Posts Tagged ‘Constitución de 1833

27
Nov
10

La historia importa

El historiador Alfredo Hocelyn-Holt (*), desde el día que se anunció la disminución de horas de historia al curriculum nacional, ha mostrado su abierto rechazo a la medida presidencial. Esta vez, desde la columna de opinión que tiene los días sábados en La Tercera (**), arremete contra lo que él llama “los educólogos, marea acosadora de expertos amnésicos que se han apoderado últimamente de la educación”.

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La historia importa

VENGO DE ESTAR unos días en Washington y recorrer algunos de sus espléndidos museos. Sólo en la zona del Mall, donde se ubican los principales monumentos, se han abierto y remozado en las últimas décadas cuatro museos -de Historia Americana, del Indio Americano, del Aire y Espacio, de la Prensa (Newseum), y se planea para el 2012 el de Historia y Cultura Afroamericana- gracias a multimillonarias inversiones y con afluencias de público igualmente millonarias. Preocupación para con la historia que se vuelve a confirmar cuando uno revisa lo que se publica en nuevas tiradas de libros relativos a la Independencia, la Constitución de los Estados Unidos, sus más destacadas figuras políticas, la ocupación del territorio y su crucial papel como potencia mundial.

De vuelta en Santiago, aterrizo, en cambio, en un país en que el Ministerio de Educación ha decidido rebajar las horas de enseñanza dedicadas a la historia y  humanidades, a fin de abultar la enseñanza de matemáticas y lo que los “educólogos”, marea acosadora de expertos amnésicos que se han apoderado últimamente de la educación (quizá por eso está como está), llaman “lenguaje”, ni siquiera gramática y literatura. Un contraste que nos devuelve una vez más a nuestro asentado provincianismo tercermundista, lo cual no deja de sorprender.

La fascinación por la historia en los EEUU se debe, en gran parte, al giro más conservador experimentado en ese país. Si en los años 60 y 70 la izquierda norteamericana abominaba del pasado y lo quería revolucionar todo desde cero, las nuevas líneas de derecha desde los años 80 se han encargado de subrayar el valor renovable de la larga tradición libertaria, cívico-patriótica y religiosa variopinta de ese país.

Nada, sin embargo, que podamos constatar en nuestro caso. Por el contrario, el giro chileno más “a la derecha”, que también data de esa misma época, está marcado por un menosprecio hacia todo lo hecho en los últimos cien años, lo que sumado a una crítica acrimoniosa respecto de nuestro pasado institucional decimonónico, nos ha dejado como única reserva en qué respaldarnos el supuesto éxito de gobiernos duros (de Portales a Pinochet) y la inveterada tradición católica barroca tridentina, es decir del siglo XVI.

Por eso el equipo que ha llegado al Mineduc se siente incómodo con la apertura curricular en materias de historia post 1989, objeta que se hable en las salas de clase de “resistencia mapuche” y “colonia” durante el período español, que se califique a la Constitución de 1833 de “autoritaria”, que al régimen militar se le denomine “dictadura”, en fin, que la discusión histórica necesariamente supone barajar múltiples posibles interpretaciones, no siendo suficiente memorizar largas listas de hechos descontextualizados. Estos últimos, a juicio de los “educólogos”, más fáciles de “medir” en pruebas de rendimiento.

En definitiva, esta arremetida lo que prueba es que nuestros sectores más recalcitrantes, en vez de persuadir que la historia sirve para crear conciencia cívica, han optado por renunciar a toda discusión compleja. Conscientes de que han perdido la batalla por la reflexión histórica, han preferido dar un golpe duro, reduciendo el ramo tradicionalmente más central del currículo nacional.

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* Alfredo Jocelyn-Holt, estudió Historia del Arte en la Universidad Johns Hopkins, donde obtuvo también un Máster en Estudios Humanísticos. Regresó a Chile en 1979 y en 1990 se tituló de Licenciado en Derecho en la Universidad de Chile. Además recibió el título de Doctor en Historia de la Universidad de Oxford en Inglaterra, el año 1992. Entre sus obras más relevantes se encuentran: La Independencia de Chile: tradición, modernización y mito (2009). Historia General de Chile, Tomo III, II y I: (2000 – 2008). El peso de la noche: nuestra frágil fortaleza histórica (1999). El Chile perplejo: del avanzar sin transar al transar sin parar (1998).

** La Tercera, sábado 27 de noviembre de 2010.

 

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16
Oct
09

El Drama de la Constituyente en la Historia de Chile

A un año de celebrarse el bicentenario de la independencia de nuestro país, me parece necesario reflexionar sobre la trayectoria política de esta ya no tan joven república. En efecto, quiero poner en el acento un tema cardinal que dice relación con el grado de legitimidad de nuestra institucionalidad, no la actual, sino la de estos últimos doscientos años. En este sentido el análisis debe centrarse en el carácter democrático que ha normado nuestra convivencia ciudadana, plasmada en le legitimidad de nuestra vida constitucional; constituciones que en su gran mayoría han nacido bajo la presión ejercida por las fuerzas armadas o las oligarquías de turno que se disputaban el poder estatal.

