Archive for the 'Julio Pinto' Category

26
Abr
11

Mercaderes, Empresarios y Capitalistas

Ha sido una larga y laboriosa auscultación del retrato
oculto del enervante Dorian Gray criollo.
Un ir y venir por el desfiladero estrcho de la historicidad empresarial.”
(Gabriel Salazar)*

Hace unas semanas, el Centro de Estudios Públicos (CEP) realizó un interesante seminario sobre el libro “Mercaderes, Empresarios y Capitalistas (Chile, Siglo XIX)” (1) del historiador y premio nacional de historia Gabriel Salazar (2), texto capital para entender a la elite capitalista del siglo XIX. En el evento, expuso además del autor, el historiador Alfredo Hocelyn-Holt (3) y el economista Rolf Lüders.

Si bien, siempre es interesante escuchar al profesor Salazar, no es menor verlo en un debate con otro historiador de fuste y, además con ex ministro de Pinochet. Si Ud. se lo perdió, lo o la invito a escuchar los audios del debate.

Presentación: Gabriel Salazar (Pinche Aquí)

Ponencia: Alfredo Hocelyn-Holt (Pinche Aquí)

Ponencia: Rolf Lüders (Pinche Aquí)

Contra argumentación y preguntas (Pinche Aquí)

* G. Salazar. Mercaderes, Empresarios y Capitalistas, Pág. 11.

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Notas

1.- “Mercaderes, Empresarios y Capitalistas (Chile, Siglo XIX)”. 2009, Editorial Sudamericana.

2.- Gabriel Salazar, Profesor de Historia de la Universidad de Chile y Premio Nacional de Historia.

3.- Alfredo Jocelyn-Holt, Historiador y Profesor de la Escuela de Derecho y de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.

4.- , Profesor de la Facultad de Economía de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

16
Oct
10

Se acabó la huelga de hambre, pero no el conflicto

Terminada la huelga de hambre de los prisioneros políticos mapuche, sería ingenuo pensar que se acabó el conflicto mapuche. Por esta razón, quiero presentar dos textos, el primero de Gabriel Salazar, donde reflexiona sobre el concepto de etnia en la historia de Chile; el segundo de Alfredo Jocelyn-Holt, escrito el año 2008 para Revista Qué Pasa, donde reflexiona sobre las posibles salidas a este ya largo conflicto.

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Rol Histórico de las Etnias

en Chile (1)

 

Etnia, Nación y Estado

En chile existen comunidades cuya lengua, religión, valores e historia difieren del resto de la población. Desde hace siglos ocupan (y se identifican) con el mismo territorio. Se les conoce con el nombre de etnias indígenas: Aymara, mapuche, qawascar, yámana, quechua, coya, atacameños y rapa nui.

Culturalmente, los miembros de una etnia se perciben distintos y así son percibidos por los demás. Tienen conciencias de pertenecer a una comunidad cuya cultura nutre una suerte de “honor colectivo” que está por encima de consideraciones de clase, puesto que de él participa cualquier miembro del grupo étnico, al margen de su posición social (2)

El estado chileno reconoce la existencia de etnias pero no de pueblos indígenas. Hablar de pueblo equivaldría, en su opinión, a reconocer la existencia de varias naciones al interior de un mismo territorio, por lo cual atentaría contra la visión clásica de una sola nación y un solo Estado.

Como contrapartida, las organizaciones indígenas y los defensores de los derechos indígenas, plantean que las etnias si constituyen pueblos, por historia, identidad étnica, religiosa, lingüística y territorial. Si todos los pueblos tienen una identidad básica de derechos, las etnias indígenas pueden aspirar, legítimamente, a la autodeterminación.

La visión que esta última perspectiva de análisis tiene de la relación ente cultura indígena y Estado-nación, es profundamente crítica. Se habla de colonialismo interno para dar cuenta de la existencia de pueblos, dentro del Estado, económicamente explotados y culturalmente reprimidos.

Lo anterior se ampararía en el “valor supremo” de la unidad nacional. Históricamente los estados han privilegiado la vinculación del poder político con una sola nación o etnia, negando la existencia de otras comunidades culturales en su territorio o promoviendo su rápida asimilación.

Sin embargo, pese a siglos de discriminación etnocida y también genocida, las culturas indígenas no han desaparecido. En el último censo (1992), más de un millón de personas señaló sentirse identificado con alguna de las etnias indígenas que pueblan el territorio, principalmente la mapuche (3).

Mal que les pese a muchos, las etnias indígenas existen. Este hecho obliga a repensarnos como nación y como Estado para abrirnos a una realidad que no puede seguir desconociéndose: que en Chile conviven diversos pueblos. El reconocimiento es fundamental para valorar el aporte de las culturas originarias y avanzar hacia políticas de Estado que aseguren el respeto y la sobrevivencia de las comunidades indígenas.

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ARAUCO INDOMITO: “A LO ÚNICO QUE CONDUCE

COMBATIR AL MAPUCHE ES QUE ÉSTE RESPONDA COMBATIENDO”(4)

Por Alfredo Jocelyn-Holt.

Exigir madurez política a un pueblo al que, por cien años, se le ha dominado con criterios paternalistas, no puede ser, pues, más insensato. Este último descargo, por cierto, no justifica el recurso a la violencia. Si algo hemos sacado en limpio de nuestra larga y entrampada historia con los mapuches es que ésta no resuelve nada. A lo único que conduce combatir al mapuche es que éste responda combatiendo, y en este plano, me temo, son formidables.

 

La batalla cultural

Entre tanta alarma que, con o sin razón, rodea el conflicto mapuche hay un aspecto que merece destacarse como positivo. Solemos pasarlo por alto. Me refiero al lento -casi imperceptible- cambio produci­do últimamente en nuestras conciencias respecto a la tenacidad de este pueblo, su vigor y legítima demanda de que se le tome en cuenta.

