25
Dic
07

“Las Fuerzas Armadas han asumido siempre al Movimiento Popular como un Enemigo Interno”


 

El último número de la revista Patrimonio Cultural (1), viene dedicado íntegramente a la conmemoración del centenario de la matanza de la Escuela Santa María de Iquique. En una edición, finamente ilustrada, se abordan los trabajos de historiadores tales como Sergio Grez, Mario Garcés, Gonzalo Peralta y, además, una interesante entrevista al Premio de Nacional de Historia 2006, Gabriel Salazar. Esta última, me permito escoger para un análisis histórico más detallado de los luctuosos acontecimientos ocurridos hace 100 años.

“Las Fuerzas Armadas han asumido siempre al Movimiento Popular como un Enemigo Interno”

Este investigador, Premio Nacional de Historia 2006, incorporó nuevos sujetos de estudio a la historiografía tradicional. De hecho, más de alguien lo considera el fundador en Chile de una escuela historiográfica, la Nueva Historia Social, cuyo sello es precisamente la inclusión de los más desposeídos.

Por Cristián Labarca*

Conversar con Gabriel Salazar es conversar con la historia. ¡Vaya lugar común! Lo poco común es que al oírlo, y a diferencia de todo diálogo con el grueso de los historiadores chilenos, el auditor no tarda en sentirse observador activo de acontecimientos de enorme relevancia que, sin embargo, ocurren a la vuelta de la esquina, a veces frente a sus narices. A sus 70 años, Salazar se mueve con agilidad: un día dialoga con los líderes “pingüinos” del movimiento estudiantil, otro con un grupo de dirigentes de ferias libres. En cada uno de estos encuentros toma el pulso a una historia viva de la que jamás nos hablaron en la escuela, la del ciudadano de a pie, ese que día a día madruga y trasnocha construyendo, en absoluto anonimato, este país. Historia demasiado presente que es observada, analizada, vivida y compartida por Salazar.

Tras el golpe de Estado de 1973, Gabriel Salazar fue detenido y conducido a los centros de detención Villa Grimaldi y Tres Alamos. Mientras estuvo detenido, entre 1975 y 1976, desarrolló un curso de historia económica chilena, que después se convertiría en el libro “Historia de la acumulación capitalista en Chile (apuntes de clase)”(2). En 1976, partió al exilio al Reino Unido y regresó en 1985, editando ese mismo año su obra más importante “Labradores, Peones y Proletarios”(2).

Hoy, como Rousseau, el filósofo, sociólogo y Premio Nacional de Historia 2006 defiende que “la soberanía no debe delegarse ni se delega. Todos los que están arriba, supuestamente en este centro de poder, con su memoria oficial, con su Constitución Política, con sus fusiles bajo el brazo, por más que tengan la fuerza, la ley y el discurso de legitimación tardía, no tienen ni legitimidad ni son soberanos, la soberanía siempre radica en el sujeto libre. Es un derecho humano fundamental, por eso da derecho a la rebeldía y por eso que los jóvenes se rebelan. Y lo hacen de distintas maneras, echando abajo mobiliario urbano o pensando cómo levantar un proyecto político alternativo, esto se basa precisamente en el legítimo derecho a la rebelión cuando te enfrentas a un sistema que es ilegítimo, cuando no consultaron tu soberanía para construirlo. Aunque un gallo sea pobre, harapiento, lo que se quiera, pero el tipo es soberano en todo momento. Claro que individualmente no pesa nada, pero si nos asociamos, sí”.

¿Hay similitud entre este sujeto que aún no da el paso hacia esa asociación, y aquel de hace 100 años, a propósito de la conmemoración de la matanza en la Escuela de Santa María de Iquique? Se ha subrayado bastante respecto de la similitud de ambos períodos; auge económico que generó, como sucede hoy, opulencia en forma paralela a una gran desigualdad. Actualmente somos el 8º país más desigual del mundo.