No pretendo hacer un juicio de valor, sino por el contrario, remitirme a la evidencia histórica de estos 200 años, la que demuestra palmariamente que en nuestro país no ha existido ningún ordenamiento constitucional que haya tenido su génesis en una expresión verdaderamente democrática. Por el contrario, las que nos han regido por más tiempo, han emergido bajo fuertes períodos de convulsión interna donde su promulgación ha carecido de procesos constituyentes que las legitimen democráticamente. Para afirmar este punto, de las 10 constituciones que ha tenido nuestro país, las he divido en tres grupos a saber: las de emergencia, las bien intencionadas y las militaristas.

El primer grupo, abarca un período de 10 años -de 1811 a 1822- (1), el que estará marcado en una primera fase pAbdicación-de-O`higginsor las constituciones de los años 1811, 1812 y 1814, que corresponden al periodo de la independencia. Estos reglamentos tratarán de generar sobre la marcha un status jurídico sobre la naciente república, las que reflejarán las posturas disidentes en el seno de la aristocracia nacional, particularmente santiaguina. Caso emblemático de este período resulta la constitución de 1812, que fue ratificada por un grupo de santiaguinos de “alta alcurnia” que votaban bajo la convocatoria de una invitación (2). La segunda fase abarca las constituciones de 1818 y 1822, que estarán marcadas bajo la férula del autoritarismo ohiguinista que gobernará con un grupo de la aristocracia nacional. Una vez más la constituyente dejará fuera no solamente al pueblo, sino a una incipiente clase media integrada por artesanos, funcionarios del estado y profesionales.

20080606klphishch_2_Ies_SCOEl segundo grupo, abarca sólo 5 años, caracterizándose por una mirada liberal de la burguesía progresista de la época. Esto se reflejará en dos constituciones, la de 1823 que incorporará el voto a la clase media integrada por letrados pobres, sacerdotes, oficiales de bajo rango, empleados públicos, mineros y otros empresarios (3). La constitución de 1828, bajo sello liberal / Democrático, va más allá de su predecesora instaurando en la práctica el voto universal para el género masculino, casados mayores de 21 y solteros mayores de 25 años (4). La falta de unidad del patriciado nacional para concebir un modelo de desarrollo institucional, generó profundas divisiones entre sectores liberales y conservadores, lo que precipitará la derrota del progresismo dando origen al tercer grupo.

El tercer grupo abarca un período de 176 años hasta hoy día, bajo el dominio de tres constituciones, la de 1833, la de portales21925 y la de 1980. La primera, se origina fruto del levantamiento armado de un sector del patriciado mercantil chileno, en contra del patriciado liberal, el cual se toma el poder después del triunfo en la batalla de Lircay. Estamos en presencia de un golpe de estado, en el cual el general que encabeza el bando pelucón estanquero, asume como presidente de la república después de derrotar militarmente a sus enemigos; será este bando, el que pasando a llevar la constitución de 1928,vigente todavía, promulgará la Constitución del 33. La discusión del proyecto y su posterior promulgación, se dará en un clima de represión, exilio y encarcelamiento del bando derrotado, con guardias civiles que operaban como policía política en contra de la disidencia (5).