Recordemos cómo décadas atrás había que poco menos que viajar a “otro país” para encontrarnos con una de esas mujeres altivas, monumentos sobrevivientes de su raza, alhajadas con delica­dos ornamentos de plata, tamboreando su cultrún. Hoy por hoy, es cosa de caminar por nuestros paseos peatonales santiaguinos para escucharlas. Digo bien -“escu­charlas”, “oírlas”- porque como constará a cualquiera que se ha topado con alguna de ellas, no están allí para que se las foto­grafíe en tanto especímenes exóticos, turístico-culturales.

Fotografías de ellas, de hecho, existen muchas y de muy excepcional calidad. Algunas de colores vivísimos, muy actuales; otras, más viejas o sepias, seguramente retratos de sus abuelas. Circulan por doquier: en postales, en publicaciones de arte magníficamente editadas, como también en estudios antropológicos o históri­cos, cada vez más serios. En las librerías suelen destacárseles; es cuestión de fijarse en los mesones de entrada.

Décadas atrás, recordemos también, hablábamos de “araucanos”; hoy en día, por respeto a como ellos mismos se autodenominan, les decimos “mapuches”. El giro es significativo. Tanto como la desaparición de esas largas listas de “cambio de apellidos” (la mayoría ancestrales, sustituidos por nombres comunes y corrientes chilenos o españoles) a las que todavía en los años 70 y 80 los periódicos solían recurrir a fin de rellenar sus insulsas páginas. Lo mismo cabría decirse de palabras como “rehue”, “machitún”, “winka” o “marichiweu”. Términos que, junto con exigirnos un mayor conocimiento, nos abren a una apreciación enteramente novedosa del mundo en el que queremos seguir viviendo. ¿A quién, hoy en día, se le ocurriría pensar, por ejemplo, que un canelo o una araucaria son árboles cualquiera, o que un “bosque nativo” es lo mismo que una “plantación forestal”?

Pequeños detalles, giros verbales, que estarían dando cuenta de un trascendental cambio de sensibilidad entre nosotros. En efecto, en el último tiempo nos hemos vuelto más atentos y tolerantes para con “el otro”, el distinto, por lo que nos puede aportar en sabiduría. De hecho, no pudiéndolos vencer ninguneándolos, extinguiéndolos, o, en el mejor de los casos, mitificándolos (Ercilla mejor que nadie), confesemos hidalgamente ésta, nuestra última derrota frente al mapuche: la cultural. Triunfo que, en ningún caso, nos aminora. Por el contrario, nos ennoblece no haber podido imponernos enteramente. De ahí que, a cambio, hayamos crecido en humanidad, amplitud de criterio y espesor cultural.


La batalla política

Si en el ámbito cultural hemos debido reconocer la validez y tenacidad del mapuche sin por ello tener que lamentar nuestra reciente toma de conciencia al respecto, ¿por qué no se vislumbra lo mismo en el plano político?

El asunto, en esta otra dimensión, es más complejo. El mundo mapuche no manifiesta la misma cohesión a la hora de organizarse políticamente. Son fáciles de dividir. Militancias partidistas, cuadros disciplinados, formación ideológica, les son tan ajenos como lo fueron para nosotros al inicio de la República, con la particulari­dad, en su caso, de que se trata de una sociedad todavía ágrafa, muy pobre, y sin afanes colectivos totalizadores. A lo sumo puede aspirar a representar sus propias demandas, pero ni el peso de su población no insignificante (casi 800 mil habitantes) aunque dispersa (500 mil mapuches viven en Santiago), ni la falta de liderazgos comunes, le permiten superar su calidad de minoría electoral mucho menos potente que su significación social real.

No obstante esta debilidad, tradicional­mente crónica, no son inmunes a influen­cias y aprovechamientos políticos externos. De ahí que se les haya vuelto, en distintos momentos, o más pasivos o más radicalizados, sin que ello les haya reportado avance alguno en tanto pueblo tradicionalmente oprimido y discriminado. La desconfianza del mapuche no es tan sólo con un Estado que, a fines del siglo XIX, los invade y somete, despoja y reparte sus tierras. Es, también, con las leyes, instituciones y lógicas civiles y políticas que, lejos de integrarlos y asistirlos, han tendido a mantenerlos en un estadio de infantilismo político agudo. Exigir madurez política a un pueblo al que, por cien años, se le ha dominado con criterios paternalistas, no puede ser, pues, más insensato.

Este último descargo, por cierto, no justifica el recurso a la violencia. Si algo hemos sacado en limpio de nuestra larga y entrampada historia con los mapuches es que ésta no resuelve nada. A lo único que conduce combatir al mapuche es que éste responda combatiendo, y en este plano, me temo, son formidables. Ni ellos ni nosotros nos hemos impuesto bélicamente en casi cinco siglos. Militarizar el conflicto, por tanto, sólo nos lleva a tener que repetirlo todo de nuevo.

¿Se ha llegado a ese punto? Lamentablemente, los dos extremos en este conflicto así lo plantean al resto del país y del mundo. A falta de una mayor información capaz de presentarnos un panorama más complejo que lo que aparece en pantalla, nos quedamos con la imagen de que, efectivamente, Arauco sería una zona de ocupación y que sus pobladores o son terroristas o, al menos, son encubridores y agitadores. A su vez, enfrentamientos, ataques a propiedades, enormes despliegues y operativos armados, huelgas de hambre, muertes y atentados -estos últimos en menos de una semana-, se encargan de reforzar, no con poco éxito, esta perniciosa imagen.


La batalla territorial

Confrontación la hay y con seguridad la seguirá habiendo. La hay cuando se invocan derechos ancestrales pasados a llevar, cuando se reclaman abusos históricos más recientes (usurpaciones de títulos de propiedades indígenas), cuando se oponen diferentes concepciones de progreso y de derecho, cuando se confrontan grandes intereses económicos por un lado, y pequeñas comunidades rurales por el otro.