Tanto a fines del siglo XIX como en el XX y ahora en el XXI, hay dos factores que se repiten. Uno es la existencia de un gran poder económico externo que hace fuerza para que Chile abra sus puertas a su comercio, por tanto exige librecambismo, liberalismo, y que se bajen los aranceles aduaneros para que entre la mercancía a borbotones y se creen las condiciones para que además entre el capital extranjero a invertir en lo que quiera. Eso se dio a fines del XIX, en el XX y ahora en el XXI se sigue repitiendo. Otro factor que ha determinado que esto se repita son las Fuerzas Armadas. En Chile, las Fuerzas Armadas han sido siempre partidarias de asociarse con ese poder externo, porque ellos creen en la geopolítica y piensan que lo lógico es asociarse con el máximo poder mundial, para buscar de alguna manera tener un poder relativo frente a los poderes locales, los vecinos: Perú, Bolivia, Argentina. Las Fuerzas Armadas chilenas buscaron primero la cercanía con Inglaterra, después Estados Unidos y ahora el mundo entero para tener la fuerza necesaria. En función de eso siempre han dado golpes de Estado en la misma dirección, nunca han dado un golpe de Estado de un verdadero nacionalismo, para cerrar las puertas y decir ‘bueno, desarrollemos nosotros y dejemos a estos poderes fuera’. Nunca han dado un golpe de Estado para desarrollar la industria o restablecer la igualdad social. Por esa misma razón es que nunca han asumido una identidad con el movimiento popular, al contrario, lo han visto siempre como un enemigo interno.

Las Fuerzas Armadas están enfermas porque partieron combatiendo a los mapuches, durante casi cuatro siglos se formaron combatiendo al indígena. Después siguieron combatiendo y persiguiendo a los rotos, vagabundos, peones. Luego, durante los años ’10, ’20, siguieron matando a los obreros subversivos. Más tarde con los humanoides, como llamaba Merino a la gente de izquierda. Y ahora están calladitos, pero ante cualquier cosa van a salir de nuevo a enfrentar a los jóvenes subversivos. Es una enfermedad cultural, política, que atenta contra la soberanía ciudadana. Necesitan ser reeducados, y sólo la ciudadanía puede reeducarlos. Estoy seguro de que si hoy se hace una encuesta al respecto –nadie se atreverá a hacerla- la gran mayoría de la juventud votará que haya abolición del Ejército nacional, reemplazo por milicias ciudadanas. Ya se pensaba eso en los ’60, por eso creo que equivocadamente pensamos que a través de las armas se podía derrotar a estos gallos, pero no, la verdadera arma contra los políticos no es otro fusil, es la cabecita.

¿Cuál es la importancia de conmemorar, más allá de la efeméride, una matanza como la de Santa María de Iquique? ¿Cree que de la historia se pueden sacar lecciones?

Es importante recordar las masacres, que son muchas. Si partes de la Independencia para acá, sumas veintitrés. ¡Veintitrés veces! Si tú piensas que en dos siglos las Fuerzas Armadas han intervenido veintitrés veces en la misma dirección, es que la cosa está mal. Entonces es bueno que estas masacres emblemáticas se recuerden.

¿Por qué esta es particularmente emblemática?

Por la cantidad enorme, por las condiciones –los masacraron en una escuela, porque los ametrallaron- y luego porque se convirtió en un recuerdo que permaneció mucho tiempo semiolvidado, la prueba está en que el monolito que recuerda la masacre, que es una porquería de un metro de alto, está todo borroneado y en medio de una feria libre donde lo tapan con lechugas y cebollas. Entonces, gracias a la Cantata Santa María que tuvo un éxito sensacional gracias a Quilapayún, es que se fue convirtiendo en algo emblemático. No es extraño que los libros que se han escrito y se siguen escribiendo hasta ahora sean todos posteriores a la cantata. Es la cantata la que abre el proceso de mistificación, pero tan emblemática como ésta hay muchas otras.