0,,1_147604432_165,00Para comprender el nacimiento de la constitución de 1925, debemos tener en consideración dos elementos que determinaran el cambio del parlamentarismo al presidencialismo. El primero, es el que se conoce con el nombre de La Cuestión Social, “fenómeno que consistió en la aparición, y correspondiente reconocimiento social, de una nueva forma de pobreza asociada a la vida urbana y a la consolidación de la producción capitalista” (6); que hacía 1920 producto de sangrientas luchas había logrado enfrentar a la oligarquía financiera atrincheraba en el parlamento, posibilitando devenir la cuestión social en cuestión política. Al triunfo del socialismo en la Rusia zarista, se agregaba que trabajadores, artesanos y pequeños propietarios contaban a la fecha con periódicos para difundir sus ideas, partidos políticos, federaciones obreras y de empleados, que empezaban a manifestarse por cambios profundos en la arquitectura institucional, “… diversos grupos de ciudadanos se movieron para ‘generar’ la política desde la propia bese civil. Eso fue lo que impulsó la Liga de Acción Cívica, desde 1912, exaltada por Roberto Huneeus. En la misma dirección se movía la Federación Obrera encabezada por Luis Emilio Recabarren, llamando a una Asamblea Constituyente para refundar el Estado al margen de los políticos. Al margen de los políticos se movía también la sección chilena de IWW. Las ligas de arrendatarios (conventilleros) y las primeras asociaciones de profesores descartaban ‘la pretendida virtud de los medio políticos’(7). El segundo elemento para entender la crisis institucional, está signado por la denominada Crisis de Representatividad del Régimen Parlamentario, la que se vio incrementada por las desastrosas consecuencias que trajo para nuestra economía el fin de la primera guerra mundial y el descubrimiento del salitre sintético, todo esto en el marco de la elección presidencial de 1920. En palabras de Gabriel Salazar, era una “crisis combinada de representatividad y de legitimidad, unida a la demanda por ‘la Constituyente’, indican que la coyuntura tenía, hacia 1920, un inconfundible carácter cívico pre-revolucionario. Lo que era, por cierto, mucho más que una agitada ‘campaña electoral’(8). Es en este contexto social donde resulta electo Arturo Alessandri, quien provenía del patriciado aristocrático del parlamentarismo chileno, y que llega premunido de un conjunto de propuestas que pretendían aminorar la grave carga social que enfrentaba la mayoría de la población; propuestas que “pretendían armonizar las relaciones entre le capital y el trabajo mediante una legislación adecuada que abarcara contratos laborales, previsión social, organización de sindicatos y derecho a huelga” (9). Estos planteamiento, si bien necesarios, fueron torpedeados contumazmente por el parlamento que, encerrados en su burbuja se negaban a ver la crisis a la que se enfrentaban. Esta situación no fue ajena a un grupo de oficiales jóvenes, que azuzados por el caudillo de Tarapacá realizó en los primeros días de septiembre de 1924 un golpe blanco al acudir a una reunión del parlamento y hacer sentir su malestar haciendo resonar sus sables contra el piso, episodio conocido en nuestra historia como el ruido de sables. Si bien el “episodio militar” logró destrabar las leyes que se encontraban en el parlamento y abrir una puerta a la reforma de la Constitución, Alessandri sintió vulnerada su autoridad y, con la autorización de sus pares en el parlamento, se tomó un permiso para viajar a Europa. El 10 de septiembre Alessandri hace abandono del país y, al día siguiente, el 11 de septiembre, un grupo de oficiales conservadores se toman el poder, instaurando una Junta Gobierno cuya primera medida será el cierre del Congreso y convocatoria a elecciones presidenciales y parlamentarias. Esta situación no dejará conformes a la oficialidad joven, herederos del ruido de sables, la que originará un nuevo golpe que depondrá a la Junta Militar y pedirá el regreso de Alessandri para iniciar los pasos de una Asamblea Constituyente. Vuelto al país, el caudillo, con todo el poder en sus manos, el congreso cerrado, con la oficialidad joven y el pueblo apoyándolo acometió a la tarea de dictar una nueva Constitución. El problema recaía en cómo hacerlo, si Alessandri optaba por una Asamblea Constituyente el resultado se veía confuso para la clase política a la cual pertenecía el presidente. Más, contrario a las promesas que había realizado a su vuelta del autoexilio Alessandri no convocó a una Constituyente, tan sólo “designó un Comité formado mayoritariamente por políticos y no por representantes directos de la ciudadanía. Y ese comité redactó la Constitución de 1925” (10). La Constitución fue sometida a plebiscito el 25 de agosto de 1925, con los abiertos llamados a abstención por parte de los partidos Conservador, Comunista y Radical. De los 302.304 inscritos en los registros electorales, votaron sólo 134.421, de los cuales 128.381 lo hicieron por el proyecto alesandrista, lo que deja una abstención de un 50% de personas que teniendo derecho a voto, por alguna razón no hicieron.

La actual Constitución, la de 1980, viene a ser el corolario de nuestra historia Constitucional, vale decir, la imposiciónpinochet_junta forzada de las normas que regirán el Estado. En efecto, valga decir que en el momento mismo del golpe de Estado se deja sin vigencia la Constitución del 25. Pero, el proyecto que se plebiscitó el año 80 tuvo su génesis pocos meses después del pronunciamiento golpista del 1973,  cuando la Junta militar nombra una comisión a cargo del jurista Enrique Ortúzar (11) para estudiar una nueva Constitución. Cinco años después, se entregó a la comisión Ortúzar, como se le conoció, las indicaciones de Jaime Guzmán para que se elaborara el proyecto de Constitución (12). Un año más tarde, 1978, la comisión Ortúzar evacuó el anteproyecto constitucional, el que fue enviado al Consejo de Estado integrado por personeros designados por el gobierno de facto, entre los que se encontraban los ex presidentes Jorge Alessandri (13) y Gabriel González Videla (14). El 26 de junio de 1980, el “flamante Consejo” entregó la nueva Constitución, la cual pasó a un grupo de estudio encabezado por la Ministra de Justicia y sobrina del dictador, Mónica Madariaga, ella fue asesorada por cuatro auditores militares que, en forma minuciosa introdujeron 175 cambios que daban cuenta de las distintas visiones al interior del régimen (15). Realizado el trámite de corrección la Constitución pasó a la Junta de Gobierno, integrada por los tres Comandantes en jefes de las diferentes ramas castrenses y el Director Gral. de Carabineros (16). La “honorable” junta evacuó el proyecto con fecha 10 de agosto, para un día después, mediante cadena nacional comunicar que la Constitución se plebiscitaria el 11 de septiembre de 1980. Demás está decir, a esta altura como de costumbre, que la votación se llevó a efecto con estado de emergencia, sin partidos políticos, sin libertad de prensa y asociación, en un clima de terror y amedrentamiento por parte de la policía política a los detractores. El resultado obvio fue el siguiente: votos por el “Sí” a la nueva Constitución, 4.204.879 (67,04%); por el “No” (rechazo), 1.893.420 (30,19%); nulos, 173.569 (2,77%).

A manera de conclusión, nos parece interesante entregar la opinión del Premio Nacional de Historia 2006, Gabriel Salazar, quien dice:

“Al hacer un el balance de los procesos de construcción de Estado en Chile, resta un saldo neto de anomalías, que denotan ilegitimidad. Son entre otras las siguientes”.