Méritos no faltan a uno y otro lado del conflicto. Y todos, no nos confundamos al respecto, nos remiten a la zona en contienda. Como su mismo nombre lo da a entender, un pueblo mapuche sin tierra está condenado a desaparecer. Por eso que es tan imperativo encontrar, a mediano plazo, no tanto una solución definitiva, todavía prematura, como los mecanismos y espacios que harían posibles futuros entendimientos.

Esa y no otra es la deuda pendiente no sólo con este pueblo sino con nosotros mismos, puesto que lo que en esta zona ocurre -lo sabemos de sobra- invariablemente amenaza con desestabilizar al resto del territorio. Mecanismos en este orden de cosas, de hecho, han existido en el pasado y han mostrado su efectividad. Bajo dominio español, y vaya que nuestros antepasados lo aprendieron después de siglos de  contienda, se intentaron dos estrategias que, a la postre, fueron acogidas por el otro lado del litigio. La principal era dejarlos tranquilos, respetar su dignidad y autonomía, replegándose de la zona cuando no se la pudo someter manu militari. La otra era parlamentar o, lo que es lo mismo, oírlos y negociar cuantas veces fuera necesario. Si en su momento estas dos vías funcionaron relativamente bien, mucho mejor que lo de ahora, ¿por qué no trabajar en esta línea? De lo contrario, se ahondará en la espiral creciente de violencia y no habrá retorno posible por largo tiempo. Y, tiempo, conste, es lo que mejor maneja este pueblo. Su sobrevivencia varias veces centenaria los apoya y los cambios en la sensibilidad cultural mundial tienden últimamente a favorecerlos. Al final, lo único que nos une con el pueblo mapuche es la paz. Por eso pretender conseguirla sin respeto al otro y sin reconocimiento de su autonomía es falaz.

 

Notas.

1.- Gabriel Salazar y Julio Pinto. “Historia Contemporánea de Chile II: actores, identidad y movimiento”. Edit LOM. 1999, p. 137.

2.- J. Bengoa. “Los derechos de los Pueblos Indígenas: El debate acera de de la declaración internacional” en Liwen n° 4. Centro de Estudios y documentación Mapuche Liwen, Temuco, 1997, p. 214.

3.- de acuerdo a los datos aportados por el último censo de población (1992) y la comisión Nacional de Pueblos Indígenas, este es el total de población indígena según etnia:

Mapuche       928.060.

Aymara            48.447.

Rapa nui          21.848.

Atacameña      10.000.

Qawasqar             101.

Qaghan                   64.

4.- Revista Qué Pasa –  Profesor Alfredo Jocelyn Holt – 11-01-08.

01
Sep
10

TERCERA DECLARACIÓN PÚBLICA DE HISTORIADORES EN APOYO AL PUEBLO MAPUCHE

Como en otras dos oportunidades, un grupo de historiadores tanto chilenos como extranjeros, hacen un llamado de atención al Estado de Chile sobre la situación a la que se ve enfrentado el pueblo mapuche. Convocando además a historiadores, profesores de Historia y estudiantes de Historia, a manifestarse públicamente, el próximo martes 7 de septiembre, a las 12.00 horas en el frontis del Archivo Histórico Nacional.

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TERCERA DECLARACIÓN PÚBLICA DE HISTORIADORES

EN APOYO AL PUEBLO MAPUCHE

Los historiadores e historiadoras que suscribimos esta declaración nos vemos, una vez más, en la obligación moral de denunciar la sistemática política represiva que el Estado de Chile despliega en contra del pueblo mapuche. Las comunidades mapuche que han levantado como principales demandas la restitución de sus tierras ancestrales, el respeto a su condición de nación y el reconocimiento a su autonomía política, enfrentan hoy día una triple ofensiva represiva.

En primer lugar, policial. El territorio de la Araucanía continúa fuertemente militarizado, las comunidades son allanadas periódicamente y en la mayoría de las circunstancias sus habitantes son objeto de golpes, insultos y acciones de amedrentamiento. Los comuneros han denunciado, incluso, que sus viviendas son destruidas y sus alimentos y enseres son arrojados al piso. El trato que la policía brinda a mujeres, ancianos y niños es vejatorio y humillante. El despliegue policial, además, se caracteriza por el uso abusivo de un sofisticado arsenal, que incluye, helicópteros artillados, vehículos blindados, armamento automático y gases tóxicos.

En segundo lugar, los mapuche son objeto de una cuidadosamente orquestada ofensiva judicial. El Estado de Chile, a contrapelo de todos los tratados internacionales que ha suscrito, niega la existencia de un conflicto político en la Araucanía. En consecuencia, recurre a la legislación que dictara de manera espuria la dictadura militar (Ley 18.314 sobre conductas terroristas), para judicializar tanto las reivindicaciones como las movilizaciones del pueblo mapuche. Cabe señalar que 32 presos políticos mapuche se encuentran en huelga de hambre, en diferentes penales del sur del país, desde el 12 de julio de 2010. Este movimiento denuncia una serie de abusos e irregularidades de los cuales son objeto, entre las cuales destacan: torturas y vejámenes a los detenidos, montaje mañoso e ilegítimo de “pruebas” incriminatorias, uso de testigos encubiertos, doble procesamiento (tanto en tribunales de garantía como en tribunales militares) y solicitud por parte de las fiscalías de la aplicación de penas desmedidas en relación con los delitos que se les imputan. En el caso de Héctor Llaitul Carrillanca la Fiscalía de Cañete ha solicitado más 103 años de cárcel para el inculpado (sin contar los que está pidiendo la Justicia Militar). Cabe consignar que recientemente el cabo de carabineros Walter Rodríguez, responsable del asesinato del weichafe Matías Catrileo, en la zona de Vilcún en enero de 2008, fue condenado por la Corte Marcial a 3 años y un día de prisión. No obstante, este mismo tribunal dispuso concederle al asesino el beneficio de la libertad vigilada. Irregularidades y discriminación son la constante en los proceso que se siguen contra los mapuche encarcelados.