Está bien recordar eso, pero hay que recordar las otras. Y recordarlas todas, porque eso da cuenta de quién es el que mata aquí. Y no una vez, sino veintitrés veces, y están listos probablemente otra vez, por eso digo que están enfermos. En el fondo la puntería de la recordación no debe dirigirse al sentido de victimización, lloremos todos juntos con los caídos, aquí hay que sacar rabia para mirar y apuntar al que realmente mata. Por eso que es bien interesante lo que planteó tiempo atrás un grupo de sicólogas que decía ‘no está bien que todos los 4 de septiembre hagamos una marcha que parte en la Alameda, insiste en pasar por Morandé 80 y va al cementerio a llorar junto a la tumba de Allende. Es reproducir el mito, recordarlo siempre como un mito de dolor, terminar llorando la pena. ¿Por qué no dar vuelta la marcha?’, decían ellas, ‘¿Por qué no partimos en la tumba y vamos luego a La Moneda, con rabia?’. Yo diría ni siquiera a La Moneda, partiría a un regimiento, al regimiento Buin que está por ahí cerca.

¿Con qué intención?

¡A decirles que son asesinos! Y no una vez, veintitrés veces. Una institución que veintitrés veces ha masacrado es como si un criminal matara a veintitrés personas. A los responsables del 11M español, ¿recuerdas cuántos miles de años sumaba la pena que les dieron? Y estos gallos que veintitrés veces han hecho masacres donde han muerto no sé cuántas personas (un día las voy a contar) se merecen por lo menos una pena que corresponda a una acción soberana de la ciudadanía, y eso equivale a una reconstrucción de la institución.

Llama la atención que en el caso chileno la construcción del movimiento popular de matriz obrera, a diferencia de otros movimientos sociales en América Latina de la misma época, permaneció ajena a la implementación de la violencia como forma de respuesta frente a la represión estatal.

Es cierto que las masacres paralizaron una forma de acción… que no era violenta tampoco, porque hay que considerar que hubo masacre en 1890, en 1903, 1905, 1906, 1907… en rigor no hay que hablar sólo de Santa María, es una seguidilla de masacres, en circunstancias que el movimiento popular en esos años no era violentista. Cierto que los peones, la masa marginal, aprovechaba cualquier coyuntura y movilización callejera de los huelguistas y de los obreros propiamente tales, para lo que han hecho siempre: asaltar el comercio porque son pobres y saquear los almacenes. Pero esa no es violencia política, llámala delictual, marginal, desquite, lo que sea. Es cierto que la seguidilla de masacres obligó al movimiento popular a cambiar de táctica y pasar de un tipo de propuesta a otro. Y en el nuevo tipo de propuesta desafortunadamente comenzó a primar la configuración de un partido político que empezó a colocar su gente dentro del Congreso Nacional y del Estado, aceptando la Constitución Política de 1925, que se hizo absolutamente al revés de lo que querían los movimientos social-populares. Los partidos políticos que aceptan esa constitución liberal, alessandrista, que traicionó todo el movimiento popular, siguen la ruta abierta por Alessandri y se meten dentro del Estado, dentro de esa constitución, igual que ahora. Por eso es que el Partido Comunista al final acepta la constitución, ya que con ésta apostaba a tener diputados y senadores. Cuando aparece, el Partido Socialista hace lo mismo. Y de nuevo el PC no halla cómo colocar un par de diputados dentro del Congreso y aceptar la vía institucional que fue impuesta por Alessandri a espaldas del movimiento popular. Ese es el cambio que se produce, este nuevo movimiento político, desde dentro de un Estado liberal, necesitaba apoyo electoral y éste lo logran organizando a los trabajadores de una manera distinta a como se organizaban éstos antes del año ’30, y se aprovechan del decreto con fuerza de ley dictatorial de Carlos Ibáñez del Campo, del Código del Trabajo, para comenzar a meter a los trabajadores sindicales industriales y sacarlos de las mutuales y las mancomunales que ellos habían construido antes. Estos sindicatos, ahora, por sí solos, no pueden hacer nada salvo pedir más salarios y hacer huelga por eso. La presión para que se les resuelva la petición la hace el partido político y se forma esta correa transmisora: sindicato – partido político – congreso – gobierno. Es el gobierno el que resuelve los problemas y así se va generando el circuito del populismo. Eso es lo que cambia después de 1907, pero fue un cambio para peor, porque mató al movimiento popular -en este caso sindical- en lo que tenía de autonomía, soberanía, lo que tenía de capacidad propositiva.