“En primer lugar, en cada uno de dichos procesos, se observan intervenciones de rasgo dictatorial por parte de las Fuerzas Armadas. Se observa también que, en el contexto de esas intervenciones, los miembros de los Comités Constituyentes (en Chile no ha funcionado jamás una Asamblea Constituyente elegida por el pueblo) fueron designados por la autoridad, no electos por la ciudadanía. Los proyectos de Estado que esos comités, a puerta cerrada, discutieron y acordaron, fueron finalmente impuestos a la nación sin deliberación informada, y dentro de una atmósfera militarmente controlada”. (17)

La doctrina moderna en derecho político, define al pueblo como titular del Poder Constituyente no de ahora, sino de 1787 con la promulgación de la Constitución Norteamericana y, refrendada después por la Revolución Francesa. Las Constituciones que se establecen reconociendo la titularidad del pueblo en el ejercicio del Poder Constituyente, son denominadas democráticas, en palabras de Thomas Paine “Una Constitución no es el acto de un gobierno, sino de un pueblo que constituye un gobierno, y un gobierno sin una Constitución es un poder sin derecho” (18).

A la luz de lo expresado, me pregunto cuál sería el mejor regalo que podríamos entregarle a esta ya adulta nación, claro, estarán los edificios elefanticos, carreteras y otras obras públicas. Pero, no será necesario pensar en hacerle un regalo cívico a la patria, un regalo que nos permita revertir el drama de legitimidad de estos últimos 200 años, no será necesario crear, por primera vez en nuestra historia una Asamblea Constituyente que de origen a un Estado legítimo… puede ser un buen regalo.

Notas

1.- Constituciones de 1811, 1812 y 1814, corresponde a la denominada Patria Vieja. Las de 1818 y 1822 inauguran la Patria Nueva.

2.- Ver en Historia de las instituciones políticas y sociales de Chile, Jaime Eyzaguirre. Editorial Universitaria, 1992.

3.- Ver en Construcción de Estado en Chile (1800-1837), Gabriel Salazar. Editorial Sudamericana, 2005.

4.- Íbid., op. cit.

5.- Para un análisis más detallado ver en “Construcción de Estado en Chile…” (op. cit) y “El peso de la noche: nuestra frágil fortaleza histórica”, Alfredo Jocelyn-Holt. Ariel, 2000.

6.- ¿Revolución Proletaria o querida chusma?, Julio Pinto, Verónica Valdivia. LOM Ediciones, 2002.

7.- Historia Contemporánea de Chile I, Gabriel Salazar, Julio Pinto. LOM Ediciones, 1999.

8.- Ibíd. Op. Cit.

9.- Historia del siglo XX chileno, Sofía Correa, Consuelo Figueroa, Alfredo Jocelyn-Holt, Claudio Rolle, Manuel Vicuña. Edt. Sudamericana, 2001.

10.- Historia Contemporánea de Chile I, op. Cit.

11.- Enrique Cornelio Ortúzar Escobar (1914 – 2005), abogado constitucionalista, ministro del Gobierno de Jorge Alessandri Rodríguez en las carteras de interior, justicia y RR. EE.

12.- La historia oculta del régimen militar. Memoria de una época 1973 – 1988, Ascanio Cavallo, Manuel Salazar y Óscar Sepúlveda. Editorial Randomhouse-Mondadori, 2004.

13.- Jorge Alessandri Rodríguez (1896 – 1986), hijo de presidente Arturo Alessandri, gobernó Chile entre los años 1958 a 1964.

14.- Gabriel González Videla (1898 – 1980), gobernó Chile entre los años 1946 a 1952.

15.- Ibíd. Op. Cit.

16.- La integraban Augusto José Ramón Pinochet Ugarte (ejército), Fernando Jorge Matthei Aubel (fuerza aérea), José Toribio Merino Castro (armada), César Leonidas Mendoza Durán (carabineros).

17.- SALAZAR, Gabriel. Construcción de estado en Chile: la historia reversa de la legitimidad. [Artículo]. En  Proposiciones Vol.24. Santiago de Chile : Ediciones SUR, 1994.  Obtenido desde: http://www.sitiosur.cl/r.php?id=578. [Consultado en: 15-10-2009]

18.- Los Derechos del hombre, Thomas Paine. Aguilar, 1963.

11
Ago
09

Con cariño para el Ceja, el Loquín y el Cisarro

Durante los últimos días hemos asistidos al abuso mediático que intenta mostrar los casos de jóvenes, cuya conducta social se aleja de los parámetros de un país que goza de una cobertura educativa propia de país desarrollado (1); vemos además, como los candidatos en carrera a La Moneda han implementado sus propuestas en torno a mejorar “la calidad” de ésta. Pero, se está caminando por el sendero adecuado para revertir una tendencia que con cobertura más o menos, históricamente ha tendido a marginar a jóvenes de bajos recursos. En este sentido, quiero entregar a Uds. la visión del Premio Nacional de Historia 2006, Gabriel Salazar (2), en un estudio escrito el año 1999 pero que a 10 años no pierde para nada su vigencia.

Por mi parte, me gustaría dedicarles este texto a tres jóvenes que, quizás por su nivel educacional pasará mucho tiempo antes que lo puedan leer y peor aún comprender… con cariño para el Ceja, el Loquín y el Cisarro.

