cual se puede conversar, poetizar y cantar; recordando, admirando, respetando. Es lo que realmente vale la pena transmitir, con pena pero a la vez con orgullo, a los hijos, a las nuevas generaciones. Esa tradición que no puede perderse en el olvido, que debe pasar de una generación a la otra como un cofre de identidad, como ceniza venera­ble de progenitores y antepasados. La memoria histórica de la «lucha de clases», aunque el concepto y la pertinencia práctica de ella ya no tengan la validez de antaño, da de todos modos, hasta hoy, identidad, sinergia cultural, sentido de pertenencia, sangre atesorada… que es el surplus anímico que sólo el movimiento popular puede tener, y que sólo la izquierda de todos los tiempos puede reclamar para sí, como la única «millonaria» herencia que le entrega la historia… Como la única bande­ra que simbolice algo más profundo que un mero territorio…

Altamirano: Y es por eso mismo que queremos fundar una «nueva» izquierda, no otra cosa. Es decir: un movimiento que tenga continui­dad —pero no repetición mecánica— con los movimientos del pasado. Porque en el mundo actual hay países ricos, países emergentes y países pobres que viven aún en la más absoluta premodernidad. El capitalismo globalizado contiene de todo: civilización posmoderna y culturas que son propias de la prehistoria. Y si en Europa o en América Latina la lucha por la «independencia» ya no tiene sentido, y si incluso la «lucha de clases» ha perdido validez, hay países en África, en Asia y hasta en América Latina que necesitan luchar por su independencia, y otros que necesitan activar la lucha de clases. Por eso, si criticamos aquí o allí la validez de ciertas te­sis dogmáticas del marxismo-leninismo, debemos reconocer también que allá y acullá esas tesis pueden, local y contextualmente, tener aplicación. Nuestra nueva cultura revolucionaria no puede ser ni sectaria ni unilate­ral, sino incluyente, acogedora, plural y, siempre, solidaria. La revolución que avizoramos hacia adelante —hemos dicho ya más de una vez— tiene que ser esencialmente inteligente, flexible y global. Diversificada interna­mente, pero inclaudicable en su modo de avanzar…

Salazar: … Amén…

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1.-  Conversaciones Con Carlos Altamirano. Gabriel Salazar, Edit.: Random House Mondadori (Debate)

25
Sep
10

La gente consume por que le ofrecen créditos

El canal de noticias 24 Horas Cable, a raíz del evento presidencial que juntó las estatuas de José Miguel Carrera y Bernardo O’Higgins como un símbolo de unidad nacional, invitó al premio nacional de historia 2006, Gabriel Salazar, para analizar esta medida, y además, darle una vuelta a estos doscientos años de historia republicana. La entrevista, fue realizada por los periodistas Mónica Rrincón y Davor Juranovic que, un poco incómodos, vierón como el académico desmitificaba algunos de los grandes hitos de la historia de Chile. La entrevista dura casi 20 minutos, y se puede descargar desde aquí:

http://www.24horas.cl/videos.aspx?id=87206&tipo=410

22
Sep
10

Premios Nacionales y la Huelga de Hambre de Comuneros Mapuche

El pasado 15 de septiembre, seis prestigiosos intelectuales chilenos, todos ellos premios nacionales, enviaron una carta al presidente de la república Sebastián Piñera. En la misiva, los académicos hacen un llamado al gobierno a entablar una mesa de diálogo con los comuneros en huelga de hambre, tendiente a allanar caminos que permitan acabar con la discriminación que por años viene sufriendo el pueblo mapuche, y que se expresa en la aplicación de la ley antiterrorista contra ellos. Es preciso recordar, que a la fecha, los Presos Políticos Mapuche llevan 73 días en huelga de hambre y sus demandas no parecen en ningún sentido desproporcionadas, sólo piden tres cosas: fin a la aplicación de ley anti terrorista en contra de ellos; que se les juzgue en tribunales civiles, hoy son juzgados por tribunales civiles y militares conjuntamente; y por último, que se impida a la fiscalía presentar testigos encubiertos o sin rostro.

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Santiago, 15 de Septiembre de 2010

Señor:
Sebastián Piñera Echenique
Presidente de la República
Presente

Los Premios Nacionales:
Nos encontramos profundamente conmocionados por la prolongada huelga de hambre de 34 mapuches, privados de libertad e imputados de la comisión de actos terroristas, perseguidos ante la Justicia ordinaria y militar. Nos dio cierto aliento el conocer de su reunión con dirigentes de los partidos políticos que se encuentran representados en el Parlamento y el anuncio de proyectos de leyes que podrían resolver la interpelación que nos hacen a la conciencia nacional los 34 mapuches que han puesto el sacrificio de sus cuerpos, privados de alimentos por más de sesenta días, para que en sus casos se haga justicia.

Ningún chileno puede permanecer indiferente frente a tal situación, menos en el tiempo histórico que nos encontramos y que nos habla de nuestras raíces, de nuestro ser nacional, de nuestro surgimiento como nación independiente en el concierto internacional.

Los pueblos originarios, especialmente el pueblo mapuche, forman parte indisoluble del ser chileno. Chile no sería Chile, ni los chilenos, chilenos propiamente tales, si no reconociéramos en nosotros el legado cultural de un pueblo que el dominador extranjero consideró valiente y heroico; de una dignidad y temple frente a la adversidad admirable. En la sangre de nuestros hermanos mineros que hoy aún subsisten bajo tierra está la herencia mapuche, aquella que forma carácter, y que define la identidad, de nuestros pueblos originarios.

Nos avergüenza y nos cuesta entender que sobrevivan y se les aplique leyes tan aberrantes como la ley antiterrorista, basada en presunciones en materias penales, que distorsionan absolutamente la naturaleza y veracidad de los hechos, y lesionan el derecho de todo ser humano a ser juzgado en forma justa, en directa relación y proporción con los actos efectivamente cometidos y no presumidos. La sola existencia de esta ley le da plena justificación moral al acto de sacrificio personal de estos 34 mapuches que hoy claman, no por la impunidad, sino simplemente porque se les juzgue por los daños o perjuicios que ellos hubieran efectivamente cometido y según las penas previstas en la legislación común para la comisión de dichos perjuicios y daños, sin aplicarles el superlativo de “terroristas” a actos que, según el derecho penal ordinario internacionalmente reconocido, no revisten tal carácter.

No podemos dejar de señalar que los proyectos de leyes anunciados para reformar esta legislación, no resuelven lo fundamental: que es restablecer la verdad sobre la naturaleza de los actos que se imputan a los 34 reos mapuches. Es un agravio a la razón, a la realidad, atribuirles el carácter de terroristas. Esta imputación es una mentira inaceptable, ellos sólo luchan por sus derechos ancestrales, utilizando los métodos históricos de resistencia ante los abusos cometidos, primero por el Imperio Español y luego por el Estado chileno. Este último es el que se ha encargado sistemáticamente de estigmatizarlos frente a la opinión pública nacional, criminalizando sus protestas políticas y sociales al calificarlas de terroristas.

Señor Presidente, usted era miembro del Senado cuando se aprobó la Ley Indígena. Lo invitamos a examinar las intervenciones parlamentarias que dan cuenta de las aberraciones y el desamparo que sufrieron los ascendientes del pueblo mapuche hoy en huelga de hambre: pillaje, robos, asesinatos, ocupaciones ilegítimas de sus tierras y tantos otros latrocinios, de los que hoy Chile entero se avergüenza. No podemos aceptar que aquellos -que sufrieron ayer en carne propia el terrorismo de Estado, en actos reconocidos por los propios parlamentarios, además de excluirlos y marginarlos de la sociedad, la que los instaba a renunciar a su identidad- sean hoy acusados de terroristas, cuando sólo reclaman sus tierras, sus derechos culturales, su reconocimiento constitucional como pueblo.