¿Qué impide hoy que este movimiento obrero popular no alcance, después de un siglo, la fuerza que necesita para provocar un cambio real?

Bueno, porque lo han destruido y revolcado en el suelo dos veces. Después de 1907 se puso fin a todo el movimiento mancomunal y mutual que era autónomo -orgullosamente propositivo más que peticionista- lo revuelcan y lo reconstruyen luego con organizaciones sindicales dependientes de partidos populistas, a su vez dependientes del Estado, el Estado es el que hacía la revolución, no el pueblo.

Viene el golpe militar y de nuevo lo refriegan y le eliminan la posibilidad de organizarse a través de grandes confederaciones sindicales que hoy son una pura pantalla, y no le dan ninguna otra orientación. Pero tiene que reconstruirse, eso es lo interesante de este período, cómo se puede reconstituir el movimiento popular, no digo el movimiento sindical; una cosa es la clase popular y otra la confederación sindical. Entonces la gran pregunta hoy es: ¿vamos a insistir en organizarlo todo con centro en los sindicatos o vamos a tratar de unir al pueblo y generar como pueblo?

Esta última es la opción que usted defiende.

Claro. Yo concuerdo, los obreros son importantes, los trabajadores que tienen buen contrato son importantes, pero tan importantes como ellos son los que tienen trabajo precario, temporal, que trabajan cuatro meses y cuatro no. Esa es la gran masa de la población ocupada hoy. La gran tarea sociopolítica y sociocultural hoy es unificar al conjunto de la clase popular, por eso me la juego. Para mí, tan importante es el cabro huacho que callejea, el cabro que está con pistola peleando con los pacos, como el obrero que lucha por mantener sus ingresos y a su familia.

Entonces la violencia también es una alternativa.

Es que ese es el problema. Siempre se tiende a pensar en función de estrategias políticas, como si la estrategia política fuera una ciencia que se discute en un congreso de partido y se toma una opción. Y se dice ‘opción por la violencia, opción parlamentarista, opción por la negociación…’. No, lo que pasa es que el sistema genera una gran cantidad de sujetos diferenciados, de identidades distintas. Y cada uno de ellos asume su conflicto a su manera y reacciona. Algunos reaccionan con la violencia. Si yo estoy indignado con el sistema porque mis viejos están sin pega y se separaron y más encima se agarran a combos en la casa y le pegan al cabro chico y yo estoy hirviendo de rabia y quiero estudiar y resulta que me cobran tanto, y si llego a la Universidad me cobran más todavía y si logro estudiar quedo endeudado… Entonces ando con una rabia evidente, pero no sé cómo mierda canalizarla con una proyección política, porque no hay la instancia política institucionalizada para hacer eso. ¿Qué hago? Si tengo oportunidad, agarro a peñascazos a los pacos, rompo lo que pille por delante y dejo constancia de que no estoy contento. Eso es violencia también. Entonces, no es cuestión de decir elijamos esta violencia o no.

Pero es un camino válido.

Válido en la perspectiva de cada sujeto que lo tome. El problema nuestro es que si queremos unificar al pueblo, vamos a tener que aceptar en alguna medida eso, pero siempre orientando en virtud de una salida política que interese realmente a los sectores populares y que tiene que salir de los sectores populares.

· Leer revista en formato PDF. Pinche Aquí

Notas

Cristián Labarca es Periodista.

1. Revista Patrimonio Cultural. N° 45 (año XII). Directora Nidia Palma; $ 1600. www.patrimoniocultural.cl

2. LOM, 2003.

3. Ediciones Sur, 1986 / LOM, 2000.

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