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LA EDUCACION DE LA JUVENTUD COMO

UNA EDUCACION PARA EL CAMBIO

LA PROPUESTA DE TEMA que se hizo para esta mesa, las transformaciones del Estado y cómo estas transformaciones se han postulado, promovido e implementado las políticas sociales en Chile. Yo no sé si voy a tomar literalmente lo que se propone, pero vamos a trabajar un poco en esa dirección.

Es importante para empezar, señalar que l a mayoría de los estudiosos chilenos sobre el tema y el problema de las políticas sociales, pienso por ejemplo en Martínez y Palacios, en el economista Juan Pablo Arellano, hoy oficiando de Ministro de Educación, en la economista Pilar Vergara, pienso en otros autores que consideran que las políticas sociales son en general —en el mundo moderno y muy particularmente en Chile— síntoma, expresión y demostración de modernización , de forma tal que se estudian estas políticas y se las define como una demostración palpable de cómo la sociedad moderna y particularmente el Estado moderno, tiende a preocuparse de los problemas de la iniquiF727024_cisarro330dad social para resolverla de una manera consistente y orgánica.

Sin embargo, yo soy historiador, si uno comienza a plantearse la cuestión de qué modernización estamos hablando cuando decimos esto, en qué proceso de modernización están ubicados estos fenómenos y que las políticas sociales aparecen en la forma en que se han definido en Chile por estos estudiosos. Uno descubre lo siguiente, en primer lugar, de que la modernización donde aparece instalada la concepción de política social, es una modernización dominantemente y genuinamente liberal, es liberal, es un mundo que combina, que traba orgánicamente lo que es el Estado liberal representativo, con lo que es el mercado abierto, y llamo mercado abierto al que está abierto hacia fuera, y no integrado hacia adentro. Esto es un dato importante, porque no hablamos en Chile de Estados constituidos para desarrollar socialmente o integrar socialmente el país, no hablamos en Chile de constituciones políticas que se hayan preocupado de promover el desarrollo productivo e industrial de la nación y junto con ello la integración social de todos los chilenos. Hay políticas sociales que se refieren a eso, pero no Estados o constituciones que cuyo apellido central sea precisamente eso.

A lo largo de toda la historia de Chile, no hemos encontrado hasta la fecha ninguna Constitución Política que se haya organizado específicamente para resolver el problema, i) del desarrollo económico, ii) la integración social igualitaria de todos los chilenos. Sí encontramos políticas sociales. Cuando uno revisa cómo se han gestado y qué son en definitiva las políticas sociales, uno descubre que no son artículos de Constitución Política, es decir, no forman parte de la estructura del aparato del Estado, pero sí son leyes especiales, sí son decretos, muchas veces con fuerza de ley y si uno los mira en conjunto, en las perspectiva histórica, las políticas sociales —o si ustedes quieran las leyes y decretos que han construido las políticas sociales en Chile— no han operado en el articulado de la Constitución, sino por lo común, en los intersticios del articulado constitucional, haciendo uso y abuso muchas veces de lo que muchos abogados llaman, el uso alternativo del derecho, que quiere decir, no aplicar el derecho tal cual, sino hacer uso de sus intersticios, de sus vacíos, de la oportunidad de torcer un poco la nariz del texto para poder realizar generalmente no lo que manda la Constitución, sino lo que la sociedad civil pide.

En consecuencia uno puede decir que en Chile y en otro países también, las políticas sociales son el subproducto de un uso muy especial del derecho, y es a posteriori de la redacción del texto constitucional, es decir, de la construcción del Estado en este país.

Si revisamos rápidamente esto, observamos que en la Constitución de 1833, no hay ni un solo artículo que se refiera al aspecto social ni al aspecto económico, ni al desarrollo ni de lo uno, ni de lo otro, mucho menos se plantea la igualdad. Fue por eso mismo que para intentar abrir esa Constitución, para hacer posible un mínimo de desarrollo y una cierta liberalización —por lo menos— del sistema electoral, hubo que en cierto modo violentar ese texto o producir Reformas Constitucionales por los años 80 y 90, pero fueron reformas particulares, específicas, pero no el conjunto. De esa manera, en última instancia, se dio el típico conflicto entre una política que tendía a la democratización y a favorecer el desarrollo y el resto de la estructura del Estado, que operaba en sentido liberal.

Esta situación, en que la política social aparece como un furgón de cola, que aparece como instrumento gubernamental de segunda categoría, que aparece después que está vigente la Constitución, que aparece cuando es necesario aquietar un poco las protestas de la base ciudadana, nos demuestra que las políticas sociales, vuelvo a repetir, son y han sido instrumentos de legitimación tardía de un régimen constitucional que no fue exactamente legítimo en el momento de su construcción. Esto es importante, pues las políticas sociales aparecen por tanto como instrumentos, para legitimar estructuras estatales y estructuras políticas fundamentales, que no tuvieron en su construcción un nivel o un índice de participación ciudadana suficiente, informada, democrática, abierta.