La única vía justa y rápida que podría resolver este dolor que traspasa nuestra alma nacional es que se modifique la Ley Indígena en términos de que los actos de reivindicación de sus derechos -reconocidos por la propia ley y el Convenio Nº 169 de la OIT, vigente actualmente en Chile-, y que se estimen penalmente reprochables sean procesados conforme a la ley penal común y los tribunales ordinarios de Justicia.

A su vez, nos parece moral y políticamente inaceptable exigir la deposición de la huelga de hambre como condición para encontrar una solución. Esa huelga de hambre no puede ser considerada como medida de presión, – porque la presión la ejercen sólo quienes tienen algún poder -, sino como la acción de quienes, careciendo de poder, echan mano de sus propios cuerpos, ejerciendo violencia contra ellos mismos, porque no tienen otro medio de hacer valer su voz en una causa que ellos y muchos estimamos como justa. Por lo que le pedimos encarecidamente acceda a la brevedad a abrir una mesa de diálogo, como es la solicitud de los comuneros en huelga, conducente a aceptar sin más dilación su legítima demanda de justicia.

Sólo así podremos resolver el drama nacional presente. De otra manera, Chile no podrá celebrar su Bicentenario.

Atentamente,

Castillo Velasco, Fernando
Premio Nacional de Arquitectura 1983

Salazar Vergara, Gabriel
Premio Nacional de Historia 2006

Uribe, Armando

Premio Nacional de Literatura 2004

Vila, Cirilo

Premio Nacional de Música 2004

Maturana, Humberto
Premio Nacional de Ciencias 1995
Núñez, Lautaro
Premio Nacional de Historia 2002

17
Sep
10

Historiadores chilenos enjuician el Bicentenario

“Se da inicio a las festividades,
buenas o malas, fastuosas o pobretonas
(humildes pero cariñosas), invariablemente autocongratulatorias, 
pero ¿cómo se acallan también las inevitables críticas
que suelen acompañar o seguir a estos arranques
de efusividad extrema”.
(Alfredo Jocelyn-Holt)*

Suelo escuchar el podcast del programa radial Desde Zero, que conducen los periodistas Claudia Álamo, Patricio Fernández y el profesor y escritor Rafael Gumucio, en el que como en muchos otros de la mañana se comentan los hechos más relevantes de las noticias. Esta semana, a raíz del Bicentenario, Gumucio entrevistó a varios historiadores chilenos: Gabriel Salazar, Claudio Rolle, Alfredo Jocelyn-Holt, Sofía Correa Sutil y el controvertido Premio Nacional de Historia 2010 Bernardino Lira Bravo. En lo personal, me parece interesante el trabajo de confrontar las diferentes visiones  de estos 200 años de vida independiente, de la mano de aquellos que se dedican a su estudio; por lo que invito a escucharlos y a reflexionar en este Bicentenario.

“El Mito de la Caverna”

Gabriel Salazar, Se graduó en historia en la Universidad de Chile, realizando paralelamente estudios en filosofía y sociología. Después del golpe de estado de 1973, estovo detenido Villa Grimaldi hasta 1976, partiendo exiliado al Reino Unido, país donde continuó sus estudios para doctorarse en Historia Económica y Social en la Universidad de Hull. En Chile, a partir de 1985, comienza una sólida producción en torno a la historia social chilena, la que le valió el reconocimiento indiscutido de sus pares otorgándole el Premio Nacional de Historia 2006. Entre sus obras más reconocidos de encuentran: Ser niño “huacho” en la historia de Chile (1990), Labradores, peones y proletarios (1986), Construcción de Estado en Chile (2005), Del Poder Constituyente de Asalariados e Intelectuales (2009), Mercaderes, empresarios y capitalistas (Chile, siglo XIX) (2009), Del Poder Constituyente de Asalariados e Intelectuales (2009), entre otros.

Escuche aquí la entrevista.


“Estamos viviendo una etapa de sueños”

Claudio Rolle, es licenciado en historia de la Pontificia Universidad Católica, y doctor en historia de la Universidad de Degli Studi di Pisa. Su labor profesional se centra en el estudio de la historia de Europa y de la historia de la música popular, siendo parte del Programa de Estudios Histórico-Musicológicos de Universidad Católica. Entre sus publicaciones, destacan: La idea de la paz y los movimientos pacifistas europeos a fines del siglo XIX y comienzos del XX (1988), Historia del Siglo XX chileno (2001), La Vida Cotidiana de un año crucial (2003).

Escuche aquí la entrevista.


“Es bueno celebras 200 años de república”

Sofía Correa Sutil, estudió Pedagogía en Historia en la Pontificia Universidad Católica, para luego sacar un Ph.D en Historia en la Universidad de Oxford. Se desempeña como Académica de Derecho en la Universidad de Chile en el Pregrado y Doctorado. Entre sus trabajos se encuentran: Chile en el siglo XX (1990), Documentos del siglo XX chileno (2001), Con las riendas del poder: La derecha chilena en el siglo XX (2005), Ciudadanos en Democracia. Fundamentos del sistema político chileno (2010).

Escuche aquí la entrevista.


“Hoy día en la Araucanía hay una ocupación militar”

Alfredo Jocelyn-Holt, estudió Historia del Arte en la Universidad Johns Hopkins, donde obtuvo también un Máster en Estudios Humanísticos. Regresó a Chile en 1979 y en 1990 se tituló de Licenciado en Derecho en la Universidad de Chile. Además recibió el título de Doctor en Historia de la Universidad de Oxford en Inglaterra, el año 1992. Entre sus obras más relevantes se encuentran: La Independencia de Chile: tradición, modernización y mito (2009). Historia General de Chile, Tomo III, II y I: (2000 – 2008). El peso de la noche: nuestra frágil fortaleza histórica (1999). El Chile perplejo: del avanzar sin transar al transar sin parar (1998).

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“Al chileno le gusta un gobierno fuerte, eficiente y realizador”

Bernardino Bravo Lira, estudió Derecho en la Pontificia Universidad Católica de Chile, titulándose como abogado en 1965. Posteriormente realizó estudios de postgrado en la Universidad de Münster. Este año 2010, recibió el Premio Nacional de Historia, despertando la controversia de sus pares debido a sus posturas conservadoras y sus vínculos con la dictadura de Pinochet. Entre sus publicaciones destacan: Fundamentos del Derecho Occidental (1970), Imagen de Chile en el siglo XX (1988), Editor Portales, el hombre y su obra. La consolidación del gobierno civil (1989).

Escuche aquí la entrevista.

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* “La cueca del Bicentenario o la fiesta recién comienza” Alfredo Jocelyn-Holt, La Tercera, 12 de septiembre de 2010.

11
Sep
10

Declaración de Cientistas Sociales en relación a la huelga de hambre de 34 presos mapuche

Al igual que los historiadores chilenos, un grupo de de Cientistas Sociales de cuatro universidades del sur de Chile han entregado una declaración pública en apoyo a las demandas de la nación mapuche, at portas de la celebración del bicentenario. En Chile, la llamada intelligentsia criolla está empezando a marcar  distancias con el discurso oficial que transmiten los grandes medios de comunicación de masas que, en forma reiterada, manejan una agenda informativa particularmente sesgada e interesada. Esta actitud, reveladora de un país que empieza a cuestionarse y a disentir con las armas de la razón le hace muy bien a la sociedad; ahora bien, la actitud de los cientistas  sociales debiera servir de guía a otras áreas del acontecer académico del país, como los abogados, cientistas políticos de las Universidades de Santiago.