Por último, las comunidades mapuche enfrentan una ofensiva mediática. La mayoría de los grandes medios de comunicación del país, controlados por los mismos grupos económicos que depredan los recursos de la zona sur, no sólo han tendido un cerco de silencio en torno a las reivindicaciones de las comunidades en conflicto y a la larga huelga de hambre de los presos políticos mapuche; también han distorsionado groseramente el fondo y la forma de las movilizaciones y acciones de protesta que los mapuche han desplegado. La verdad irrefutable es que la violencia en la Araucanía ha sido protagonizada, fundamentalmente, por los aparatos de seguridad del Estado, mientras que las comunidades agredidas sólo han hecho uso (por lo demás con recursos operativos muy precarios), de su legítimo derecho a la autodefensa.

Convencidos de la necesidad de detener el accionar represivo del Estado en el sur de Chile y reconociendo el legítimo derecho de los pueblo originarios a la restitución de sus tierras usurpadas y a su autonomía social y política, los abajo firmantes convocamos a los historiadores, profesores de Historia y estudiantes de Historia, a manifestar públicamente estas denuncias el próximo martes 7 de septiembre, a las 12.00 horas en el frontis del Archivo Histórico Nacional.

Santiago, 1 de septiembre de 2010.

LISTA DE FIRMANTES AL 1 DE SEPTIEMBRE DE 2010

Sergio Grez Toso, Universidad de Chile.

Igor Goicovic Donoso, Director Magíster de Historia Universidad de Santiago de Chile.

Josep Fontana, catedrático emérito de la Universitat Pompeu Fabra, Barcelona, Catalunya.

Jorge Pinto Rodríguez, Universidad de la Frontera, Temuco.

Florencia E. Mallon, University of Wisconsin, Estados Unidos.

Julio Pinto Vallejos, Director Departamento de Historia, Universidad de Santiago de Chile.

Mario Garcés Durán, Universidad Santiago de Chile, Director ECO Comunicaciones.

Verónica Valdivia, Universidad Diego Portales.

Alberto Díaz Araya, Jefe Carrera de Historia y Geografía Universidad de Tarapacá, Arica.

Nelson Castro Flores, Jefe Carrera de Pedagogía y Licenciatura en Historia y Ciencias Sociales Universidad de Viña del Mar y profesor de la Universidad de Valparaíso.

Alexis Meza Sánchez, Vicerrector Académico Universidad ARCIS.

Claudio Barrientos, Director Escuela de Historia Universidad Diego Portales.

Luis Castro C., Director Carrera de Pedagogía en Historia y Ciencias Sociales Universidad de Valparaíso.

Pedro Rosas Aravena, Director Escuela de Historia y Ciencias Sociales, Universidad ARCIS.

Rodrigo Ruz Zagal, Jefe Archivo Histórico Vicente Dagnino, Universidad de Tarapacá, Arica.

Patrick Puigmal, Director del Programa de Estudios y Documentación en Ciencias Humanas (PEDCH) de laUniversidad de Los Lagos.

Carlos Gutiérrez P., Director Centro de Estudios Estratégicos.

Carlos Molina Bustos, Ministerio de Salud, responsable de la investigación histórica de la Unidad de Patrimonio Cultural del Ministerio de Salud, Chile.

Margarita Iglesias Saldaña, Directora de Relaciones Internacionales Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile.

Sergio Guerra Vilaboy, Presidente de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC) y profesor de la Universidad de La Habana.

Juan Guillermo Muñoz Correa, Universidad de Santiago de Chile.

Pedro Bravo Elizondo, Wichita State University, Kansas, Estados Unidos.

Francisco Peña Torres, Université Paris I, Panthéon- Sorbonne, Francia.

Carlos Contreras Painemal, Universitaat, Berlín, Alemania.

Jorge Magasich, Institut des Hautes Études des Communications Sociales, Bruselas, Bélgica.

José del Pozo, Université de Québec à Montreal, Canadá.

Augusto Samaniego Mesías, Universidad de Santiago de Chile.

Pablo Artaza Barrios, Universidad de Chile.

Pablo Aravena Núñez, Universidad de Valparaíso.

María Olga Ruiz Cabello, Universidad de Chile.

Marcela A. E. Cubillos Poblete, Universidad de La Serena.

Miguel Urrutia, Universidad de Chile.

Patricio Rivera Olguín, Universidad Arturo Prat, Iquique.

Rodrigo Sánchez Edmonson, Universidad de Chile.

Enrique Fernández Darraz, Universidad Alberto Hurtado.

Jaime Massardo, Universidad de Valparaíso.

César Leyton Robinson, Universidad de Chile.

Ángela Vergara Marshall, California State University, Los Angeles, Estados Unidos.

Carlos Ruiz Rodríguez, Universidad de Santiago de Chile.

Robert Austin, University of Melbourne, Australia.

Ernesto Bohoslavsky, Universidad Nacional de General Sarmiento/CONICET, Argentina.

César Cerda Albarracín, Universidad Tecnológica Metropolitana.

Luis Corvalán Márquez, Universidad de Valparaíso.

Susana Bandieri, Universidad Nacional del Comahue/CONICET, Neuquén, Argentina.

Daniel Palma, Universidad ARCIS.

Luis Galdames Rosas, Universidad de Tarapacá, Arica.

José Miguel Castillo Mora, historiador y concejal de Yecla (Murcia) España.

Fabio Moraga Valle, Universidad Autónoma de México, México.

Ernesto Bohoslavsky, Universidad Nacional de General Sarmiento/CONICET, Argentina.

Andrea Riedemann Fuentes, Universidad Libre de Berlín, Alemania.