Es por eso que en Chile las políticas sociales han aparecido bastante tiempo después de que se dictó el Estado, como lo decía recién respecto a la Constitución del 33, eso aparece por los 80, por los 90 y se enreda dentro del fenómeno parlamentarismo. Es notable que en Chile, cuando se ha intentado acoger las demandas de la base ciudadana para democratizar y para desarrollar, no se ha intentado hacer una reforma profunda de la Constitución, se ha optado por intentar cambiar un poco el Estado, pero sin cambiar el texto de la Constitución, así surgió el parlamentarismo, sin cambio constitucional. Si ustedes revisan la Constitución del 25, fue también una Constitución liberal, representativa, apta para el desarrollo de un mercado hacia fuera, pero no de un mercado integrador hacia dentro, y eso determinó, otra vez, que a través de los decretos leyes de la época de la República Socialista por ejemplo, y otros intersticios legales, se fue construyendo un Estado desarrollista y un Estado populista sin cambiar el texto

Constitucional de 1925, y se dio un Estado hipertrófico. Ustedes lo saben muy bien, en que toda la estructura básica del Estado funcionaba en sentido liberal y toda la estructura hipertrófica del Estado funcionaba en sentido populista, y eso explica que los grandes conflictos sociales y económicos de la época hayan sido en última instancia intentado dirimirse políticamente en el contexto de la estructura liberal y parlamentaria del Estado.

En este sentido, las políticas sociales han demostrado ser un paliativo, un paliativo tardío, en la medida que ha jugado el rol de legitimar una determinada estructura y un sistema políticos. Han jugado el rol cuando se ha desarrollado el aparato electoral de aquietar de alguna manera al electorado, de hacer surf sobre las olas, de la opinión pública y de responder a medias respecto a problemas que son de enorme importancia y carácter estructural. Eso no ha cambiado en el día de hoy, no es muy distinto, este hecho de que el Estado en Chile haya sido siempre liberal y las políticas sociales hayan sido sucedáneos, a determinado que en muchos casos la responsabilidad por el problema social, han tenido que asumirlo agencias privadas. En el siglo XIX fue la Iglesia, la Iglesia Católica asumió por sí sola y en gran medida junto con congregaciones privadas (hablo de la Hermandad de Dolores por ejemplo, de la Conferencia de

San Vicente de Paul o la Asociación de la Escuela Católica de Santo Tomás de Aquino), que asumían privadamente y con criterio de caridad el problema social y de conseguir un mínimo de igualdad entre los chilenos.

En el período comprendido entre 1938 hasta 1973, se hace cargo el Estado y aparece el Estado desarrollista y social benefactor, pero sin modificar el texto liberal de la Constitución del 25. Y hoy día, prácticamente es lo mismo, tenemos una Constitución, tal vez la más liberal de nuestra historia, protegida por un aparato de seguridad, y si ustedes revisan la Constitución del 80, por lo menos hay cuatro sistemas, dispositivos de seguridad, antes de llegar a la posibilidad de una reforma constitucional; podrán comprender qué sentido tiene o qué posibilidad tiene que las políticas sociales dentro de esta Constitución puedan tener un efecto realmente productivo respecto de los problemas que se procura resolver. Cambia el ejecutor, en el siglo XIX fue la Iglesia, entre 1938 y 1973, fue el aparato burocrático del Estado, hoy son agencias privadas, consultoras, ONG’S, Servicios del Municipio, que operan también como consultoras privadas; cambió eso, pero el problema de fondo no ha sido resuelto.

Si revisamos toda la historia de Chile —y ahora comenzamos a hablar de la juventud—, observan que la situación prácticamente no ha cambiado. En el siglo XIX la juventud nutrió toda esa gran masa que se llamó «los peones gañanes». La gran mayoría de la población, el 60% de la población, hombres y mujeres en gran medida sin empleo permanente, pero sí con empleo precario, lo que determinaba su tendencia a emigrar continuamente de un punto a otro buscando empleo o escapando de la represión. La juventud marginal del siglo XIX, fue ese roto chileno que se tuvo que mover permanentemente de un lugar a otro, saliendo, entrando del país, sin empleo, sin posibilidades de educación, sin derecho a voto, estaba excluido constitucionalmente del derecho a voto, sin acceso a la educación.

Posteriormente podemos hablar de una juventud, que la encontramos inserta en el movimiento de pobladores, tal vez su mejor período, fue el período de la «otra democracia» en donde a través de la educación se abrieron canales de integración a la sociedad, pero es aquí donde encontramos una de las características fundamentales de las políticas sociales en Chile. Estas características dicen relación con lo siguiente: si uno revisa la historia de las políticas sociales chilenas, tienden a ser asistencialistas, van a paliar un poco una situación de pobreza creada: te voy a construir casas baratas, te voy ofrecer educación barata, te voy a dar salud barata, te voy a prestar dinero, te voy a dar capacitación mínima; eso es lo que regularmente ha sido en Chile una de las características centrales de las políticas sociales de este país.

En segundo lugar, estas políticas han involucrado siempre una suerte de inversión keynesiana, por qué razón. Porque si ustedes se fijan, vamos a construir vivienda barata, vamos a permitir que existan colegios privados subvencionados baratos; y qué es lo que ha implicado eso a lo largo de la historia: que muchos pequeños capitalistas o capitalistas en ascenso, invierten en estas áreas, especialmente en la construcción de vivienda, que ha sido demostrado ya a lo largo de la historia, que la construcción de vivienda en torno a estas políticas sociales ha sido una fuente de acumulación y de formación de pequeño y medianos empresarios de este país. Este es un fenómeno muy extendido, que podríamos decir que la inversión en torno a estas propuestas asistencialista de resolver problemas materiales, inclusive la educación y la salud, ha significado una expansión del gasto, pues gastamos dinero que llega al consumidor, el consumidor compra y eso es una inyección de expansión para el conjunto de la economía; en definitiva esta inversión desarrolla el mercado, pero no permite necesariamente que se integren los sectores populares a un nivel medio de consumo de una sociedad moderna, capitalista, industrial.