A continuación, se reproduce en forma extensa la declaración:

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Declaración de Cientistas Sociales en relación a la

huelga de hambre de 34 presos mapuche

A las comunidades regionales, a la sociedad chilena, al gobierno, al Estado y a los pueblos indígenas:

Los  cientistas sociales y académicos de la educación superior de cuatro universidades del sur de Chile, abajo firmantes, deseamos expresar nuestra opinión por la situación que atraviesan desde hace más de 50 días 34 presos mapuche en huelga de hambre en las cárceles de Concepción, Temuco, Angol, Lebu, Valdivia y Chol Chol.

Estamos convencidos que la situación actual del pueblo mapuche y sus demandas son ecos de una situación de injusticias históricas, así como a la reiterada falta de comprensión intercultural y a la lógica de negación del que ha sido objeto por parte del Estado, de la sociedad chilena y de sus instituciones. Todas las investigaciones que los cientistas sociales llevamos adelante en la macrorregión sur permiten demostrar el modo concreto en que se han llevado adelante estos procesos de negación y subordinación del pueblo mapuche a través de una larga historia de desencuentros.

Asimismo, esta situación sociohistórica se torna mucho más compleja en la medida que el modelo económico predominante no se ajusta o es contrario a las dinámicas específicas de las comunidades indígenas, obligándolas a vivir de un modo marginal y en situación de pobreza estructural, o en su defecto a buscar en la migración la solución particular a esta situación de pobreza endémica. Con esto la sociedad global pierde la oportunidad de que parte de sus habitantes contribuyan al desarrollo democrático y justo de este país.

Desde hace algunas décadas, asistimos en estas regiones a un proceso de creciente organización de las comunidades mapuche, lo que permite avizorar nuevos modos de liderazgo y participación política que son esenciales para una superación de la situación de pobreza, así como acontece entre todos los pueblos indígenas de América Latina, y tal como lo reconocen la Declaración de Naciones Unidas sobre Derechos de los Pueblos Indígenas y el Convenio 169 de la OIT, ambos instrumentos suscritos por el Estado Chileno.

Distintas instancias internacionales y nacionales, como la Relatoría de Naciones Unidas sobre Derechos y Libertades Fundamentales de los Pueblos Indígenas, el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas y sus órganos de tratados y el recién creado Instituto Nacional de Derechos Humanos de Chile,  han planteado la necesidad que el Estado chileno reconozca y respete los legítimos derechos de los pueblos indígenas en Chile, así como la necesidad de no criminalizar la protesta social mapuche, como lo demandó el Relator Especial de Naciones Unidas Rodolfo Stavenhagen tras su visita del año 2003.

Por lo mismo, una situación histórica tan compleja como la vivida en estas regiones, en sus dimensiones económicas, políticas y culturales, no puede intentar resolverse por medio del uso de instrumentos jurídicos, como la ley antiterrorista, que no son adecuadas ni para la sociedad chilena ni para las movilizaciones y demandas de los pueblos indígenas.
Consideramos que es tiempo de avanzar hacia un Estado profundamente democrático que al celebrar sus 200 años de vida republicana se reconozca como un país multicultural. Y en este sentido reconocer los derechos de los pueblos indígenas sobre sus tierras y territorios ancestrales, en particular sus demandas de participación política, consulta y autonomía cultural y económica como otros países democráticos lo han asumido. En este sentido, la estructura jurídica nacional necesita avanzar en los lineamientos propios de una “política del reconocimiento”, que busque fortalecer los derechos universales y diferenciados de las personas y comunidades.

Reafirmamos que los pueblos indígenas de Chile, y los mapuche en particular, sean reconocidos en su aspiración a vivir en una país multiétnico, exentos de discriminación y exclusión, donde se les reconozcan sus derechos específicos, su historia y conocimientos ancestrales, sus formas de vida y sus proyectos políticos, económicos y sociales.

Como académicos sostenemos que en este Chile del Bicentenario es fundamental que la sociedad y el Estado chileno se abra al reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas porque sólo de esta manera lograremos construir una sociedad chilena efectivamente democrática, basada en la diversidad y donde la diferencia sea un valor y no un estigma negativo muchas veces basado en la discriminación.

Hacemos un llamado urgente a las autoridades, a los poderes del Estado, a los pueblos indígenas y a todas las instituciones y organizaciones civiles para que agoten todas las alternativas posibles que lleven esta situación tan extrema a buen término. Convocamos a los distintos actores a sumarse a una mesa de trabajo con el fin de encontrar puntos de acuerdo. Es hora de dialogar, está de por medio el respeto a la vida, la dignidad de las personas y los derechos fundamentales consagrados en la normativa nacional e internacional.

Académico(a)s firmantes
Karen Alfaro Monsalves, historiadora
Paula Alonqueo, psicóloga
Amaya Alvez, abogado
Andrea Aravena, antropóloga
Maya Arnao, antropóloga
Clara Ahumada, antropóloga
Manuel Baeza, sociólogo
Álvaro Bello, antropólogo
Marcelo Berho, antropólogo
Gustavo Blanco, sociólogo
Vilma Bragado, antropóloga
Alejandra Brito, historiadora
Noelia Carrasco, antropóloga
Bernardo Castro, sociólogo
Beatriz Cid, socióloga
Rodrigo Contreras, antropólogo
César Cuevas, biólogo
Fernando Díaz, teólogo
Alejandra Donoso O., antropóloga
Douzet María T., socióloga
Jaime Flores, historiador
Nicolás Gissi, antropólogo
Claudio González, sociólogo
Yanko González, antropólogo
Debbie Guerra, antropóloga
Alejandro Herrera, antropólogo
Fabien Le Bonniec, antropólogo
Alfonso Llancaqueo, profesor
Rosamel Millamán, antropólogo
Roberto Morales, antropólogo
Rodrigo Moulián, antropólogo
Ximena Navarro, arqueóloga
Ricardo Oyarzún, antropólogo
Ana María Oyarce, antropóloga
Blaise Pantel, sociólogo
Jorge Pinto, historiador
Maria Pia Poblete, antropóloga
Andrea Ponce, arqueóloga
Viviana Ramírez, antropóloga
Claudio Robles, historiador
Nabil Rodríguez, antropólogo
Fernando Robles, sociólogo
Jorge Rojas, sociólogo
Andrés Roldan, sociólogo
Gonzalo Saavedra, antropólogo
Ricardo Salas, filósofo
Lucía Saldaña, socióloga
Mario Samaniego, filósofo
Lilian Sanhueza, trabajadora social
Jeanne Simon, cientista  política
Juan Carlos Skewes, antropólogo
Maria Eugenia Solari, antropóloga
Sergio Toro, cientista político
Jorge Troncoso, antropólogo
Alvaro Ugueño, antropólogo
Olga Vásquez, antropóloga
Luis Vivero, trabajador social
Francisco Vega, cientista político
Guillermo Williamson, educador
José Manuel Zavala, antropólogo
Lionel Zúñiga, sociólogo
Académicos nacionales:
Tatiana Araya, antropóloga
Marcelo Ávila Inostroza, sociólogo
María Inés Arribas, arquitecto
Mónica Bahamondes, antropóloga
Miguel A. Barrera Muñoz, profesor y psicólogo
Florencia Barrientos, educadora
Mercedes Barros Saavedra, profesora
Eva Carmona, antropóloga
Patricia Castañeda, educadora
Inés Rossana Ciorino Navarro, trabajadora social
Tatiana Cisternas, educadora
Natalia Cuéllar Díaz, actriz y profesora.
Catalina Chávez Carrasco, psicóloga
José Alberto de la Fuente, profesor y presidente del Sindicato de Trabajadores UCSH.
Alberto Díaz, etnohistoriador
Tatiana Díaz, educadora
Leonora Díaz, educadora
Sofía Druker,  antropóloga