Alberto Harambour Ross, Universidad Diego Portales.

Leonardo León Solís, Universidad de Chile.

Alfredo Lastra Norambuena, Universidad Arturo Prat, Santiago.

Nicolás Iñigo Carrera, Universidad de Buenos Aires.

Rolando Álvarez, Universidad de Santiago de Chile y Universidad ARCIS.

Iván Ljubetic Vargas, Centro de Extensión Luis Emilio Recabarren.

Jody Pavilack, University of Montana, Estados Unidos.

Carlos Mondaca Rojas, Universidad Arturo Prat, Iquique.

Pedro Canales Tapia, Universidad Pedro de Valdivia, La Serena.

María Eugenia Albornoz, Université de Lille III, Francia.

Claudio Pérez Silva, Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Francis Goicovich, Universidad de Chile.

César Cerda Albarracín, Universidad Tecnológica Metropolitana.

Milton Godoy Orellana, Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Marcelo Mella, Universidad de Santiago de Chile.

Manuel Fernández Gaete, Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Sean Purdy, Universidade São Paulo, Brasil.

Yvette Lozoya López, Universidad de Santiago de Chile.

Maria Paula Nascimento Araujo, Universidade Federal do Rio do Janeiro, Brasil.

Horacio Tarcus, Universidad Nacional de San Martín, Argentina.

Eliana Ceriani Bórquez, Universidad de Valparaíso.

Eduardo Arias Nilo, Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación.

Mário Maestri, Universidade Paulista Federal, São Paulo, Brasil.

Franck Gaudichaud, Université Stendhal – Grenoble 3, Francia.

Claudio Díaz Pérez, Universidad de Valparaíso.

Salvador E. Morales Pérez, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, México.

Robson Laverdi, Universidade Estadual do Oeste do Paraná, Brasil.

Geni Rosa Duarte, acadêmica Universidade Estadual do Oeste do Paraná, Brasil.

Dina V. Picotti C., Universidad Nacional de General Sarmiento, Argentina.

Karen Alfaro Monsalve, Universidad Austral de Chile.

Viviana Gallardo P., Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Jorge Cernadas, Universidad de Buenos Aires y Universidad Nacional de General Sarmiento, Argentina.

Marcos Fábio Freire Montysuma, Universidade Federal de Santa Catarina/Brrasil, Tesoureiro da Associação Brasileira de História Oral, Brasil.

Steven S. Volk, Professor of History Oberlin College, Oberlin, Ohaio, Estados Unidos.

Cristina Moyano Barahona, Universidad de Santiago de Chile.

Sean Purdy, Universidade de São Paulo, Brasil.

Fanny Barrientos Cruzatt, Universidad de Tarapacá.

María Graciela León Matamoros, Universidad Jaume I Castellón, España.

Eduardo Arias Nilo, Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación.

Margaret Power, Illinois Institute of Technology, Chicago, Estados Unidos.

Ariel Arnal, Academia de Historia de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México.

Miguel Valderrama, Universidad ARCIS.

Guadalupe Álvarez de Araya, Universidad de Chile. Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) “Justo Arosemena”, Panamá.

Wilda Celia Western, Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Carmen González Martínez, Profesora Titular de Historia, Universidad de Murcia, España.

Marisol Videla, Universidad ARCIS.

Gabriela Domecq, Universidad Nacional de General Sarmiento. Argentina.

Maximiliano Juan Pedrazzini, Universidad Nacional de Misiones. Argentina.

Lorena del Canto Flores, Universidad Bolivariana, sede Iquique.

Consuelo Figueroa, Universidad Diego Portales.

Danny Ahumada Vargas, Universidad de Santiago de Chile.

José Luis Cifuentes Toledo, profesor de Historia, Magíster de Historia y Ciencias Sociales.

Walter Delrio, Universidad Nacional de Rosario/CONICET, Argentina.

Myriam Olguín Tenorio, Universidad Cardenal Silva Henríquez y ECO Comunicaciones.

Marcos Fernández Labbé, Universidad Alberto Hurtado.

María Cristina Satlari, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina.

Germán Adolfo Morong Reyes, Doctor © en Estudios Americanos, Universidad de Santiago de Chile.

Paola A. Ligasacchi, Doctora © en Estudios Americanos, Universidad de Santiago de Chile.

Emilio Gonzalez, Universidade Tecnológica Federal do Paraná, Brasil.

Mónica Gatica, Universidad Nacional de la Patagonia, sede Trelew, Argentina.

Marcos Fábio Freire Montysuma, CFH / Universidade Federale Santa Catarina, Brasil.

Rubén Isidoro Kotler, Universidad Nacional de Tucumán – Asociación de Historia Oral de la República Argentina.

Ana T. Fanchin, Universidad Nacional de San Juan, Argentina.

Marcela Morales Llaña, Doctora © en Estudios Americanos, Universidad de Santiago de Chile.

Valeria Sonia Wainer, Universidad Nacional de General Sarmiento, Argentina.

Lucía Valencia, Universidad de Santiago de Chile.

Robson Laverdi, Universidade Estadual do Oeste do Paraná, Brasil.

Cristina Viano, Universidad Nacional de Rosario, Argentina.

Gustavo Bassin, Instituto Superior de Formación Docente 9-001 “Gral. San Martin”. Mendoza. Argentina.

Carolina Andaur, Dra. © El Colegio de México, México.

Robinson Silva Hidalgo, Doctor © en Historia, Universitat de Barcelona, Catalunya.

Ricardo López, Doctor © de Estudios Latinoamericanos Universidad de Chile.

Claudia Rojas Mira, Doctora © en Estudios Americanos, Universidad de Santiago de Chile.

Sandra Castillo Soto, Magíster © en Historia, Universidad de Santiago de Chile.

Francisca Giner Mellado, Magíster © en Estudios Latinoamericanos, Universidad de Chile.