Y en tercer lugar, estas políticas normalmente han insistido en un eslogan: «para la juventud lo más importante es la educación». Desde la época de Manuel Montt hasta el día de hoy, basta leer el Informe del PNUD del año pasado, se recomienda en insistir en la educación para los jóvenes en la medida que ésta le permite dos cosas: i) integrarse a la sociedad moderna civilizada, ii) competir en el mercado. Pero esta educación tiene que ser individual, va dirigida al individuo, no a la comunidad, no a las redes sociales, no a las tribus de jóvenes que se constituyen en los lugares donde viven; no por tanto en un sentido de colectivo, sino siempre al individuo. En Chile todas las políticas sociales —de una u otra manera— han puesto énfasis en la educación, pero esta educación va dirigida al individuo, es tu responsabilidad ahora de integrarte al mercado. El mercado no va a ser modificado, el mercado no se toca. En esa medida educamos, pero es tú responsabilidad integrarte a ese mercado que no se toca, al mercado tabú, podríamos decir.

En 1991, el sociólogo francés, tan citado en Chile hace unos años atrás, Alain Touraine, señalaba en un informe, que en definitiva se entregó al Instituto Nacional de la Juventud (INJUV) y que en gran medida parece, determinó la propuesta de política hacia la juventud en Chile de la nueva democracia, señalaba que lo más importante no es educar para que los jóvenes entiendan la situación del conjunto del modelo neoliberal, no se trata de educarlos para actuar sobre ese modelo, se trata de prepararlos individualmente para lo de siempre: por un lado, capacidad de competencia frente al mercado y por otro lado, —y lo dice textualmente Touraine— para que apoyen la institucionalidad del país; en otras palabras para que apoyen la vigencia y la validez de la Constitución de 1980.

Esta situación repetida a lo largo, diría de casi dos siglos, es lo que muestra a una juventud en este país a la cual no se le ha resuelto su problema fundamental, una juventud popular que no ha estado, hasta la fecha, nunca realmente integrada, que no ha encontrado canales de integración hacia el corazón moderno de esta sociedad y que ha permanecido siendo en el fondo una juventud marginal.

Muchas veces las políticas sociales, qué es lo que hacen: modernizan la marginalidad, construyen rotondas por ejemplo para automóviles, llevan shopping centers, como los llaman ahora mall, a poblaciones donde la gran mayoría de los jóvenes no tienen empleo o viven del empleo precario. Se crean y se multiplican las multicanchas, se crean centros juveniles; nada de eso resuelve la marginalidad, pero sí la moderniza. Es como decir: te vamos a crear un césped aquí para que vayan a pastar su propia marginalidad, tranquilos, expresen su identidad marginal allí, canten, hagan grafitis, protesten, pero ahí, en ese marco, y participen ahí. Cuando se habla de participación, se está pensando participación en ese marco, en el centro cultural hagamos fiestas, en la multicancha hagamos campeonato, y entre todos «no a la droga»; pero sigue siendo eso marginalidad.

Porque hoy día el modelo descansa en lo que se llama tan elegantemente «la flexibilidad del empleo». Y qué es la flexibilidad del empleo: el empleo precario, sin contrato estable, casi siempre sin previsión, trabajo temporero. Que es el mismo tipo de trabajo que se le ofreció a la juventud del siglo XIX, no hay cambios.

Y por otro lado, no hay tampoco integración al aparato educativo, podrán haber 25 mil cursos de capacitación para formar sastres, cocineros, peluqueros, peinadoras, pero nada de eso permite tener acceso a la educación superior, nada de eso permite comenzar a moverse transversalmente en los empleos de la súper estructura mercantil financiera, que es en este país la esencia del capitalismo actual, y no del aparato industrial.

Si uno mira en perspectiva histórica, la situación de la juventud chilena no ha cambiado mucho, se ha revolcado en su marginalidad, se ha modernizado en su marginalidad, se le ha ofrecido educación, pero la educación sin empleo no tiene destino. A mí me llegan continuamente (porque he tenido mucha suerte de tener trabajo) currículum de compañeros, especialmente de historia, con maestrías, con doctorados, ex profesores universitarios, rectores de colegios, que están cesantes; la bola de nieve indica que cada vez van a ver más cesantes con maestrías, más cesantes con doctorados, en Francia ocurrió así. Hay una sobre calificación, que va creciendo hacia arriba, que van absorbiendo los puestos superiores y mientras más se educan los de abajo, de todas maneras quedan desempleados. Esta bola de nieve de la sobrecalificación está en marcha en este país y la juventud, por más que estudie y se recontracapacite, va a permanecer con un techo encima que sólo le asegura empleo precario lateral.