Paulina Fernández Moreno, psicóloga

Ana María Figueroa, educadora
Lorena Fries, abogada.
Antonio García, antropólogo
Marcos García de la Huerta, filósofo
Gladys Geisse  educadora
Wendy Godoy Ormazabal, trabajadora social
Nicolás Gómez Nuñez, sociólogo
Felicia González, educadora
Valeria Herrera,  educadora
Cristina Hurtado, filósofa,
Nolfa Ibáñez, educadora
Mario Lagomarsino Barrientos, sociólogo
Margarita Lira, antropóloga
Francisca Marquez, antropóloga
Oscar Mendoza, antropólogo
Patricia Morales, educadora
Claudio Muñoz, educador
Eugenia Muñoz Piña, economista
Andrea Peroni, socióloga,
Rolando Pinto, educador
Mario Ociel, antropólogo
Ana María Oyarce, antropóloga
Virna Osses Marchant, educadora
Jaime Retamal, filósofo
Gonzalo Reyes, psicólogo
María Angélica Rodríguez Llona, asistente Social
Javier Romero Ocampo, sociólogo y psicólogo
María Soledad Rodríguez, educadora
Pablo Salvat, filósofo
Andrea Seelenfreund, arqueóloga
Rodrigo Sepúlveda, antropólogo
Ignacio Schiappacasse, economista
Angela Soteras, educadora
Ethel Trengove Thiele, profesora
William Thayer, filósofo
Jorge Vergara Estévez, filósofo
Verónica Verdugo Bonvallet, trabajadora social
Paula Vidal Molina, asistente social


Académicos extranjeros:
Ana M. Álvez, Universidad del Comahue
Hermes Benítez, Canadá
Alcira Bonilla, Universidad de Buenos Aires
Carlos Cullen, Universidad de Buenos Aires
Juan Carlos Iglesias, Uruguay
Agustín Lao-Montes, Universidad de Massachussets
Guillermo Mac Lean, Universidad de Costa Rica
Patricia Monsalve, Universidad de Buenos Aires
Héctor Ortiz, UNAM
Carlos Pérez Z.,  Universidad de Rio Cuarto
Enrique Puchet, Universidad de la República
Horacio Riquelme, Universidad de Hamburgo
Rodolfo Stavenhagen, Colegio de México
Fidel Tubino, Pontificia  Universidad Católica de Lima
Sirio López, Universidad de Río Grande

10
Sep
10

Profesorado y trabajadores: Movimiento educacional, crisis educativa y reforma de 1928

En la página del Laboratorio de políticas Públicas de la ciudad de Buenos Aíres (LPP), aparece un interesante ensayo de la historiadora chilena Leonora Reyes Jedlicki, en el que aborda el proceso que gestó la reforma educativa chilena de 1928. El texto da cuenta, no sólo de la maduración del gremio de los profesores como un actor social relevante, sino también el equilibrio entre propuestas de mejoramiento económico y propuestas de cambio al modelo educativo imperante en la época. Los docentes del centenario patrio, fueron capaces de prever la ineficacia del modelo pedagógico impuesto por las oligarquías del siglo XIX y principios del XX, sino que, además, proponer al país un modelo pedagógico nuevo, que se adelantó en años a la discusión moderna.

Creo que en estos tiempos de escaza discusión, se hace necesario leer el reconfortante relato de la profesora Reyes, por lo cual transcribo íntegramente el documento.

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Profesorado y trabajadores:

Movimiento educacional, crisis educativa y reforma de 1928

Leonora Reyes Jedlicki (1)


Existe en nuestro país un nutrido entramado histórico de movimientos sociales y de educadores que, a pesar de su diversa procedencia social y cultural, así como sus especificidades históricas particulares, desde principios del siglo XX –con períodos de subsidencias y emergencias– ha ido articulando un proyecto educativo fundado en la relación de la escuela con la comunidad, teniendo como horizonte la democratización de la sociedad, en función de devolverle a los sujetos su capacidad deliberativa en las decisiones atingentes al gobierno educativo y comunitario.

A fines del s. XIX y durante la primera parte del s. XX, en pleno auge de la “cuestión social” (2) diversos grupos de base ensayaron experiencias pedagógicas de carácter experimental y auto-gestivo (3). Entre ellas cabe mencionar las Escuelas Federadas y Racionalistas de la Federación Obrera de Chile (FOCH), las Escuelas Libres y Racionalistas de las organizaciones obreras anarquistas, la propuesta de Reforma Integral de la Enseñanza Pública impulsada por la Asociación General de Profesores de Chile (AGP), la Universidad Popular Lastarria de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, y, por qué no, los Círculos de Estudio organizados por el Padre Fernando Vives en contra de los intereses del Partidos Conservador y la autoridad eclesiástica. Dichas experiencias emergieron con fuerza, relativa autonomía y progresiva sistematicidad en el contexto del agravamiento de la crisis social provocada por la deslegitimación de la clase política y la ausencia de una legislación laboral y social satisfactoria para los sectores asalariados y sus familias.

El presente artículo se concentrará en relevar algunos de los aspectos fundamentales de las propuestas provenientes de dos movimientos sociales: el profesorado y los trabajadores, los que durante la década de 1920 se aunaron en una crítica al monopolio estatal en la educación pública. Nos referimos específicamente a dos organizaciones representativas de esta corriente: la Asociación General de Profesores y la Federación Obrera de Chile. Estas propuestas fueron capaces de congregar y ganar la simpatía de un amplio sector de la sociedad, influyendo con sus agendas de reforma en la legislación y la organización del sistema educativo. Paradójicamente y debido al éxito que alcanzaban se convirtieron en un elemento de cuidado para el Estado, siendo desconocidos, desarticulados y perseguidos. Sin embargo, esta experiencia que congregó a los docentes y obreros de Chile a principios del s. XX, sentó las bases intelectuales de lo que serían los procesos de experimentación y reforma educativa que continuarían cimentando la acumulación de un saber pedagógico y su constante desarrollo.

Asociación General de Profesores de Chile

y la versión local de la Escuela Nueva

Desde el siglo XIX que el profesorado del sistema de instrucción primaria tuvo que enfrentar una realidad tensionada entre lo que se le exigía socialmente y las posibilidades reales de gestión que le dejaba la ley, es decir, decidir cómo, por qué, a quiénes y para qué educar. En las tres primeras décadas del siglo XX, comenzó, lenta pero expansivamente, su intervención en la escena pública como un actor visible y proponente. Además, convocó a huelgas y organizó congresos llegando a poner en jaque el modelo de Estado Docente vigente hasta ese entonces (4).

Los maestros pidieron cada vez más grados de participación y de mejoramiento en sus condiciones laborales, asumiendo un discurso crítico sobre las prácticas autoritarias y centralistas insertas en la tradición escolar. Exploraron una dimensión social de democracia que buscaba los nexos con el entorno de la escuela, pero también ensayaron nuevas formas de administración escolar (incorporando la participación del profesorado en su decisión, gestión y producción) y de enfrentar los problemas del aula o del establecimiento, promoviendo la autoinvestigación docente y la reflexión colectiva sobre la práctica pedagógica.