Isidora Sáez Rosenkranz, Magíster © en Estudios Latinoamericanos, Universidad de Chile.

Claudia Videla Sotomayor, Magister © en Historia, Universidad de Chile.

Andrea Mella Azabache, Magister © en Historia, Universidad de Chile.

Everaldo de Oliveira Andrade, Universidade Guarulhos – São Paulo, Brasil.

Alondra Peirano Iglesias, profesora ayudante del Centro de Estudios Interdisciplinarios Uruguayos (CEIU), Universidad de la República, Montevideo, Uruguay.

Federico Iglesias, Becario de Docencia de la materia Historia del pensamiento latinoamericano y argentino, Instituto del Desarrollo Humano de la Universidad Nacional de General Sarmiento, Argentina.

Alejandro Brito Peña, Universidad de Concepción.

Carolina González Undurraga, Universidad de Chile.

Renato Hamel Alonso, Corporación Chilena de Estudios Históricos.

Fernanda Del Río Ortiz, Corporación Chilena de Estudios Históricos.

Julián Suzarte Galvez, Corporación Chilena de Estudios Históricos.

Enrique Riobó Pezoa, Corporación Chilena de Estudios Históricos.

Nicolás Sazo Arratia, Corporación Chilena de Estudios Históricos.

Gonzalo Aravena Hermosilla, Corporación Chilena de Estudios Históricos.

Nicolás Penna Vizcaya, Corporación Chilena de Estudios Históricos.

Cinthia Vargas Leiva, Corporación Chilena de Estudios Históricos.

Carlos Rojas Sancristoful, Corporación Chilena de Estudios Históricos.

Soledad Álamos Fuenzalida, Corporación Chilena de Estudios Históricos.

Sebastián Rico Díaz, Corporación Chilena de Estudios Históricos.

Elena Romero Pérez, Corporación Chilena de Estudios Históricos.

Andrés Rojas Böttner, Corporación Chilena de Estudios Históricos.

Juan Maureira Moreno, Corporación Chilena de Estudios Históricos.

Sebastián Leiva Flores, Universidad ARCIS y Universidad de Santiago de Chile

12
Feb
10

Recuerdos del Centenario Patrio


“Hacia 1900. Las élites “portalianas”
– lo mismo que los reyes borbones del siglo XVII-
sobrevivían su dominación comprando y vendiendo soberanía
y baratijas, a izquierda y a derecha, sobre cubierta o bajo cubierta.
(Gabriel Salazar, Julio Pinto)*

A meses de celebrar 200 años de la independencia de España, fecha que sin duda estará marcada por celebraciones, conmemoraciones e inauguraciones de todo tipo, bien vale la pena detenerse un momento a reflexionar y a recordar sobre lo que fue la conmemoración del centenario de nuestra independencia. En efecto, me parece sana esta reflexión no solo como un ejercicio de memoria histórica, sino, sobre todo, como un ejercicio ciudadano que nos permita avizorar los desafíos y esperanzas que abrigaban nuestros compatriotas en la primera década del siglo XX, y lo más importante, cómo han cambiado estos desafíos y esperanzas después de cien años.

Corría la primera década del siglo y el país se empezaba a reponer de las heridas causadas hace 19 años, que dejó como saldo desolador más de 4.000 muertos, el suicidio del presidente Balmaceda en la legación argentina, la capital saqueada por las hordas de aquellos que impusieron la derrota al proyecto gobiernista, y que en alianza con los intereses económicos ingleses marcaron la senda económica de los próximos 30 años. En un clima de complacencia y optimismo, la oligarquía de turno se felicitaba por los avances de un modelo -devenido después de la guerra civil en parlamentario- sustentado en la exportación de salitre, con el que se podía respaldar los avances en infraestructura y servicios públicos que gozaba el país (1). Las cifras, qué duda cabe, le daban al patriciado nacional una suerte de autocomplacencia sobre los múltiples logros y avances que el país experimentaba, producto básicamente de dos hechos: el desarrollo del norte salitrero, y la incorporación plena del territorio mapuche después de la llamada “pacificación”. El salitre estimuló el asentamiento de nuevos centros urbanos, lo que estimuló el comercio de cabotaje, así como una insipiente industrialización asociada al auge del ferrocarril, en continua expansión (2). La anexión del territorio mapuche (3) aportó al Estado la expansión de áreas cultivables, especialmente de trigo, lo que estimuló la agroindustria y la incorporación de nuevas razas ganaderas. Este crecimiento económico, permitió expandir la administración pública generando una incipiente clase media, se calcula que hacia 1880 el Estado contaba con 3 mil funcionarios, los que aumentaron a 13 mil en 1900, cifra que siguió creciendo empinándose a 27 mil en 1919.

Las ideas dominantes de la época se basaban en una suerte de progresismo, que amparado en la industrialización llevarían al país inevitablemente al desarrollo, muchos observaban que un país que dependía sólo de la exportación de materias primas, quedaba desprotegido a los vaivenes del precio que fijaban las grandes potencias. Por otra parte, la intelectualidad, entre los que se contaban figuras como Valentín Letelier, José Abelardo Núñez y Claudio Matte cruzaban armas con el sector más conservador del patriciado criollo, en torno al modelo educativo que se estaba adoptando y que sería la base del futuro Estado docente (4). Si bien las autoridades se felicitaban por el aumento progresivo en cobertura de nuestro sistema educativo (5), consideraban que era hora de que el Estado asegurara educación primaria obligatoria para toda la población, bajo un método racional que se apartara del enciclopedismo para sustituirlo por uno evolucionista, que tenía por particularidad el promover el método inductivo-deductivo, al que se denominaba procedimiento concéntrico.