Si miramos la historia, uno encuentra que los jóvenes en este país han jugado un rol histórico en un doble sentido; por un lado, ha sido el deshecho fundamental de las constituciones liberales, pese a las políticas sociales, de retaguardia que se han desarrollado para integrarlos, deshechos sociales, han hecho grandes esfuerzos por educarse e integrarse con resultado mediocres, salvo en el período 1938-73, pero junto con ese esfuerzo frustrado, la juventud popular chilena ha jugado el rol histórico de rebelarse, protestar y pelear por el cambio. La juventud popular ha tenido dos roles históricos muy claros: luchar por integrarse conforme a la ley, pero luchar por cambiar la ley desde fuera de la ley.

Y es muy interesante que este país, aunque se critica mucho la palabra generación, discute en función a las generaciones, y se habla de la generación del 48, del siglo pasado, de los jóvenes rebeldes que luchaban contra el autoritarismo del 48, y provocaron la guerra civil del 52, 59 y finalmente cambiaron el sistema autoritario. La generación del 20, la de Recabarren, la de la FECH, que luchó contra la oligarquía, la del 38 que dentro del contexto de la Constitución Liberal del 25, procuró desarrollar la industria y la igualdad social, la generación del 68 que no le creyó a la del 38, y trató de cambiar todo eso perdiendo. La generación del 80 que peleó contra Pinochet y perdió. La generación del 90 que está peleando contra esta democracia neoliberal, heredera de la dictadura neoliberal, y ahí estamos, no estamos ni ganando ni perdiendo, porque todavía no hemos peleado, pienso. Si uno revisa las generaciones del 38, del 68 o del 80 o del 90, del 48 del siglo pasado, no son generaciones de viejos, son jóvenes, jóvenes en momentos de rebeldía, jóvenes que dentro de esa rebeldía crearon cultura.

La juventud popular chilena ha sido, si ustedes quieren muy aplastada, muy marginada, pero cuando ha peleado ha creado la cultura autóctona de este país, todavía estamos cantando las canciones de la generación del 68, muchos añoran las canciones de «Los Prisioneros» de los 80, en el Estadio Nacional 60 mil personas escucharon de nuevo a «Sol y Lluvia», que tocó las mismas canciones de los 80, y tres horas de pie saltando y bailando. Tal vez todavía no hemos creado la cultura y las canciones de lucha de los 90, no sé, tal vez los raperos están haciendo algo, pero parece que todavía es poco.

En síntesis para terminar. Primero, las políticas en Chile nunca han sido sociales, siempre han sido liberales. Segundo, las políticas sociales en este país han venido en retaguardia a suplir lo no hecho por las Constituciones, hacerlo a medias, sin resolver en definitiva nada de fondo. Tercero, la juventud popular en este país no ha cambiado substantivamente su situación en casi dos siglos de historia, ha cambiado de alguna manera en estilo, si ustedes quieren, en el contexto, pero estructuralmente no, y eso nos demuestra un doble rol histórico de esta juventud. Y me pregunto si queremos educar a la juventud hoy, basta con educarla para que compita en el mercado y apoye la institucionalidad como dice Touraine; o también podemos y debemos educarla con relación al segundo rol histórico que ella ha cumplido a lo largo de los siglos, que es intentar cambiar el modelo liberal. Por qué no educar a los jóvenes para una cosa y para la otra cosa, por qué no enseñarles o tratar de que ellos se autoeduquen para producir los cambios que ellos quieren producir, por qué no legitimar esa educación.

Queremos educar a la juventud, y queremos ser honestos con nuestra memoria histórica, y respetar nuestro propio pasado, tenemos que educarlos tanto para competir en el mercado, para ser civilizados, pero al mismo tiempo para producir el cambio y la transformación histórica que en este país en dos siglos no se ha producido, porque entre otras cosas a veces los jóvenes envejecen, y cuando envejecen los viejos dejan de hacer lo que comenzaron a hacer.

La generación del 48 y la del 88 del siglo pasado, dejó de hacer a fines de siglo lo que prometió antes, y en lugar de hacer el cambio aseguró el sistema. Los del 38, los Teiltelboin, los Frei, los Gumucio, los Allende, los Tomic, hasta los Zaldívar podríamos decir, no hicieron después lo que habían prometido en los años 20 desde la FECH, gran parte de ellos, porque los viejos terminan con un realismo político que no es el realismo histórico de la juventud. En definitiva, a la juventud hay que educarla en esa doble dirección y legitimar la educación para el cambio.

VALPARAÍSO, MAYO DE 1999

Notas

1.- 100% Enseñanza Básica y 94% Enseñanza Media. Fte. Sobre la base del Mins. Hacienda (2005); Arellano 2000; CASEN 1990, 2000 2003 y M. Marcel y C. Tokman 2005 (cit. En Calidad de la Educación Claves para el Debate, JJ. Brunner, G. Elacqua y otros, Ril Editores, año 2006. Pag. 27.

2.- Premio Nacional de Historia (2006), Sociólogo y Filósofo, Doctor en Historia. Ha publicado numerosos libros, entre los que se destacan: Labradores, Peones y Proletarios (1985); Violencia Política Popular en las Grandes Alamedas (1990); Los Intelectuales, los Pobres y el Poder (1995). Es coautor, junto a Julio Pinto, de los cinco volúmenes de la Historia Contemporánea de Chile (Ed. LOM, 2002); Mercaderes Empresarios y Capitalistas (Sudamericana 2009). Actualmente se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Chile.