Dentro de este contexto surgió y se planteó el “modelo radical de reforma” de la Asociación General de Profesores (5). Más allá de una mejora en sus condiciones laborales y salariales, los docentes proponían una renovación profunda a los cimientos epistemológicos del sistema educativo. Ésta se nutrió de las ideas del movimiento europeo-norteamericano de la Escuela Nueva concentrado en las especificidades de la personalidad del niño y sus habilidades prácticas e intelectuales (6). En el centro de esta nueva concepción pedagógica estaba “el niño como un ser distinto del adulto”, tenía su propia inteligencia, identidad y personalidad. El niño debía concebirse entonces como lo que era: un ser en crecimiento. Los fundadores de la “escuela vieja” habían planeado su organización, sus métodos y procedimientos, sin conocer realmente al niño. Lo que se había hecho era en realidad una escuela para “hombres chicos”.

Pero también incidieron las corrientes educativas emergentes en América Latina, especialmente de José Vasconcelos en México; quien encabezaba la implementación de un sistema educacional que había abolido las distinciones de clases; de José Carlos Mariátegui en Perú, quien lideraba una nueva concepción pedagógica sintetizando la visión indígena de la clase obrera y de los maestros peruanos, oponiéndose a la visión del educando como mero destinatario de la educación e incorporándolo como parte activa del proceso de enseñanza-aprendizaje; del movimiento reformista universitario de Córdoba, que había propuesto reformas radicales al interior de la Universidad; de las corrientes anarco-sindicalistas y anti-partidarias obreristas ajenas a la influencia pro-soviética (7).

Los maestros asociados asumieron que el problema pedagógico era algo que no debía ser parcelado del instante social que vivía el país. Era necesario para un real cambio en las concepciones y prácticas educativas que el profesor, concebido hasta entonces como un receptáculo de metodologías pedagógicas, pasara a ser un sujeto que se interesara por los asuntos de la colectividad. De esta manera, el docente basaría su práctica educativa sobre una concepción filosófica y orientación social que nunca dejaría de ver al niño como el centro de la educación y de velar para que viviera su infancia en plenitud.

La Escuela Nueva en tanto “escuela-vida”, una “célula palpitante del organismo nacional”, no podía pertenecer sólo a los maestros. La escuela debía ser en primer lugar de los niños y de sus padres, de los obreros, industriales, agricultores, profesionales, periodistas. Los vecinos deberían acercarse a la escuela y participar de ella, porque para la AGP, la educación era, antes que nada, un problema social, de la colectividad, en palabras de Luis Gómez Catalán “el más grande de los problemas humanos” (8).

La Escuela Nueva además reconocía que el niño era un ser inquieto y activo. Por eso también se conoció como Escuela Activa, definiéndola como “un lugar que tendría el mínimo de salas, sólo las indispensables para ciertas clases que requieren escritorios. La verdadera enseñanza se daría en los talleres y en los campos de cultivo y de crianza, la verdadera escuela sería la que más se acerque a la naturaleza, la que tuviera el cielo por techo y el césped y la arena por pavimento, el horizonte por ventana y las flores, los frutos y los insectos, y los árboles por libros de estudio” (9).

De esta forma se gestaba en el Chile de las primeras décadas del siglo XX el primer movimiento crítico público frente al modelo de escolarización oficial. El viejo modelo de educación pública elitista, segregatorio y centralizado era cuestionado en su orden, en su práctica y en su ideología. Ni los debates pedagógicos como el de 1912 o las Conferencias sobre Educación Popular organizadas por “El Mercurio” en 1913; ni las obras escritas por los grandes educacionistas de la época como Darío Salas, Francisco Encina, Luis Galdames o Enrique Molina; ni las iniciativas filantrópicas como las Escuelas Nocturnas privadas para obreros, revirtieron este proceso. Desde las autoridades la solución se buscó, por medio de un consenso inter-élites, la dictación de la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria (1920). A pesar de ello, corrió la misma suerte que las alternativas anteriores.

Las Escuelas Federales Racionalistas de la

Federación Obrera de Chile

Al igual que los maestros primarios agrupados en la AGP, la FOCH declaró al unísono “el fracaso de la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria” (10). En primer lugar, la Ley no había resuelto, entre otras cuestiones, la insuficiencia de escuelas en relación “a la enorme cantidad de niños que debería ir a ellas”. Y aunque hubiera suficientes ocurriría que “los niños, en su inmensa mayoría, no podrían concurrir pues carecían de vestidos, de alimentos y de útiles” (11). En segundo lugar, tampoco había resuelto, ni resolvería el problema del analfabetismo: su “rodaje enteramente centrista” desatendía en forma lamentable la educación en las distintas regiones del país. En tercer lugar, las Juntas Comunales –aquellas llamadas a hacer cumplir la obligación escolar– en muchas partes no estaban constituidas y en otras sus miembros eran “incapaces, negligentes, politiqueros o sectarios” (12). En cuarto lugar, las municipalidades no daban cumplimiento a las obligaciones que le imponía la Ley “y a los fondos que deben destinar anualmente para fundar escuelas, le dan otro destino” (13). Por último, exigieron que el Consejo de Educación Primaria, encargado de vigilar y direccionar la educación primaria, debía estar “completamente libre de la influencia política y sectaria y religiosa y asegurar a la mujer una representación proporcional a su sexo” (14). Demandaron participación con poder de decisión en aquel Consejo porque querían imprimirle “valores” democráticos a la enseñanza. Para eso el pueblo debía estar representado en su seno y exigieron la presencia de un obrero dentro de éste (15).

La enseñanza oficial, según decían, preparaba al niño “para la perpetuación del injusto régimen social en el que vivimos, y lo hace en forma sistemática,  encadenándole el espíritu hacia la vida en el pasado” (16). La escuela fiscal dependiente de la política estatal llegó a verse como la principal causa de la atrofia intelectual de los niños hijos de trabajadores y trabajadoras, y como una vía para “conservar el orden vigente”. A través de las páginas del principal órgano de prensa de la FOCH puede leerse que:

“En vez de ampliar los conocimientos de los niños, estrecha el círculo de ellos a fin de limitar las ansias naturales de libertad de los descontentos. De ese modo se somete al hombre a tolerar el injusto y criminal régimen social en que los débiles son mantenidos ahora por toda clase de medios. Por tanto la escuela del Estado y la sectaria de todos modos atrofian las facultades intelectivas del niño para que puedan subsistir castas” (17).

La indignación se concretizaba en una toma de distancia de la “escuela burguesa”. Al mismo tiempo, fue abonando terreno para que naciera lo nuevo. Y lo nuevo implicaba subvertir el orden vigente, es decir, crear escuelas propias. Así fue como de la negación se pasó a la afirmación.

La FOCH se planteó la creación de las “Escuelas Federales Racionalistas” desde la necesidad de “abrir escuelas para la instrucción primaria de los descendientes i hermanos de los federados”, así como de establecer “cuantos otros medios sean útiles al progreso moral, material e intelectual de los federados i de los obreros en general, i al perfeccionamiento en el ejercicio de los oficios” (18). Respecto de los medios proponía: “escuelas, talleres de enseñanza profesional, bibliotecas y teatros, salas de audiciones musicales o de conferencias, gimnasios o cualquier otro medio educacional destinados a hombres mujeres y niños”. (19)

Las Escuelas Federales Racionalistas se plantearon como espacios pedagógicos autónomos y críticos frente a la educación ofertada por el Estado, gestionados y financiados por los propios sindicatos y las familias que los componían; basados en una concepción pedagógica de base científica, anticlerical y de investigación sobre sus raíces históricas (enseñaban historia social) así como de análisis sobre los problemas que enfrentaba su colectividad.