Si miramos Santiago en el año del centenario, a primera vista aparece una ciudad moderna, con una clase política satisfecha de sus logros, las calles del centro cívico se iluminaban con energía eléctrica, los tranvías habían extendido la ciudad integrando las comunas de Providencia, Ñuñoa y Las Condes, hacia el oriente y La Granja y Puente Alto hacia el poniente. La élite, se reunía en los cafés céntricos y en el teatro Municipal donde podía mostrar su elegancia e ilustración en las galas de óperas, montadas por compañías que venían del extranjero. La fecha era esperada con el regocijo calmo de una clase satisfecha, que veía en los avances tecnológicos el reflejo de la tarea bien realizada, así en la medida de lo posible, se estaba sacando al país de la barbarie para endilgarlo por el camino de la civilización cristiana occidental. En efecto, las obras conmemorativas demuestran esta mirada, por una parte la inauguración del Museo de Bellas Artes en el Parque Forestal y la Estación Mapocho al poniente de Santiago; por la otra, el primer departament stores, Gath & Chaves (6), ubicada en la confluencia de Huérfanos con Estado. Pero, una nube negra vino a ensombrecer el alma del patriciado criollo, el presidente Pedro Montt Montt (7) falleció de un ataque cardiaco en Bremen Alemania, donde se encontraba medicándose de arteriosclerosis y arritmia cardiaca; su reemplazante, el vicepresidente Elías Fernández Albano (8) falleció poco después de un resfrío, el 6 de septiembre del mismo año. La situación se volvió compleja, a pocos días de dar inicios a las celebraciones del centenario el gobierno estaba acéfalo, pero rápidamente, un grupo de notables se reunió y consensuaron que la vicepresidencia la asumiera el ministro más antiguo del gobierno de Montt, la distinción recayó en el ministro de Justicia Emiliano Figueroa (9). En este ambiente, con múltiples delegaciones extranjeras, fiestas de gala en el Club Hípico, sin el presidente electo, se conmemoró el centenario patrio.

El otro Centenario


“… No podemos quejarnos del siglo que ha terminado anoche
su excelencia. Chile se ha formado en él como nación
independiente; se ha organizado en condiciones que le
ha dado nombre en el mundo, por la bondad y firmeza
de sus instituciones, por la seriedad de sus gobiernos,
por el patriotismo de sus hijos”
(La Libertad Electoral)**

 
“Querer contener al pueblo por medio de la violencia,
es como poner atajo a un río: las aguas se detendrán por de pronto
ante el obstáculo, pero luego crecerán, rebasarán el obstáculo y
por fin, con ímpetu avasallador, saltarán por él y seguirán
su camino arrastrándolo consigo”.
(Arturo Alessandri Palma)***

Sobre la dicotomía brutal que vivía la sociedad chilena en la primera década del siglo XX existe una amplia bibliografía al respecto, que se manifestó en lo que Augusto Orrego Luco denominó “La Cuestión Social”. Lo que se traducía, por una parte en un autocomplaciente patriciado agrario mercantil, y por la otra, el bajo pueblo que a fines del siglo XIX empezó a incorporarse a la insipiente producción capitalista, en torno a la minería nortina así como a producción fabril en las grandes ciudades, particularmente Santiago y Valparaíso. Esto es expresión no sólo de un régimen de explotación capitalista brutal e inhumano, sino también de la soberbia egocéntrica de la oligarquía nacional que se felicitaba de los grandes logros del centenario, y no era capaz de ver lo que estaba pasando a su alrededor, ver la miseria que se desenvolvía en los rancheríos, poblaciones callampas, conventillos y cités que florecían en los  arrabales de las ciudades; situación que hacía destacar a Santiago como una de las ciudades de más alto índice de mortalidad infantil de América Latina. El diagnóstico que hacía la clase política, se basaba fundamentalmente en el relajo moral por el que atravesaba la sociedad, producto de la propagación de ideologías foráneas tales como el socialismo y el anarquismo, ante lo cual el sector conservador proponía la caridad y la religión como solución; en tanto, el sector denominado liberal, planteaban como única solución la educación, entendida como el gran agente civilizador y socializador. A la fecha de la conmemoración del centenario, el descontento popular se hacía evidente, generando un poderoso proceso politizador desde afuera de la formalidad oficial, a la que criticaba duramente. Ese pueblo no oficial, había logrado organizarse en mutuales, mancomunales, sociedad de socorros mutuos, en el año 1909 se había creado la Federación Obrera de Chile (FOCH), en el año 1906 intentó colocar sin éxito en el parlamento a Luis Emilio Recabarren, situación que fue objetada por los diputados, debido a que Recabarren se negó a jurar en nombre de dios, aduciendo su condición de agnóstico. A la fecha, la organización popular estaba en plena maduración, crecimiento que no fue gratuito, a la explotación, la clase obrera debió padecer un rosario de masacres como única respuesta a sus demandas, la matanza de los obreros marítimos de Valparaíso de en 1903, la matanza del impuesto a la carne en Santiago (1905), la masacre de la Plaza Colón en Antofagasta (1906), la matanza de la Escuela Santa María de Iquique (1907). El trabajo asalariado se practicaba sin los más mínimos resguardos y protección, recordemos que a la fecha sólo existían dos leyes sociales: la ley de habitaciones obreras de 1906 y, la ley de descanso dominical de 1907.