1925–1928: el movimiento social de educadores y asalariados como motor de transformación social

Las falencias y los vacíos de la Ley de Educación Primaria Obligatoria se constataron con fuerza, como se dijo, a partir del segundo año de su puesta en marcha. A las críticas señaladas por la FOCH sobre el carácter “burgués” y “limitante” de la educación estatal, se unieron las emergentes de la propia institucionalidad docente, quienes a partir del reclamo colectivo por sus salarios y la constatación de la desvalorización social del gremio profundizaron sus reflexiones sobre la trascendencia política de la condición de maestro o maestra normalista. A través de las páginas de Nuevos Rumbos, emergió la crítica sobre la figura tradicional del maestro primario rutinario, a-crítico, repetidor memorístico y atrapado en las redes del clientelismo político característico del período parlamentario. De otro lado, fue levantado un ideal de maestro, inédito en Chile: un sujeto que estudiaba, interpretaba, elaboraba, se asociaba con otros y decidía sobre su realidad educacional. Por último se auto-definía como un grupo con identidad propia tomando distancia del profesorado secundario y universitario, reivindicando con orgullo su proximidad con las clases asalariadas movilizadas. En efecto, insistieron mucho en esta proximidad: “nadie como nosotros tiene más contacto con los obreros… tenemos los mismos medios de vida. Ellos viven de un salario que se llama jornal y nosotros vivimos de un salario que se llama sueldo. En vano tratan de establecer diferencia entre esas dos cosas…” (20).

La demanda popular de educación emanaba de una misma situación de marginalidad y exclusión, y exigía una misma actitud asertiva y soberana para resolverla. Acaso por esto mismo, la frontera entre ambas propuestas tendió, en esta coyuntura, a diluirse. Los maestros, por un lado, no sólo participaron muchas veces como docentes invitados a dar clases en las Escuelas Federales Racionalistas instaladas por la FOCH, sino también –como los obreros– plantearon la necesidad de que las familias intervinieran en los contenidos curriculares de la propuesta educativa. La FOCH, por su lado, pese a haber impulsado su propio proyecto educativo a través de la instalación de más de veinte Escuelas Racionalistas a lo largo del país, apoyó decididamente la propuesta de reforma escolar llevada  a cabo por el movimiento de los maestros primarios. Lo anterior demostró que las distintas alternativas pedagógicas levantadas desde la sociedad civil no necesariamente se oponen entre sí –dada la fuerza de su matriz común– sino tienden más a confluir hacia estrategias pedagógicas emancipadoras impulsadas por un trabajo conjunto, articulando educadores y espacios pedagógicos formales y no-formales.

La Asamblea Constituyente Popular de 1925 significó un momento clave en el que ese diálogo se dio al más alto nivel. En efecto, fue allí donde se decidió cuál sería el proyecto pedagógico del conjunto del movimiento popular (21). En ese trance, la FOCH dio su venia –con reparos que no alcanzaron a apañar el acuerdo– para que los principios constitucionales referidos a la educación pública fuera la propuesta de la Asociación General de Profesores. La FOCH, aparentemente, comprendió que el proyecto pedagógico de los maestros, en su esencia, no distaba del suyo. Confiaron y dejaron que los maestros lideraran la propuesta de conjunto. Esta refería una particular definición de Estado Docente:

“La finalidad de la enseñanza es capacitar al hombre para bastarse a sí mismo económicamente y darle una cultura desinteresada que lo dignifique y lo haga amar y comprender la verdad, el bien y la belleza. El Estado debe proporcionar los fondos para la enseñanza pública, que debe ser gratuita desde la escuela primaria hasta la Universidad. A los consejos de maestros, padres y estudiantes corresponden la plena dirección de la enseñanza. La única intervención del Estado en la enseñanza pública debe ser la de proporcionarle los fondos para que ésta realice sus fines propios y la de ejercer el control de la capacidad técnica de los educadores, respetando en forma absoluta la libertad de la cátedra y el espíritu del magisterio” (22).

Con esta propuesta y en medio de un ambiente de intensa agitación social, el Presidente Alessandri concedió una Audiencia a solicitud de los maestros para dar a conocer los principales puntos del proyecto pedagógico de reforma que proponían. La organización y la agitación general no parecía impresionar al gobierno, la crisis educacional existía, pero era un problema que, a juicio del Presidente, debía resolverse entre políticos. Era un asunto de Estado, no de la Sociedad. Para los principales representantes del movimiento de maestros primarios, por el contrario, eran ellos mismos los mejor calificados para proponer una reforma educativa al país. Sus razones: conocían de cerca la realidad de las escuelas, tenían profesionalismo técnico y real experiencia docente, y, lo más sólido: la fuente de legitimidad y soberanía que les brindaba el ancho movimiento de asalariados que había tomado conciencia de la importancia de reformar el sistema educacional del país. Por ello, y por la proximidad del llamado a aprobar una Carta Fundamental, los maestros pensaban que lo que debía tratarse en la Audiencia no podía ser otra cosa que sancionar una propuesta social que tenía legitimidad y soberanía. Pero el Presidente Alessandri, político antes que nada, pensaba distinto, tal como lo grafica este extracto de lo dicho a los maestros en la Audiencia:

“…(ustedes) se encuentran empeñados en agitar al pueblo sobre una campaña que es de incumbencia del Gobierno, y que la ignorancia del pueblo no permite comprender. Lo que ustedes deberían haber hecho fue convencerme a mí de las bondades de su reforma, porque es el gobierno el que las va a dictar. La campaña que hacen ustedes es inconveniente y desquiciadora, porque significa una presión que mi dignidad de Mandatario no puede tolerar y si continúan en ella no les dicto ninguna reforma. Yo debo hacer sentir el principio de autoridad, tan maltraído en este país (…). Es el Gobierno el encargado de explicar las leyes sociales y no ustedes, porque su labor está en la escuela y nada más que en la escuela. Ustedes han constituido un Estado dentro del Estado y su Club es un centro donde se reúnen toda la gente que sustenta principios disolventes y en donde se me ataca diariamente. Tengo la mesa toda llena de partes que me trae la policía, y es increíble que los maestros de mi patria haya que tenerlos constantemente vigilados por la policía” (23).

Los Maestros respondieron: “creemos que tanto o más importante que la reforma de la Constitución, es la reforma de la educación, porque usted nada va a sacar señor Presidente, con que se dicte una nueva Constitución y nuevas leyes, si el pueblo es analfabeto, si el pueblo no sabe interpretar esas disposiciones” (24). Solicitaron luego que, al menos, promoviera las dos reformas a la vez (la constitucional y la educacional). El Presidente insistió en su negativa. Reiteró que no podía dictar decretos-leyes hasta que no se normalizara la vida institucional del país, por lo que no abordaría aún el problema de la reforma educacional. Más bien lo trataría en la asamblea constituyente que pensaba convocar.

El Presidente Alessandri designó una comisión consultiva para la reforma a la Constitución que dirigió en todo momento, y cuando consideró que estaba terminado (con el texto de la nueva carta fundamental redactado), definió que no era necesario convocar a la Asamblea Constituyente propiamente tal, decidiendo que el texto aprobado por la Comisión (designada por él) era el que debía ser presentado para la aprobación ciudadana (vía plebiscito). De este modo, la Educación Pública quedó normada en la Carta Fundamental bajo los criterios políticos tradicionales: se consagraba el principio tradicional de Estado Docente y se creaba una poderosa Superintendencia de Educación.

Después de eso, los maestros ya no podían imponer su Proyecto por la “vía soberana” elegida, sino por la “vía constitucional” de la petición. Comenzaron a depender de la “buena voluntad” de los gobernantes y de los políticos. Y un militar, Carlos Ibáñez del Campo fue quien, en 1927, les ofreció implementar su plan de reforma y ocupar los cargos superiores del Servicio de Instrucción Pública (25). Los maestros, habían dudado al principio, pero luego decidieron aceptar la oferta. Eso implicaba aceptar que la política sería el instrumento central de su proyecto social. Y ése era un terreno desconocido para ellos. En ese plano no tenían experiencia técnica, sino ingenuidad y candidez.

La reforma educacional de 1928 destaca en el marco de la historia educacional nacional por ser la primera vez en que se intentó abarcar tantos sectores del sistema educacional y tantas variables del proceso educativo en un mismo cuerpo legislativo. Se pretendió el desarrollo de una reforma “integral” que ubicara a los estudiantes al centro del quehacer pedagógico y a los docentes y la comunidad trabajando en su programación, dirección e implementación. Sus fundamentos iluminaron, de hecho, el proceso de renovación del sistema escolar en Chile durante las siguientes décadas. Como es posible observar, las concepciones educativas contenidas en el Plan de Reforma Integral, que funcionó como el fundamento de la reforma de 1928, arrancaban de los principios de la Escuela Nueva. Estos enunciados se concretizaron en una legislación (Decreto 7.500) (26) que hasta el día de hoy sorprende, por su orientación y radicalidad. Como ejemplo de lo que significó en el contexto nacional, se señalan algunos de sus artículos:

Art. 61: “El trabajo escolar se realizará de preferencia al aire libre, utilizándose para ello el jardín, el bosque, la montaña, la playa y todo sitio que favorezca la salud del niño”.

Art. 62: “El Programa de Estudios dictado por el Ministerio es considerado como ‘programa mínimo’ y los Consejos Provinciales podrían ampliarlo, ‘de acuerdo con los recursos y necesidades nacionales’. Para desenvolverlo y cumplirlo se dará la necesaria libertad al profesor”.

Art. 64: “En las escuelas sólo se usarán los textos autorizados por el Gobierno y se procurará que el material didáctico facilite la auto-educación de los niños”.

Art. 68: “Se ordena la supresión de exámenes y se estipula que “las promociones se harán anualmente tomando en cuenta los trabajos y asistencia del alumno durante el período escolar”.

Ninguno de estos artículos habría sido posible de no mediar una fuerte presión social sobre las esferas políticas, presión que encabezaron los maestros, pero que convocó a una gran cantidad de actores de los sectores obreros y asalariados.

Corolario

La implementación de la Reforma propuesta por los maestros primarios había requerido, entre otras acciones, de la jubilación de los docentes más viejos y de la implementación de una infraestructura adecuada a los métodos educativos. Ello implicaba paliar las deficiencias materiales del sistema. Esto significó una inversión económica importante por par te del Estado y que no fue bien recibida por Hacienda. Por otro lado, el avance de la reforma tensionó a los sectores más tradicionalistas quienes resistieron y utilizaron la crisis financiera para socavar la reforma y revelar los primeros síntomas del fracaso de concretizar la modernización impulsada.

En septiembre de 1928, el Presidente Ibáñez dio un golpe de timón, interrumpiendo la “reforma radical” e iniciando la “contrarreforma”. Los dirigentes de la AGP fueron despedidos y perseguidos. La organización administrativa democratizadora fue suprimida, las comunidades disueltas y restablecido con más vigor el autoritarismo funcionario y pedagógico.

Como es usual, una situación puntual fue la que hizo estallar un proceso que se estaba incubando de forma soterrada: un conflicto suscitado entre estudiantes y maestros de dos Escuelas Normales (Angol y Chillán). Los estudiantes habían intentado organizar una asamblea escolar aplicando el nuevo orden administrativo que instauraba la reforma con el apoyo de los Directores locales designados por el Departamento de Educación. Con ello, desafiaron abiertamente a los profesores tradicionalistas. Cuando un estudiante fue suspendido por insultar a las autoridades educacionales, el conjunto de los estudiantes se fue a huelga. El hecho de que la Asociación (ahora en el poder) apoyara la rebelión de los estudiantes en contra de los profesores fue algo que la administración del Presidente Carlos Ibáñez no toleró. Esta decisión no sólo exaltaba la actitud subversiva de la Asociación –ya anotada por el Presidente Alessandri– en un ambiente ya enrarecido por la cantidad y profundidad de las transformaciones impulsadas, sino reavivaba la antigua pugna entre el grupo más joven de los profesores primarios (la base social del profesorado que apoyaba a la Asociación) y el grupo más viejo (atrincherado en posiciones conservadoras relativas a la pedagogía y a los valores que debían regir la educación de los niños y jóvenes) (27).

Pocos días después de los sucesos de Angol y Chillán, se destituyó de su cargo a Luis Gómez Catalán. En su mensaje presidencial de 1929, el general Ibáñez declaró los argumentos por el que se derogaba el Decreto Ley 7.500: “a causa de la absoluta falta de selección del personal y por consiguiente del desconocimiento de sus aptitudes, que hizo imposible al Gobierno su acertado empleo, y debido también a la insuficiencia de medios económicos para realizar tan vasto plan”.

A los días de haber sido derogado el Decreto 7.500, se ejerció sobre los profesores vinculados a la Asociación, la represión de Estado. Fueron exonerados todos los jefes de la reforma, incluso relegándose algunos dirigentes a las islas de Chiloé y Aysén. Innumerables profesores fueron arrestados y puestos en prisión en obscuros calabozos, y a otros se les hostigaba violándose constantemente sus domicilios y su correspondencia, y negándoseles el derecho a reincorporarse al servicio.

Para José Carlos Mariátegui la causa del fracaso radicaba en la “escasa experiencia adquirida” y en la “ingenuidad política” de los líderes del movimiento, error que pagaron a “un duro precio”. Sin embargo, sentenció, “no les cabía más que afrontar la prueba” y señalaba que “nada de esto debe disminuir la simpatía y la solidaridad con que los acompaña hoy la ‘inteligencia’ (particularmente los maestros de vanguardia) en los pueblos hispano-americanos” (28). Según Mariátegui, tanto el “espíritu” como los “objetivos” del movimiento pedagógico asustaron a los “espíritus conservadores” y a los “intereses reaccionarios”. La reforma propuesta tomaba un rumbo que “iba contra el sentimiento de los factores más decisivos de la estabilidad y consolidación del régimen”. Todavía más, el gobierno de Ibáñez, decía, nunca había sentido una verdadera “solidaridad espiritual e intelectual con ella”, sólo la había usado “como un instrumento de consolidación política, empujado por los intereses y sentimientos que representaba, a desembarazarse de tan incómodos y comprometedores funcionarios” (29).

Lo que quedó después de clausurada la experiencia de los maestros asociados, fue un sector aislado de “escuelas experimentales” donde podrían ser practicadas nuevas metodologías pedagógicas. Lo que permanecería: el sesgo clasista, el carácter verticalista y centralista de la administración escolar, y la rigidez curricular del sistema educacional.