La evidencia histórica de hace 100 años nos demuestra la existencia de una sociedad fragmentada socialmente, con una clase dirigente oligarquizada, tecnócrata, autocomplaciente y orgullosa. El prejuicio de las elites sólo alcanzó a ver lo que Vicuña Mackenna denominó: el “Santiago propio, la ciudad ilustrada, opulenta, cristiana”, y por la otra parte, el bajo pueblo: “una inmensa cloaca de infecci6n y de vicio, de crimen y de peste, un verdadero potrero de la muerte”. Por su parte, el pueblo, agotado y abrumado por la explotación empezó a buscar formas diferentes de asociatividad política, formas que sobrepasaran los márgenes del autoritarismo ilegítimo impuesto por Portales hace 77 años (10). Pasaron tan sólo 10 años, y los “potreros de la muerte” fueron capaces de congregarse en el escenario público haciendo sentir su poder soberano. En efecto, en 1918 se constituyó la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional (AOAN) (11); a finales de enero de 1925, se organizó la Asamblea de Obreros, Estudiantes y Profesores (OEAP), la que dio paso, el 8 de marzo del mismo año, a la convocatoria de una Asamblea Popular Constituyente de asalariados e intelectuales. La  soberbia institucional volcó al país a generar profundos cambios en sus estructuras políticas, que pusieron fin la Constitución portaliana y sumieron al país en un proceso de inestabilidad hasta entrada la década del 30, del siglo XX.

A modo de Conclusión

No me parece oportuno sacar conclusiones, siempre es mejor que el lector realice las suyas. Solo me gustaría llamar la atención a los desafías del Chile de la primera década del siglo XX, las que se expresaban en la necesidad de un “progresismo industrializador” que permitiera al país apartarse de las crisis cíclicas que golpeaban a los países productores de materias primas; la educación, era sin duda la gran preocupación de los sectores medio y progresistas de la época; por último, la participación y legitimidad del régimen político, que permitiera incorporar soberana y democráticamente a todo el pueblo.

Un pensador decía que los grandes hechos se producían dos veces, la primera vez como tragedia y la segunda vez como farsa. Es verdad, que duda cebe, muchas cosas han cambiado –muchas de ellas para mejor-, pero, básicamente nuestras preocupaciones siguen siendo las mismas. Seguimos siendo un país productor de materias primas; tenemos cobertura educativa, pero bajo un sistema inequitativo y de baja excelencia para la gran mayoría del país; aun no hemos podido consolidar un sistema democrático que sustente su legitimidad en un proceso verdaderamente soberano, que dé garantías de unidad nacional a todos los ciudadanos. La historia no siempre se repite de igual forma, pero, ojalá no olvidemos las lecciones que esta nos entrega.

* Gabriel Salazar, Julio Pinto: “Historia contemporánea de Chile I: Estado, legitimidad, ciudadanía”. Tomo I. Edit LOM, 1999.

** Diario La Libertad Electoral, enero de 1901.

*** El caudillo de Tarapacá, en Cámara de Diputados, sesión extraordinaria, dos de enero de 1908.

Bibliografía

1.- Historia del siglo XX Chileno. Sofía Correa, Consuelo Figueroa, Alfredo Jocelyn-Holt, Claudio Rolle, Manuel Vicuña. Ed. Sudamericana.

2.- Gabriel Salazar y Julio Pinto. Historia Contemporánea de Chile, Tomos I –V. Ed. LOM.

3.- Gabriel Salazar. Del Poder Constituyente de Asalariados e Intelectuales (Chile, siglos XX y XXI). Edit. LOM.

4.- Armando de Ramón. Historia de Chile. Ed. Catalonia.

5.- Armando de Ramón. Santiago de Chile (1541-1991) Historia de una Sociedad Urbana. Ed. Sudamericana.

6.- Dr. J. Valdés Canje. Chile Íntimo en 1910. Imp. Universitaria.

7.- Julio Pinto, Verónica Valdivia. ¿Revolución Proletaria o querida chusma? Socialismo y Alessandrismo en la pugna por la politización pampina (1911 – 1932). Ed. LOM.

8.- Fernando Pinto Lagarrigue. Crónica Política del Siglo XX. Desde Errázuriz Echaurren hasta Alessandri Palma. Ed. Orbe.

8.– José Bengoa. Historia de un Conflicto. Los Mapuches y el Estado nacional durante el siglo XX. Ed. Planeta.

Notas

1.- En el período, el impuesto al salitre alcanzaba a un 40% de su valor de exportación.

2.- En 1911, el territorio nacional está unido longitudinalmente desde Pintados (95 Km. de Iquique) hasta Puerto Montt.

3.- La llamada pacificación de la Araucanía tiene su génesis a partir de 1866, proceso que culmino su fase bélica en 1884, para dar paso a la radicación del pueblo mapuche en reservaciones mediante títulos de merced.

4.- A partir de 1889 se empezó a implementar en forma en forma experimental el método concéntrico, para luego, en 1893, extenderlo a todo el país.

5.- Según cifras de la época, en 1880 había cerca de 500 personas dedicadas a la educación pública, en 1930 la cifra llegó a 12.650. En 1895, había 150.000 alumnos en 1.300 colegios fiscales; en 1925, había 500.000 estudiantes repartidos en 3.500 establecimientos fiscales.

6.- Gath & Chaves, almacén anglo-argentino, ubicado en la esquina de Estado y Huérfanos, fue la tienda que inauguró el retail en Chile. Una revolución traída desde afuera, que tiene su abrupto final en 1952 luego de que una huelga definió el cierre de la mítica tienda.

7.- Hijo del presidente Manuel Francisco Antonio Julián Montt Torres (1851 – 1856), llegó al poder por la Alianza Liberal en 1906 y gobernó hasta su muerte, en 1910.

8.- Ingresó a la política como representante del Partido Nacional, integrando los gabinetes de los presidentes Riesco, Errázuriz Echaurren y Montt.

9.- Balmacedista, fue diputado por Melipilla, Ministro de Justicia, presidente subrogante para el centenario, embajador y por último, presidente de la república entre 1925 a 1927.

10.- Para una mayor comprensión ver en: El Drama de constituyente en la Historia de Chile. ( https://guillermobastias.wordpress.com/2009/10/16/el-drama-de-la-constituyente-en-la-historia-de-chile/ ).

11.- Fundada en 1918, integrada por: La FOCH, federaciones metalúrgicas, agrícolas y comerciantes, sindicatos de choferes y de ferrocarriles, agrupaciones de mujeres y estudiantiles entre otras.