Notas

1.-  Historiadora. Departamento Estudios Pedagógicos-Universidad de Chile. Programa Interdisciplinario de Investigaciones en Educación (PIIE).leoreyesj@gmail.com

2.- La historiografía ha denominado “cuestión social” a un período que se ubica generalmente entre 1880 y 1930 cuando comenzaron a expresarse de forma orgánica, masiva y programática las tensiones y conflictos del sistema económico, laboral y social vigente entre los sectores populares y las elites.

3.- Domínguez, E. (1935). Un movimiento ideológico en Chile (Santiago, Imp. W. Gnadt, 130 p.), Núñez, I. (1982). Educación popular y movimiento obrero: un estudio histórico, (PIIE, Santiago, 37 p.), Delgadillo, S. (1992). Educación y formación en el discurso obrero chileno. La Federación Obrera de Chile. 1920-1925. (Tesis para optar al grado de Licenciado en Historia, Universidad de Chile, Santiago); Vicuña, C. (1922), La cuestión social ante la Federación de Estudiantes de Chile, Impr. Litog. y Enc. Selecta, Santiago; Salazar, G. (2003). La gesta profética de Fernando Vives, S.J., y Alberto Hurtado, S.J. Entre la espada teológica y la justicia social, VV.AA. Patriotas y Ciudadanos (CED, Santiago, 125-199); Reyes, L. (2003). Crisis, pacto social y soberanía: el proyecto educacional de maestros y trabajadores. Chile, 1920-1925, Cuadernos de Historia 22 (Universidad de Chile, Santiago, 111-148)

4.- Estado Docente es el nombre que recibe el modelo que predominó en los sistemas educacionales nacidos en la América Hispana desde principios del siglo XIX al encargársele al Estado su conducción para la construcción y consolidación de la Nación. Recibió hacia fines del siglo XIX influencias de los sistemas educacionales europeos, especialmente los modelos napoleónico y bismarckiano. Tuvo como principal propósito fundar escuelas públicas de modo de moralizar al pueblo y constituir una consensuada ‘unidad nacional’ forjada por las elites criollas. Con claras influencias del positivismo y financiado por el fisco (aunque casi durante todo el siglo XIX éste fue tan escueto que tuvo que complementarse con los aportes de los vecinos de un municipio y de sociedades liberales y conservadoras de carácter benéfico) se caracterizó por ser centralizado, uniformizante, burocrático, clientelista, bifurcado y socialmente segmentado, careciendo los maestros de autonomía en su gestión y en el diseño de sus curriculas. Durante el siglo XX dicho modelo fue democratizándose al ampliar en forma progresiva y sostenida el crecimiento de la matrícula escolar hacia los sectores populares. A pesar de ello, perduran muchas de las características excluyentes con las que nació.

5.- Núñez, I. (1979) Tradición, reformas y alternativas educacionales en Chile. 1925-1973. Santiago: Centro de Estudios Económicos y Sociales, Serie VECTOR: Santiago.

6.- El movimiento Escuela Nueva aparece con fuerza hacia fines del siglo XIX aunque expresa una corriente de pensamiento que proviene del siglo XVI (Erasmo de Rotterdam, Francois Rabelais, Montaigne), convirtiéndose en el siglo XIX en doctrina pedagógica con la publicación del Emilio de J. J. Rousseau. El movimiento tuvo distintas etapas y vertientes, y entre los autores que pueden destacarse se encuentran J. Dewey (1886), A. Ferrier (1899), M. Montessori (1907) y O. Decroly (1907). También puede destacarse la presencia de una corriente antiautoritaria, autogestionaria y libertaria que tuvo como máximos exponentes a L. Tolstoi (1859) y F. Ferrer Guardia (1886) entre otros.

7.- La revista Nuevos Rumbos, órgano oficial de difusión de la Asociación General de Profesores de Chile, publica continuamente extractos u obras completas de todos estos autores.

8 Todas estas ideas son expuestas por Luis Gómez Catalán quien fue uno de los máximos líderes de la Asociación General de Profesores. Revista de Educación Primaria (1928): pp. 30-33, 36-42.

9 Ibídem.

10 Egaña, M.L. (1997), “La Ley de Instrucción Primaria Obligatoria: un debate político”, Mapocho, N° 41.

11 La Federación Obrera de Chile, Santiago, 10 junio 1922, p. 3.

12 El Despertar de los Trabajadores, Iquique, 18 septiembre 1924, p. 2.

13 La Federación Obrera de Chile, Santiago, 16 noviembre 1922, p. 3.

14 Según la ley se constituía con el Ministro de Instrucción Pública, dos miembros designados por el Senado, dos miembros de la Cámara de Diputados, un miembro designado por el Presidente de la República y del Director General de Educación Primaria.

15 La Federación Obrera de Chile, Santiago, 20 octubre 1921, p. 5.

16 La Federación Obrera de Chile, Santiago, 17 abril de 1922.

17 Ibid., 22 noviembre 1922, p.1.

18 Proyecto de estatutos de la Gran Federación Obrera de Chile. Título Primero. De la Organización, objeto i duración de la Sociedad, La Gran Federación Obrera de Chile, Santiago, 20 de octubre de 1910 (página mutilada).

19 ‘Programas y estatutos de la FOCH’, El despertar de los Trabajadores, Iquique, 13 de abril 1922, pp. 1-2.

20 Nuevos Rumbos, Santiago, 15 de agosto de 1923, p.3.

21 La Asamblea Constituyente Popular se plantea como un espacio de propuesta desde la sociedad civil frente al proceso de reforma constitucional que se gestaba durante el año 1925, lográndose consensuar entre los diferentes movimientos sociales un proyecto no sólo educativo, sino también económico, social y político. Para una visión más detenida sobre la importancia de la Asamblea Constituyente de Obreros e Intelectuales para el movimiento popular chileno se recomienda ver Salazar, G. (2009), Del poder constituyente de asalariados e intelectuales (Chile, siglos XX y XXI), Santiago: LOM.

22 Justicia, 13 de marzo de 1925, p.1.

23 Nuevos Rumbos, Santiago, 2 de Junio de 1925.

24 Testimonio histórico de Luis Gómez Catalán, entrevista realizada por P. Arancibia, J. Ivulic y G. Vial en Dimensión Histórica de Chile– 6/7. Santiago, 1989/1990, p. 179.

25 Por ejemplo, Luis Gómez Catalán, dirigente de la Asociación fue nombrado Jefe del Departamento de Educación Primaria.

26 Decreto 7.500 del 10 de diciembre de 1927, sustento legal y normativo de la Reforma del año 1928. Se le llama reforma del 1928 pues ese es el año de su implementación. Para un completo y detallado análisis del Decreto Ley 7.500, ver Iván Núñez, Reforma y Contrarreforma educacional en el primer gobierno de Carlos Ibáñez (1927-1931), Santiago: SEREC, 1978.

27 Otras acciones que expresaban esta actitud subversiva de los maestros fueron, además de su pretensión por co-legislar en el ámbito educacional, la de replantearse la identidad de la mujer normalista en torno a sus derechos jurídicos, laborales y políticos. Las maestras participaron dentro de la Asociación, y por primera vez en la historia del profesorado, con voz propia. Desde la primera Convención realizada por la Asociación en 1923 se anota su participación en la formulación de los acuerdos:   recomendaron la educación sexual, la creación de puestos para Visitadoras de Escuelas y la generación de empleos para mujeres en la Dirección General de la Instrucción Primaria.

28.- José Carlos Mariátegui, La crisis de la reforma educacional en Chile, Temas de Educación, t.14 (Lima: Ediciones Populares de las Obras Completas, 1981), p. 79.

29.- José Carlos Mariátegui, La crisis de la reforma educacional en Chile, pp. 75-76.